Opinión

La misma excusa para La Roja y el crecimiento

JAVIER TORRES/PHOTOSPORT

Todos queremos lo mismo. Cantar el himno a todo pulmón en el Estadio Nacional viendo a La Roja clasificar al Mundial, con la magia de Alexis o la garra de un nuevo crack. También que Chile vuelva a crecer, con empleos formales, sueldos que alcancen y barrios donde los niños puedan ir a estudiar seguros y jueguen sin miedo a balaceras. Es el deseo de un país completo, desde la galería hasta el palco. Pero cuando llega el momento de las medidas concretas, esas que exigen sacrificio, paciencia y decisión, algunos políticos y dirigentes miran hacia la tribuna, calculan el costo en la próxima encuesta y esconden la pelota. Los mismos que aplauden el “¡Vamos Chilenos!” se transforman en mañosos hinchas que reclaman una supuesta falta antes del pitazo inicial.

En el fútbol, Chile lleva tres Mundiales seguidos fuera: Rusia 2018, Qatar 2022 y ahora 2026, donde terminamos últimos en las eliminatorias sudamericanas con apenas 11 puntos en 18 partidos, dos victorias y once derrotas: la peor campaña desde que rige el formato todos contra todos en 1996. No es mala suerte. Es el final de la Generación Dorada sin recambio. La ANFP ha reconocido estrechez presupuestaria para financiar el fútbol juvenil y ha advertido la posibilidad de eliminar las categorías sub-13 y sub-15, lo que dejaría a más de 1.900 niños sin formación. Solo el 3,76% de los formados firmó un contrato profesional. Chile recibió apenas US$171 millones en fichajes esta década; Uruguay, US$415 millones; Argentina, US$2.243 millones. Un carrusel de técnicos: Rueda, Lasarte, Berizzo y Gareca, que cambiaron a los pocos meses sin que nadie rindiera cuentas. La necesidad es clara: un proyecto técnico estable por al menos diez años, scouting profesional, canchas en buen estado en regiones, más minutos para cadetes en Primera División y una dirigencia que deje de aferrarse al poder. Pero eso no vende portadas, no genera reels, ni likes. “¡Fuera el DT!” gritan, mientras se oponen a invertir en divisiones menores porque “no rinden ahora”, como si formar jugadores fuera un privilegio y no una obligación del sistema.

Exactamente lo mismo ocurre con la economía. El Presidente Kast llegó con un gobierno de emergencia y está empujando su Plan de Reconstrucción Nacional, cuyo corazón es una ley miscelánea con más de 40 medidas: ajustar la tasa corporativa a niveles competitivos para atraer inversión, compensando la menor recaudación temporal con medidas transitorias, incentivos a la contratación formal, agilización de permisos y cortar abusos en beneficios sociales, destacan entre los anuncios, los que se suman a las iniciativas contra la inmigración irregular, el crimen organizado y la violencia en los colegios. Es un paquete integral porque los problemas son multidimensionales: sin inversión no hay empleo, sin empleo no hay seguridad y sin seguridad no hay inversión.

¿La reacción? La oposición la llamó “ley tutifruti” y “gato por liebre”. El diputado Boris Barrera (PC) la acusó de ser “una reforma tributaria de contrabando”. “No seremos cómplices de empobrecer a la ciudadanía”, sentenció la presidenta del PS. Habría que preguntarle qué empobrece más: ¿una rebaja orientada a invertir o una década con 0,6% de crecimiento per cápita anual? Al mismo tiempo, entre quienes se supone que apoyan al gobierno, están los que critican sin tener los antecedentes necesarios, los que piden “no tramitar todo de una vez, sino dividir la iniciativa”, hasta quienes se quejan por el “exceso de verdad” del gobierno, evidenciando que el populismo no tiene color político. Unos defienden votos ideológicos; otros, su pedacito de poder. Crítica constructiva, bienvenida, pero dentro de la lealtad al ideario que se dice abrazar. Son los mismos obsesionados por la encuesta del mes siguiente, en vez de mirar el Chile de los próximos 20 años.

La comparación duele porque es idéntica. En el fútbol, un proceso serio exige que los clubes cedan jugadores y que la dirigencia deje de priorizar el corto plazo. En economía, bajar impuestos a la inversión no es un regalo a las élites, sino el pase gol que necesitan las pymes para contratar y los jóvenes para salir de la informalidad. El crecimiento no es un lujo de ricos: entre 1990 y 2013, Chile redujo la pobreza de 38,6% a 7,8%, el empleo aumentó un 33% y los salarios reales subieron un 51%. Después vino la década perdida: 0,6% de crecimiento per cápita anual, menos de un sexto de la tasa promedio de los 10 años anteriores. Sin crecimiento sostenido, los más postergados son los primeros afectados por la cesantía, la inseguridad y los colegios tomados por las bandas delictuales. El crimen no discrimina, pero golpea más fuerte donde faltan oportunidades.

El desafío es enorme, pero tenemos la prueba de que ya lo hicimos. Ganamos dos Copas América seguidas porque apostamos por un estilo y lo sostuvimos con paciencia. Fuimos los “jaguares” de Latinoamérica porque elegimos la institucionalidad por sobre las aventuras populistas. Hoy, el cortoplacismo nos tiene en la banca: La Roja viendo el Mundial por TV y una economía que lleva más de doce años sin despegar.

Sí se puede. Lo demostramos con Bielsa y Sampaoli, y con décadas de progreso que sacaron a millones de la pobreza. Basta con dejar de pitar faltas imaginarias y actuar con coraje y visión de largo plazo. Chile merece volver al Mundial. Chile merece volver a crecer. Y los más humildes, los que más sufren el estancamiento y la inseguridad, son quienes más lo necesitan. El balón está en la cancha del Congreso. El resto es pura excusa. ¡Vamos Chile! En la cancha y en la economía.

*El autor de la columna es economista, director de empresas y director de Ideas Republicanas

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