Por Tomás SánchezMagnifica Humanitas: la nueva cuestión social frente a la IA

No soy católico. Tampoco creo que haya que serlo para tomarse en serio la encíclica que León XIV. Magnifica Humanitas es posiblemente el documento más político que ha salido del Vaticano en décadas. Y es, a la vez, uno de los más sensatos que he leído sobre inteligencia artificial: baja la pelota al piso en preguntas que la mayoría del debate público evita.
El Papa ancla el documento en una genealogía precisa. En 1891, León XIII publicó Rerum novarum para defender a los obreros de la revolución industrial. León XIV hace lo mismo, frente a la revolución digital. El paralelo no es retórico: en ambos casos, una tecnología transforma radicalmente las relaciones de poder —quién produce, quién decide, y quién captura los beneficios.
En mi opinión, la afirmación más importante del documento, más que teológica, es política. El Papa constata que los principales motores del desarrollo de la IA ya no son los estados, sino empresas privadas con recursos superiores a los de muchos gobiernos.
De ahí se desprende una de las ideas más polémicas de la encíclica: los datos y los algoritmos son bienes de toda la humanidad. León XIV extiende el principio clásico del destino universal de los bienes —la tierra es para todos— a los bienes digitales: patentes, modelos de lenguaje, infraestructuras tecnológicas, datos. Cuando esos bienes se concentran en pocos sin formas adecuadas de acceso, se viola un principio ético fundamental. No es un argumento marxista —el Papa defiende la propiedad privada— sino una doctrina previa: la propiedad existe, pero subordinada al bien común. Su frase es aguda: “[La tecnología] no es neutral porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza.”
Entonces la pregunta de quién controla los algoritmos no es técnica: es epistemológica. Su poder no radica sólo en procesar información, sino en operar como infraestructura del sistema de relaciones sociales, económicas y técnicas que moldean qué vemos, qué se vuelve relevante y -finalmente -cómo terminamos entendiendo la realidad.
Derivado de lo anterior, la encíclica aborda múltiples dimensiones, aquí tres ineludibles.
Sobre desinformación, el Papa es igual de directo: no es un accidente, es un modelo de negocio. Los algoritmos que maximizan engagement son más rentables cuando amplifican rabia y polarización. Sin verdad compartida, la deliberación democrática se vuelve imposible. Este modelo de negocio está socavando los cimientos de nuestra estabilidad política.
En materia laboral, plantea una frase que subyacente al creciente debate sobre automatización: el salario justo es “la prueba concreta de la equidad de todo el sistema socioeconómico”. No el PIB, ni la bolsa, o el empleo agregado. Y vincula, de manera inusual, la precariedad laboral con la crisis demográfica: cuando los jóvenes no pueden acceder a trabajo estable y digno, no forman familia. No es una reflexión sobre la economia, es sobre la civilización occidental.
Y a propósito de la guerra: León XIV traza una línea roja sobre los drones militares autónomos —sistemas que deciden a quién matar sin intervención humana. La decisión letal no puede delegarse a un conjunto de código porque requiere responsabilidad moral irrenunciablemente humana. También critica, de frente, el “supuesto realismo político” que presenta la normalización de la guerra como inevitable. Llamar realismo a eso, dice, es en sí misma una ideología.
El documento cierra con la pregunta que debería abrir cualquier debate sobre IA: no es qué puede hacer la inteligencia artificial, sino que es qué queremos ser como humanidad. Esa pregunta no requiere fe para hacérsela; solo requiere hacérsela.
Por Tomás Sánchez Valenzuela, socio Valoriza, Director Politropia.
COMENTARIOS
Para comentar este artículo debes ser suscriptor.
Lo Último
Lo más leído
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
Plan Digital+$6.990 al mes SUSCRÍBETE














