Por María José Naudon“Momento anticonceptivo”

Birth control moment, algo así como “momento anticonceptivo”, es una expresión que circula en redes sociales y se oye con frecuencia entre los jóvenes. Se usa para describir, con humor, escenas de caos doméstico y agotamiento parental. En redes el formato es reconocible: una casa impecable a las nueve de la mañana convertida en caos antes del almuerzo; una pareja vestida y lista para salir, que termina cambiando el restaurante por una consulta médica. Fuera de la pantalla, la escena también se repite: en los almuerzos de oficina los padres comparan ojeras y admiten que no recuerdan cuándo fue la última vez que terminaron una serie, una comida o una conversación sin interrupciones. El humor exagera, por supuesto, pero también revela algo: transmitimos, con frecuencia, una visión negativa de la maternidad y la paternidad.
Incluso el lenguaje administrativo confirma el fenómeno anterior. En las Isapres y en Fonasa, los hijos se inscriben bajo la categoría jurídica de “cargas”. El término tiene explicación técnica y no fue concebido como juicio sobre la vida familiar (también incluye al cónyuge y a otros beneficiarios), pero su resonancia cultural es difícil de ignorar. En una sociedad que habla de la carga mental, la carga económica y la carga de los cuidados, los hijos llevan, además, ese nombre oficial.
El fenómeno devela una asimetría: los costos de la parentalidad se ven, se cuentan y se recuerdan con facilidad; sus bienes se despliegan en privado y con más dificultad. Explicar cómo un hijo transforma la propia vida, cómo modifica los afectos, amplía el sentido de pertenencia, reordena las prioridades, abre una forma distinta de responsabilidad y de futuro exige un lenguaje y una narrativa, que pocas veces usamos.
Sería injusto, con todo, atribuirlo exclusivamente al relato. Muchas de esas quejas tienen fundamento. Un estudio reciente del Ministerio de Hacienda identifica, entre los principales obstáculos para tener hijos, no solo el costo de la vida, la vivienda, la educación y la inseguridad laboral, sino también la dificultad para compatibilizar la crianza con los proyectos personales. Y la experiencia no es simétrica: aunque hombres y mujeres han modificado sus expectativas, la distribución del trabajo doméstico ha cambiado mucho menos. Muchas mujeres reconsideran, por ejemplo, un segundo hijo cuando comprueban que las principales responsabilidades siguen recayendo sobre ellas.
También es cierto que durante mucho tiempo los aspectos exigentes de la maternidad y la paternidad ocuparon un lugar secundario en la conversación pública, y hacerlos visibles fue relevante. El problema aparece cuando esa corrección desplaza el relato hacia el extremo opuesto y la experiencia de tener hijos comienza a describirse casi exclusivamente desde sus costos.
Y lo parcial, en esta materia, no es inocuo. Las preferencias familiares no se forman de manera aislada: se transmiten entre generaciones y los patrones culturales pesan tanto como las condiciones materiales. Una sociedad que habla de los hijos como costo o renuncia no debería sorprenderse cuando los jóvenes concluyen que es mejor no tenerlos.
Por eso, junto con mejorar las condiciones para formar familia en Chile, vale la pena que los padres y las madres nos preguntemos si hemos sido capaces de mostrar, en toda su hondura, la experiencia completa.
Por María José Naudon, abogada.
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