Por Hernán Larraín¿Nietos o cachorros?

Absorbidos por la inseguridad y el estancamiento económico, nos cuesta alzar la vista y advertir los grandes desafíos venideros. Invitado a ese ejercicio por una universidad, pude estudiar uno de los más determinantes: el demográfico, que combina baja natalidad con acelerado envejecimiento.
No es un fenómeno futuro. Ya está en marcha, aunque sin despertar una reacción proporcional a la fuerza de los datos. Proyectando las tasas de hoy, hacia 2100 en Chile existirá un tercio menos de población. En 2050, el 25% tendrá más de 65 años —era un 5% en 1980— y la edad mediana llegará a 40 años. En 2055, los mayores de 60 superarán en número a todos los demás grupos etarios juntos.
Europa, América del Norte y parte de Asia tienen la delantera en este invierno demográfico. En 2025, Francia registró más muertes que nacimientos; Estados Unidos lo hará en 2030. América Latina se avecina a esos umbrales. India mantiene tasas históricas, pero África la lleva: 4,0 hijos por madre y representará el 26% de la población mundial en 2050.
El impacto se empieza a sentir en el mercado laboral, con menos trabajadores y la consiguiente desaceleración económica. En educación, las matrículas van cayendo sostenidamente: en Chile bajaron 27% en una década, y hoy son los hijos de migrantes —el 8,31% del total— quienes mantienen abiertas muchas escuelas. En salud, los establecimientos reconvierten sus estructuras hacia la geriatría. Y las pensiones acumulan una presión que los sistemas actuales no están diseñados para absorber. Como consignó un economista, América Latina “envejecerá antes de enriquecerse”, habiendo adoptado patrones de vida propios del mundo desarrollado, sin su nivel de bienestar.
Probablemente eso se deba a que los cambios culturales traspasan barreras y continentes. El uso masivo de anticonceptivos, los cambios en la condición de la mujer, el interés de las nuevas generaciones por su realización personal antes que por tener hijos, atraviesa la diversidad regional: los usos y costumbres se han universalizado.
Pero quizás las consecuencias más hondas son las que menos se miden. La familia se transforma radicalmente: los hijos únicos —o la ausencia de hijos— eliminan la red de hermanos, tíos y primos que siempre fue el soporte real de la vida cotidiana. El cuidado de los mayores recae, como siempre, sobre las mujeres, ahora con menos con quienes compartirlo. Los hogares de adultos mayores que viven solos ya representan el 11,6% del total en Chile, casi el triple de lo que eran en 1992. Y la migración, que se ha demostrado necesaria para sostener el sistema, introduce tensiones que pueden fracturar la cohesión social.
Los desafíos son conocidos: conciliar familia y trabajo, rediseñar el cuidado, adaptar la educación, integrar a los migrantes, construir una economía orientada al envejecimiento. Lo que falta es urgencia para abordarlo.
Conviene proceder a tiempo, o lo advertirán recién nuestros hijos cuando sean abuelos y descubran que no tienen nietos, sino cachorros, atendidos con esmero por una persona de origen indio o africano.
Por Hernán Larraín F., abogado y profesor universitario
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