Por Soledad AlvearOrden mundial

En estos días, los ojos del mundo estuvieron puestos en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Alemania. La cita anual es el principal encuentro de geopolítica global. Por cierto, la gran discusión de este año gira en torno al nuevo orden mundial. Sus contornos están cada vez más claros, pero no hay una institucionalidad que la acompañe adecuadamente.
Ninguna institución multilateral parece comprender ese nuevo orden. El caso más grave son las propias Naciones Unidas. El organismo necesita una rediscusión de su estructura institucional, cuáles son sus poderes y qué roles deben cumplir, particularmente en las crisis de la paz. Ese fue su mandato inicial. Sin embargo, hoy vemos que tiene una estructura pesada, que cuesta financiar y que no llega realmente a solucionar los conflictos. Ni hablar de su Consejo de Seguridad, el que refleja una época que concluyó más de tres décadas atrás con la caída del Muro de Berlín.
Sin embargo, el desfase no termina ahí. Basta ver cómo países con récords vergonzosos en derechos humanos y desarrollo democrático, tales como Irán o Cuba, se dan el lujo de presidir o ser relevantes en muchas de las comisiones temáticas. Existe un doble estándar. Si ideológicamente son cercanos, se les apoya, no importando la realidad. Es decir, grandes titulares para los terribles hechos que transcurrieron durante el conflicto entre Israel y Hamas, pero un silencio sepulcral frente a lo acontecido en Irán o las matanzas de cristianos en varias partes del mundo. Pareciera ser que la principal organización mundial tiene el mismo problema de sesgo. La Organización de Naciones Unidas tampoco tiene la fuerza necesaria para mediar entre Estados Unidos, China y Rusia, todos en disputa por una nueva hegemonía global.
Es entonces que conferencias como las de Munich toman más protagonismo. Es desde esa plataforma que los líderes mundiales y muchos otros expertos analizan la realidad y proponen nuevos caminos. En este sentido, desde el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, hasta prácticamente todos los líderes europeos participaron en paneles de debate y otras mesas redondas.
La gran discusión de este año es quién y cómo se administra la institucionalidad de este nuevo orden mundial. También, cuál es el rol de una Europa mermada para poder incidir en la disputa, a la vez que pensar cómo en esta nueva era se deben preservar ciertos valores universales. No cabe duda de que estos deben seguir siendo la democracia representativa, la vigencia universal de los derechos humanos y el respeto al derecho internacional.
En una época donde nadie pareciera tan convencido de esos valores liberales y humanistas, países como el nuestro deben apoyar esos bienes últimos, alineados sin excusas con Occidente, al menos en un sentido amplio. No esperemos que sea demasiado tarde.
Por Soledad Alvear, abogada y excanciller
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