Por Javier Sajuria¿Qué oposición queremos?

Una oposición efectiva es algo vital en una democracia, pero eso no siempre suele gustarles a los gobiernos de turno. Las oposiciones son las que permiten canalizar el descontento con los gobiernos, controlar los actos de los ejecutivos y, aún más importante, dar voz a quienes no están representados en el sistema político. Sin embargo, para llevar adelante su labor, la existencia de una oposición en democracia desnuda una tensión fundamental. Los mismos factores que hacen que una oposición contribuya al fortalecimiento de una democracia (por ejemplo, que sea una oposición firme, distintiva o adversarial) son las que afectan la estabilidad del sistema democrático. Esto se vuelve aún más claro en el ciclo político actual, donde cada vez vemos más gente en contra que a favor de quienes están en el poder.
El rol de las oposiciones en democracia ha sido ampliamente estudiado en ciencia política. Desde Robert Dahl y su trabajo sobre democracias occidentales en los 60s se ha escrito mucho sobre su capacidad de generar cambios y mantener las democracias a flote. Uno de los aprendizajes claros en todos estos estudios es simple: sin una oposición efectiva, no hay democracia. En sus versiones más minimalistas, la democracia se entiende como el traspaso pacífico del poder entre facciones políticas contrapuestas. Eso requiere que, primero, existan esas facciones y, luego, que sostengan posturas contrapuestas con el gobierno de turno. Una oposición que no tiene capacidad de representación ni que se distingue lo suficiente del gobierno, es débil y pone en riesgo el sistema democrático.
Donde ocurre esta oposición también es algo relevante. Es importante que se ocupen los espacios formales, como el Congreso, para que se puedan llevar adelante este tipo de procesos. Sin embargo, en países como Chile, donde la legitimidad de los partidos políticos está en duda, y la reputación de los órganos políticos es baja, es importante que la oposición encuentre cauce en otros espacios. Por eso nos debiera preocupar cuando los gobiernos critican a sus adversarios por promover espacios no institucionales de acción política, como pueden ser protestas o movimientos sociales. No se trata de fomentar una oposición anti-sistema, sino de reconocer que la política no sólo pasa en los salones del Congreso, sino que en distintos espacios sociales y culturales. Es ahí donde se juega la capacidad de los partidos políticos y otros actores de representar intereses que van más allá de lo que le gustaría al gobierno.
Entonces, ¿cómo debiera comportarse la oposición al gobierno de Kast durante los próximos cuatro años? Claramente existe un trauma entre los representantes de la derecha sobre lo ocurrido durante y después del estallido social. Cualquier movimiento que se parezca a movilización social genera ansiedad y, seamos honestos, tienen suficientes antecedentes para suponerlo. Pero también asume que el aprendizaje de los últimos cuatro años ha sido nulo. La actual oposición está fragmentada y aun encontrando sus espacios, pero eso no debiera detenerlos en su función de control democrático. Asimismo, en tiempos donde las amenazas a la democracia vienen desde ejecutivos que agrandan su poder sin límites, el espacio para oposiciones fuertes y adversariales es más relevante que nunca.
Por Javier Sajuria, profesor de Ciencia Política en Queen Mary University of London.
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