Raffaella Carrà: golpe de melena

Nada era casual en su cancionero inquieto, que invitaba al meneo desde convicciones indómitas sobre seducción, juego erótico y autonomía femenina, pero también un atrevimiento de real avanzada musical para que balada, rock, rumba e ítalo-disco se dispararan en una fusión sin mapa fronterizo, tan improbable como irresistible.



Discotecas vacías, fiestas penalizadas, cuerpo-a-cuerpo escondido del protocolo: es momento para que, a falta de práctica, a la música de baile se la piense. Las canciones sobre la pista cargan con una injusta impronta de banalidad, ignorantes los adjetivadores no sólo de su alta sofisticación y meticulosa factura, sino del montón de cruces culturales que sostienen su vocación de masas. La muerte esta semana de Raffaella Carrà es, entre otras cosas, la oportunidad de un desmentido al supuesto simplismo del baile pop, con ejemplos contundentes, arraigados. Nada era casual en su cancionero inquieto, que invitaba al meneo desde convicciones indómitas sobre seducción, juego erótico y autonomía femenina (vaya vaya con Tuca Tuca), pero también un atrevimiento de real avanzada musical para que balada, rock, rumba e ítalo-disco se dispararan en una fusión sin mapa fronterizo, tan improbable como irresistible.

Calza en los cálculos aprender que algunos de sus más relevantes colaboradores en composición y arreglos viniesen de una formación clásica. Podían hacer caber épica en tres minutos. O acudir a la infinidad de timbres que por ejemplo el cotizado Paolo Ormi urdió en Felicita ta ta. Cuando Danilo Vaona ubicaba en sus singles arreglos de cuerdas no era como adorno enternecedor, sino todo lo contrario. Están en los énfasis dramáticos de Forte, forte, forte y en breves pasajes de Amore, amore, un rock destemplado que no afloja la tensión de un arrojo pasional sin vuelta. La mujer que rechazó a Sinatra canta y baila allí como a punto de la ignición.

Un músico británico jubilado de una banda beat, Shel Shapiro, le arregló a mediados de los 70 la intensa Male y ese misterio maravilloso que es Rumore, filosicodelia que se entiende haya sido más tarde adoptada por la Movida madrileña a través de un cover de Alaska. Muy tempranamente las grabaciones de la italiana iban a mostrarse cómodas con un cruce imaginario entre el Mediterráneo y el Este estadounidense, con sonidos aprendidos del Philly-soul, el Motown más eléctrico y una onda disco a la que, tal como las divas afroamericanas del género, ella supo entender como una sala de máquinas a la que podía humanizarse con una sensualidad sin tibiezas. Se adivina perfectamente una pista continua entre el inicio de Tanti auguri, de 1978 (lo que para nosotros fue Hay que venir al sur), y el Upside down que dos años más tarde los Chic produjeron para Diana Ross.

Una y otra vez aparece el mérito de Gianni Boncompagni, prolífico compositor y productor italiano, DJ radial con avanzada alerta a tendencias anglo y raíces iberoamericanas, y ya con créditos junto a Shirley Bassey, Mina y Herb Alpert al momento de ponerse al servicio de las grabaciones de Carrá (y, con el tiempo, también de una estable compañía como su pareja). Fueron suyas, entre muchas, las vitales decisiones de bronces en Fiesta y de percusión de En el amor todo es empezar, que consiguen desviar un inicial funky hacia un tablao andaluz en el que al fin instalar el énfasis del corazón que explo-explo-explota. Rumba-disco de alto disfrute que subvertía la norma de divas italianas que hasta entonces presentaban a la canción popular como un solemne y breve drama. “No le enseñé nada; nació así”, describió una vez Boncompagni el talento de quien bailaba hasta con la melena, y que consiguió hacer que composiciones de otros fuesen categóricamente suyas, inolvidables al oído, la vista y los pies.

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