Opinión

Reivindicar el derecho de la mujer a una movilidad segura en el espacio público

Metro en el primer día de la etapa de transición en la Comuna de Providencia

Por Beatriz Mella, académica del Campus Creativo UNAB

Ante las cifras de acoso pareciera ser que pensar en vagones exclusivos para mujeres es una solución viable, pero esta es una medida que ya se ha puesto en práctica en varios países como México, Japón, India, Brasil, entre otros.

Sin embargo, está probado que esta intervención en esos contextos no ha disminuido ni las cifras generales de acoso ni las cifras de violencia contra la mujer. Si bien puede ser una medida que reduzca en lo inmediato la sensación de inseguridad, especialmente en momentos de hacinamiento, no es una medida que permita cambiar el comportamiento en el largo plazo, ni es suficiente para abordar los problemas de acoso y violencia en el espacio público que afectan a las mujeres desde siempre.

La solución del problema no puede ser una medida que segrega, aísla y disminuye aún más el espacio de las mujeres en un medio de transporte público masivo tan relevante como es Metro de Santiago. Hay evidencia reciente que muestra que la mayor parte de los viajes en transporte público los realizan las mujeres, por lo tanto, el espacio requerido para “asegurar” el viaje de la mujer será constantemente insuficiente. La experiencia internacional muestra que cuando se han tomado estas medidas, las mujeres que viajan en vagones mixtos sufren incluso mayores acosos que los que había en una situación anterior a la medida.

Por otro lado, es importante destacar que el acoso y la violencia no solo se producen en los vagones de Metro. Existen otros espacios físicos en las estaciones que son incluso más problemáticos. En los vagones de metro suceden generalmente los manoseos, pero el hostigamiento por persecución se produce principalmente en las circulaciones, los pasillos, los transbordos. En las escaleras se producen situaciones incómodas, como acoso verbal o visual, y son los sectores de boleterías y accesos a la estación donde se producen las mayores denuncias por intentos de secuestro y de intoxicación por contacto.

Un plan de movilidad contra el acoso, la persecución y la violencia contra la mujer, debe considerar todos los espacios de movilidad donde se vulnera el derecho a movernos tranquilas. En el caso del transporte público, debiera considerar el soporte y validación que se le entrega a la víctima cuando entrega un testimonio; sanciones inmediatas contra los victimarios; considerar la acción temprana de guardias y personal de seguridad cuando se reporta un incidente. Por otro lado, considerar los elementos físicos que dificultan el control visual de los espacios, sectores que no estén bien iluminados o queden sin resguardo – especialmente en horas de menor flujo de personas.

A esto se suma el desafío de la multi-sectorialidad, ya que un plan que realmente considera la seguridad en la movilidad de las mujeres no trabaja solo desde el Ministerio de Transportes, sino que involucra a la gobernación, a Metro de Santiago, DTPM, al Ministerio de la Mujer, a la subsecretaría de prevención del delito, y especialmente a las alcaldesas y alcaldes de los territorios donde se produce la mayor violencia de género – ya sea por cantidad como por gravedad de los hechos. Los municipios tienen un rol clave coordinando los esfuerzos de estos actores, además de incorporar en la estrategia a los recintos donde se mueven las mujeres.

El acoso y la violencia contra la mujer en el espacio público, la calle, las plazas, las veredas, el transporte público, solo perpetúa un problema sistémico de violencia contra la mujer, por lo que las alternativas de solución pasan por revalidar el rol de la mujer en el espacio público, no por mermar aún más sus derechos de libre tránsito por la ciudad.

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