Renovar sin renegar

Mauricio Rojas Cultura

AgenciaUno



Hay que agradecerle a Mauricio Rojas por la involuntaria conmoción que generaron sus dichos sobre el Museo de la Memoria. Una intelectualidad desmotivada y una ciudadanía indiferente reaccionaron con fuerza y en 72 horas se movilizaron al llamado del gran poeta Zurita, haciendo inviable su mantención como ministro. Episodio ingrato para el Presidente Piñera, que venía de realizar un cambio de gabinete generado por los exabruptos de su exministro de Educación.

El efímero paso de Rojas por el gabinete quedará para la historia como una anécdota menor. Lo importante del episodio se relaciona con las distintas formas de contar el pasado y de hacer las cuentas con él, lo que lleva a establecer una diferencia crucial: renovar es muy distinto que renegar.

Rojas se autodefine como un converso, expresión más elegante que la de renegado, que la Real Academia define como "alguien que abandona voluntariamente sus creencias".

Eso es Rojas, un renegado, pero con un agravante. Para darle realce a su conversión inventa una historia: la de un revolucionario que no fue. Milité en el MIR durante cerca de ocho años. Nunca lo vi ni supe de él. Es cierto, en una estructura compartimentada podría ocurrir que no todos nos conociéramos. Esto no era así en el ámbito universitario y los dirigentes vivos de la época aseguran no conocerlo. Lo mismo afirma el exsecretario general Andrés Pascal. Así, a su condición de renegado parece agregarse la de impostor.

En su momento, también me fui del MIR. Lo hice por mi rechazo a la llamada Operación Retorno, que significó el aniquilamiento de centenares de jóvenes valientes que, de sobrevivir, habrían podido realizar un aporte mayor a la recomposición de una izquierda devastada por la represión.

Tengo una visión muy crítica y autocrítica de la acción del MIR durante el gobierno de la Unidad Popular. No comprendimos el carácter profundamente transformador de la propuesta del Presidente Allende. No la apoyamos. Al contrario, al radicalizar los conflictos contribuimos al aislamiento del gobierno popular. Involuntariamente caímos en la provocación, desarrollando acciones que contribuyeron a generar una reacción como la de las FF.AA., que ni el MIR ni nadie podía resistir.

La del MIR es una historia trágica. El fallecimiento de Miguel Enríquez en 1975 fue un golpe mortal. Pero no se puede desconocer que su permanencia en Chile fue un acto de valentía y consecuencia. Después del gesto de Allende, su muerte contribuyó al penoso proceso de reconstrucción de la izquierda. Cuando todo estaba en el suelo: los partidos destruidos, los dirigentes muertos, prisioneros, en fuga o en el exilio, la experiencia del gobierno popular denostada, los sacrificios de Allende y de Enríquez (y también los de Díaz y Lorca) constituyeron la base moral a partir de la cual iniciar la recomposición. Algo importante había en el proyecto de la izquierda como para justificar esos sacrificios.

La izquierda logró sobrevivir. Contra todo pronóstico, y a pesar de sus grandes divisiones, llegó a constituirse en un actor central de la transición, responsable de sus grandes logros y también de sus miserias.

En este camino ha sido necesario poner en cuestión muchas cosas. Había que renovarse para subsistir, pero manteniendo vivo el compromiso con la lucha por un mundo mejor. Ese sigue siendo el desafío que es preciso honrar todos los días, renovando todo lo que sea necesario, pero sin renegar, nunca.

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