Por Trinidad SchleyerSeguir atados al mástil

La nueva película de Christopher Nolan ha popularizado una de las historias fundacionales de Occidente: el viaje de Odiseo de regreso a Ítaca. Entre sus aventuras está su encuentro con las sirenas. Sabiendo que su canto podía hacerlo perder el rumbo, pidió a sus hombres que lo ataran al mástil y les ordenó no obedecer ninguna instrucción suya mientras durara el peligro. Sabía que, llegado el momento, podía arrepentirse de sus propias decisiones.
La lección de esta historia es especialmente relevante cuando hablamos del poder. Frente a una amenaza extraordinaria, las reglas importan más, no menos; máxime cuando son las que determinan hasta dónde puede llegar el Estado para enfrentar una emergencia.
Chile atraviesa una crisis de seguridad que justifica que el Estado busque nuevas herramientas para proteger a las personas, pues la seguridad es indispensable para poder ejercer derechos y libertades. La propuesta de reforma constitucional es una de ellas. ¿Necesaria? Es parte del debate. ¿Válida? Sí. Y, más allá de su mérito, se destaca que el gobierno haya optado por la vía institucional para impulsarla. Las reglas para cambiar las reglas están en la propia Constitución y corresponde al Congreso discutirlas.
Dicho esto, hay que mirar con atención la propuesta de crear un nuevo estado de excepción de seguridad pública. Los estados de excepción permiten enfrentar situaciones extraordinarias mediante facultades extraordinarias, bajo una lógica que nuestra Constitución sigue con claridad: a mayor poder para el Estado, mayores deben ser también los controles y más acotado su ejercicio.
La propuesta plantea una tensión en este punto. A diferencia de los estados de excepción vigentes, que responden a situaciones concretas, el nuevo podría declararse incluso ante una amenaza grave e inminente para la seguridad pública. Además, podría extenderse por hasta 240 días sin acuerdo del Congreso, con facultades capaces de afectar derechos y libertades de manera tan importante como lo hace hoy el estado de asamblea (guerra exterior). Así, se invierte la lógica constitucional: una situación eventualmente menos intensa podría habilitar mayores facultades, durante más tiempo y con menos contrapesos que los actuales estados de excepción más gravosos.
La solución no pasa por cerrar la puerta a los cambios, pero estos deben ser bien diseñados, con facultades razonables y contrapesos efectivos. Los límites constitucionales no deben interpretarse como un obstáculo para enfrentar una crisis, sino como una garantía de que, al hacerlo, no se terminará debilitando lo que se busca proteger. Frente al canto de las sirenas, confiar únicamente en la fuerza de voluntad habría sido insuficiente. Atarse al mástil le permitió a Odiseo mantener el rumbo y frente al poder del Estado, la lógica no debería ser diferente.
Por Trinidad Schleyer, Libertad y Desarrollo
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