Una Constitución que no sea para todos los chilenos



SEÑOR DIRECTOR

La aprobación por la Convención de plebiscitos dirimentes si no se logra la mayoría de 2/3 para aprobar la Constitución o parte de ella, es una argucia para acatar la exigencia de 2/3 sin cumplirla.

¿No es un contrasentido admitir el mandato soberano de ceñirse a reglas y luego arrogarse la misma soberanía para desconocerlas? Para dichos convencionales no es una contradicción, o bien es una que se justificaría a la luz de premisas que suelen expresar en un lenguaje sofisticado y elusivo. Buena parte de los convencionales no cree en lo que se ha entendido por Constitución o por gobierno soberano. Como creen que la Constitución es la “agencia política del pueblo”, lo importante es remover todas las barreras que estorben el despliegue del pueblo. Pero de un pueblo que aprobó un mandato cuyo alcance los convencionales deben arrogarse. Y deben hacerlo, pues el pueblo estaría preso por “condicionamientos externos” (palabras de Atria) que dificultarían la deliberación política. Les cabría depurar los vicios y desactivar los condicionamientos que lo impiden. La regla de 2/3 sería uno de los estorbos que impiden la manifestación libre de la soberanía. Mientras no se den las condiciones adecuadas que permitan encauzar el pueblo mediante la deliberación política, la Convención ha de arrogarse la soberanía. Como aquel ha sido víctima de condicionantes (el mercado, la familia, el egoísmo), un modo de desactivarlos es desconociendo las reglas surgidas de un acuerdo espurio. Resurge el viejo truco de desactivar la violencia (institucional) mediante la violencia (de las reglas). Si no es posible el consenso racional, se dice, se justificaría la violencia.

¿Por qué quienes suscriben tales ideas no las han transparentado? Pues acuden a la argucia de Hobbes de emplear las palabras habituales, alterando por completo su significado Así, cuando en Leviatán afirma que “toda verdad de doctrina depende, o de la razón, o de la Escritura”, formalmente dice lo que todos sabían y querían oír, pero altera el alcance: la razón queda reducida a un cálculo de intereses, desprovista de la aptitud para llegar a lo inmaterial (virtudes, pasiones, etc.) y las escrituras (la religión) deben quedar a cargo de la interpretación del Soberano. Así como el Presidente Allende tuvo el coraje de decir que no sería el Presidente de todos los chilenos, algunos convencionales debieran reconocer que no quieren una Constitución para todos.

Ignacio Covarrubias

Decano Facultad de Derecho Universidad Finis Terrae

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