Erradicando a la machista: Las mujeres borrachas se ven mal




Crecí escuchando que las mujeres borrachas se ven mal. Mi mamá lo dijo muchas veces cuando en los almuerzos de fin de semana, mi hermano –un año mayor– y yo, con caña por el carrete del día anterior, nos sentábamos en la mesa medios asqueados a comer. Entre anécdota y anécdota nos reíamos de alguno de nuestros amigos que se había ‘ido en pálida’ o del que pasado de copas se paraba en la mitad de la disco intentando sacar a bailar a una mujer cuando a penas podía estar en pie. Siempre en tono de broma, pero cuando la historia involucraba a una mujer ebria, mi mamá cambiaba el tono y decía muy seria: “qué feo”.

Esa diferencia quedó grabada en mi mente. Porque no solo la escuché de mi mamá, muchas veces también de amigos que hacían comentarios solapados sobre las mujeres que tomaban más de la cuenta, y que si uno analizaba en profundidad, dejaban ver la misma idea de mi madre: que una mujer que se embriaga no se hace respetar. Como si el alcohol, en el caso de nosotras, nos quitara dignidad. O peor aún, abriese una puerta para que el resto se sintiera con el derecho de opinar sobre nuestros actos.

Creo que es cierto eso de la dignidad, porque esa imagen tambaleándose delante del resto no es digna. Pero no es digna para nadie, ni para mujeres, ni para hombres. Aún así, siempre intenté cuidarme de no tomar más de la cuenta, porque sentía miedo a verme expuesta. No siempre lo logré y tuve suerte, porque las veces que pasó tuve cerca a amigas que me cuidaron. Pero jamás logré sentirme libre de poder hacer lo que quisiera, o en este caso, de tomar lo que quisiera en una fiesta o un carrete. Tampoco me sentí libre de poder caminar sola de noche, de hablar con un desconocido o de bailar sola, sin que alguien pudiese opinar de mí.

Estas semanas, y a propósito del caso de Antonia Barra y Martín Pradenas, he pensado mucho sobre esto. Leí un tweet hace días que decía: “la hipocresía del alcohol en nuestra sociedad: si eres hombre te excusa de cometer una agresión, si eres mujer te responsabiliza de haberla sufrido. No es alcohol, es machismo”. Y estoy tan de acuerdo con ello. Creo que cuando mi mamá –o tantas otras mujeres, mayores sobre todo– nos enseñan que borrachas nos vemos mal, en el fondo nos están transmitiendo su propio miedo. El temor a que otros hablen mal de nosotras, el temor a que ‘dejemos de ser señoritas’, incluso el temor a que alguien se aproveche de nuestra vulnerabilidad y abuse de nosotras. Porque los hombres borrachos también se ven mal, pero ellos no corren ese riesgo.

Con esto no quiero decir que todos deberíamos tomar libremente y andar borrachos por las calles, porque el alcohol es dañino en exceso. Esto tiene que ver –una vez más– con una perspectiva género, con la violencia que vivimos a diario y con los odiosos estereotipos que nos quieren seguir poniendo en el lugar de la ama de casa perfecta, de la señorita que se sienta bien, que no toma, que ojalá tenga pocas parejas sexuales en su vida, que no coma de más y que hable poco. Son todas cuestiones que dichas así suenan anticuadas, pero que en pequeños detalles, en pequeños actos, seguimos viviendo a diario.

Jamás he repetido ese dicho de mi mamá, de que una mujer borracha se ve mal. Es más, se lo suelo cuestionar en cada almuerzo. Pero sí me han convencido de ese estigma, he restringido mis actos por miedo y he discutido con otra amiga porque toma de más y en medio de la pelea le he dicho que si se ‘borra’ van a hablar mal de ella. Finalmente eso es lo más cruel del machismo y el patriarcado; que opera desde el miedo y ese sentimiento coarta nuestra libertad.

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