Juntos pero no revueltos

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Con el papá de mi hija nos conocemos desde que éramos muy chicos y cada uno pololeaba por su lado. Como su polola en esa época era mi mejor amiga, nos empezamos a juntar mucho. Al tiempo los dos terminamos y dos años después nos pusimos a pololear. Fue relación larga, duramos ocho años. Y un año después de terminar tuvimos un reencuentro y quedé embarazada.

Cuando nos enteramos de que íbamos a tener un hijo tratamos de volver a intentarlo como pareja. En esa época yo vivía sola y él se fue conmigo, porque la idea era reencontrarnos durante el embarazo. Pero no nos resultó. Un año después de haber estado juntos éramos personas diferentes. Queríamos otras cosas, nos gustaban otras cosas y otras personas. Así que decidimos separarnos y él se fue a vivir a la casa de su mamá a unas cuadras de distancia. La idea era que si me pasaba algo él pudiera llegar rápido. Aunque no estar en pareja con él no era algo que me complicara, sí tuvimos claro los dos, desde el primer día, que no queríamos que nuestra hija tuviese un papá ausente, de esos que solo aparecen los fines de semana. Él tiene un padre así y no quería repetir el patrón. Quería estar ahí de verdad.

Nuestra relación siempre fue buena, siempre nos llevamos bien. Incluso cuando discutíamos o teníamos alguna pelea fuerte nos tratamos con cariño, con amor. Nunca nos gritamos o nos insultamos. Nos conocemos tanto que siempre se nos hizo muy fácil empatizar con el otro y entendernos. Pienso que eso ayudó a que todo se nos hiciera más fácil.

Como mi embarazo no fue planificado, fueron meses emocionalmente fuertes para mí y eso me llevó a querer educarme en el tema, a querer aprender. Y así llegué a los partos naturales y a querer irme por ese lado. Él siempre me apañó. Fuimos juntos a charlas, me apoyó y quiso estar presente en todo el proceso. El día del parto recuerdo haberlo pasado muy bien. No sentí susto nunca. Y él tuvo un rol importante en eso. Me hizo masajes, me dio agua. Estábamos muy conectados y logramos complementarnos tan bien que el proceso salió perfecto. Tuve un parto natural, sin anestesia, solo acompañada de una matrona. A las dos horas me estaba bañando y doce horas después ya estaba en mi casa.

Nuestra hija nació y decidimos vivir esas primeras semanas los tres juntos. Cuando pasó ese tiempo y él se fue a la casa de su mamá, me sentí agobiada. No me podía bañar, no podía dejar a la guagua ni un segundo sola. Y a él también se le hizo desgastante ir y volver todo el tiempo. Aunque estuvimos intentándolo durante un mes, ese sistema no nos hizo sentido. No era para nosotros, no nos funcionaba. Nos pasaba también que mi departamento yo lo sentía muy mío y él también, por lo que se le hacía difícil entrar en ese espacio. Y fue justo ahí que por esas casualidades de la vida un amigo nos propuso irnos a vivir todos juntos al Cajón del Maipo.

Enganchamos rápidamente con la idea, convencidos de que quizás no nos iba a funcionar vivir los tres solos pero que siendo cuatro adultos y nuestra hija la dinámica se tornaría más distendida. Y resultó. Éramos cuatro amigos con una niña. Ellos dos eran pareja así que dormían juntos y cada uno de nosotros tenía su propia pieza.

Creo que en un principio a él le costó más porque se demoró en asumir que no seríamos pareja otra vez. Y yo, aunque al principio de mi embarazo quise sacarlo de mi vida, después me di cuenta de que eso estaba mal. No podía ser mamá sola porque mi hija tenía papá, y tenía uno que quería estar presente. Eso nos llevó a buscar una forma que nos acomodara y que se terminó dando de manera muy natural. No fue planificada, fue parte de un período de ajustes.

Vivimos un año en el Cajón hasta que nos pidieron la casa de vuelta. Nuestros amigos decidieron irse a vivir solos porque iban a ser papás y nosotros empezamos a buscar qué hacer. Nuestra hija ya estaba más grande y él se compenetraba muy bien con ella. Ahí mi papá me ofreció una casa que era de mis abuelos y que estaba medio botada. Y vi como un proyecto arreglarla. Él me dijo que me ayudaba y después de pensarlo nos dimos cuenta de que vivir juntos nos daba mucha más libertad que vivir separados. Nuestra vida social podía ser más flexible teniéndonos cerca. Era curioso, pero me sentía más libre viviendo con él. Tener a un tercero era clave para eso, para que el plan no se tornara extraño. Y así fue como primero vivimos con una amiga y luego con otra.

Vivir juntos nos ha dado muchos beneficios, quizá el más importante es que nos hemos dado cuenta de que estamos completamente de acuerdo en todo. Los dos conocemos a la perfección las rutinas de nuestra hija y somos consistentes con eso en el tiempo. Él le lava los dientes y le pone pijama a una hora precisa. Yo le leo un cuento y se duerme. Nuestra hija sabe que los lunes y jueves me quedo yo con ella en la mañana porque su papá se va a trabajar temprano y que los martes y miércoles es al revés. Ella sabe que si no está el papá, estoy yo. Ella sabe que tengo mi pieza, su papá la suya y ella la de ella. Quizá no tiene un concepto de familia tradicional, pero esta es su familia. A veces pienso que a lo mejor le estoy generando algún trauma o que quizá va a tener un concepto errado de familia, pero después pienso que con todo lo que haga le puedo generar un problema porque los papás no somos perfectos. Poniéndome en todos los escenarios prioricé que ella creciera con su mamá y su papá. Ese es mi motor; que su papá no fuera un papá de fines de semana, que tuvieran tiempo de calidad juntos. Nosotros comemos juntos, hacemos panoramas juntos. Nos preocupamos de generar instancias los tres porque seguimos siendo familia los tres, aunque nosotros no seamos pareja.

Siempre me hizo ruido ver padres que podían estar en pareja, pero que realmente no tenían relación de ningún tipo o que no se trataban con cariño. Ver a papás hablando mal de las mamás o al revés es algo que no nunca me hizo sentido, y por eso quizá es que esta forma de criar es mucho más fácil para mí, porque estamos coordinados.

La parte más difícil de esto es la parte emocional, porque para que funcione realmente uno tiene que estar constantemente observándose. Durante la marcha hemos descubierto que si yo o él estamos mal, tenemos que conversar para lograr acuerdos. Nos revisamos y evaluamos cómo nos sentimos constantemente y ese proceso emocional es más desgastante que una relación más práctica. Pero lo hacemos porque la idea es que los dos lo pasemos bien y que esto sea perdurable en el tiempo, que no colapse y que nuestra hija presencie buenos tratos. Y así nos tratamos; con mucho amor y preocupación por el otro.

Evidentemente esto ha generado ciertos problemas cuando me he querido emparejar. Él ha tenido más suerte, por decirlo de alguna forma, porque al principio las mujeres son reacias pero cuando van a la casa y ven cómo funcionamos, lo aceptan. Siento que los hombres, en cambio, se niegan a tener que ser el macho y no sentirse rechazado. Igual no quiero en mi vida a alguien con esa personalidad. No es eso lo que busco en un compañero.

Muchos de nuestros amigos que son papás solteros ven esto como algo invaluable porque tienen mala relación con sus ex parejas. Nosotros no tenemos problemas y es en parte por nuestras constantes revisiones y conversaciones. Él es muy observador e incluso antes de que yo le diga que algo me molestó, ya sabe lo que me pasa. Me es muy difícil guardarme las cosas y aprendimos que lo más sano es hablar. Obviamente hay momentos en los que hay dudas y problemas. Momentos en los que creemos que deberíamos vivir separados, pero siempre llega alguien a decirnos que lo que tenemos es increíble y que le demos para adelante. Nuestra hija ahora tiene cinco años y nosotros nos propusimos revisar esto y volver a evaluar vivir juntos cuando ella cumpla siete.

Espero que mi hija cuando grande se sienta orgullosa de lo que elegimos como papás. Al menos siento que es una niña independiente y muy segura de sí misma, y creo que es en parte porque confía en que siempre estamos ahí. Es sociable, sabe compartir. Es amorosa con el resto de los niños y con los adultos. Y eso es muy gratificante, porque de alguna manera es una señal concreta de que estamos haciendo las cosas bien. Nos gusta que nos vea a los dos en todos nuestros roles. Que vea a su papá dibujando todo el día es algo que no podría ver si viviésemos separados. Además, yo no quería ser la mala, la que pone las reglas, y que cuando ellos se vieran siempre fuera en un ambiente perfecto, de panoramas. Yo no quería ser la que la dejaba en el jardín y que él fuera el que la llevaba a tomar helados. Finalmente para mí esto tiene mucho que ver con el feminismo. Con eso de que la maternidad y la paternidad tienen que ser igual para ambos lados.

Alejandra (33) es mamá e instructora de yoga.

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