Me enamoré de mi mejor amigo: “Siempre di por hecho que él estaría ahí para mí y cuando no fui el centro de su vida, me di cuenta de lo afortunada que era”




Cuando tenía 9 años conocí a Vicente, el hijo menor de unos amigos de mis papás que se habían ido a vivir a España, pero que decidieron volver a Chile. Esa vez mi mamá les quiso hacer una bienvenida y durante toda la noche los escuché hablar sobre cómo era la vida allá, cómo había sido interactuar con otra cultura y por qué finalmente habían decidido volver, pese a la increíblemente superior calidad de vida.

Mientras los amigos de mis papás hablaban sin parar, Vicente miraba el piso y no decía ni una sola palabra. Era tan evidente su malestar, que en un minuto sus papás se sintieron obligados a justificarlo. Suspiraron y dijeron: “Al Vicho le gustó mucho estar allá, no quería volver”. Él no se inmutó y siguió dirigiendo su mirada hacia abajo. Una sola vez lo pillé mirándome, pero cuando se dio cuenta desvió la mirada.

Después de unas horas, lo invité a jugar a mi pieza. Nuestros padres seguían conversando y como yo ya estaba aburrida, supuse que él también. Recuerdo que justo me habían regalado dulces unas horas antes, entonces le pregunté si quería probar uno. Estuvimos juntos durante un tiempo, revisando mis cómics y hablando de su vida en el extranjero, de la comida que le había gustado, de los compañeros del colegio y sobre todo de su profesor de química y biología, que le había dicho que él tenía que ser científico. Cuando su mamá entró a la pieza porque ya se iban, él le preguntó si se podían quedar un rato más. Yo traté de disimular mi alegría.

Los años posteriores a ese primer encuentro Vicente pasó a ser mi gran amigo y confidente. Fuimos al colegio juntos y nos cuidamos mutuamente. No fue acordado de manera explícita, pero había una afinidad que se daba por entendida, sin mucha explicación, y ambos nos propusimos cuidarla. Él estaba al tanto de mi vida y yo de la suya, y podían pasar meses sin que habláramos más de dos o tres palabras en los pasillos, pero igual cuando nos veíamos sabíamos perfectamente en qué andaba el otro. Nos leíamos, por así decirlo. Y por alguna razón, hasta ese entonces, aun no veíamos algo más para nosotros: éramos mejores amigos y así queríamos dejarlo. Ni siquiera nos cuestionamos si podíamos ser algo más.

A los 16 yo tuve mi primera relación amorosa y me acuerdo que Vicente me detuvo afuera de la sala y me llevó para afuera, al patio. Yo estaba pasando por una época en la que me creía canchera y me hice como la que no necesitaba consejos. Menos de un amigo de la infancia, que por ese entonces no había desarrollado sus habilidades sociales como sí las había desarrollado yo. Me preguntó si estaba feliz, si me sentía tranquila. Yo me reí, de manera desafiante, y le dije: “sí, papá. ¿Ahora me dejas entrar a clases?”. Me dejó ir y me pidió que por favor mantuviera mi esencia. Sabía, sin decírmelo, que hace ya unos meses había dejado de lado las actividades que antes me habían causado tanta alegría y plenitud.

Meses después, terminé con mi pololo y él estuvo ahí para consolarme una noche hasta las tres de la mañana, mientras yo lloraba sin parar. Al poco rato me vio empezar con un segundo pololo. Y luego con otro. Y entre medio, me acompañó a un par de fiestas a las que iba para encontrarme con los que me gustaban. Vicente hacía lo suyo, se hacía amigo de los que no bailaban y aunque no habláramos tanto en la fiesta, igual cruzábamos miradas de complicidad. Muchas veces, cuando ya me cansaba, volvíamos juntos a la casa y hablábamos de cualquier cosa. De su fascinación por los planetas, por los procesos de la vida y de todos los viajes que quería hacer. Una vez me preguntó si lo quería acompañar en sus viajes. Yo lo miré y le dije “puede ser”.

Un tiempo después nos distanciamos, por cosas de la vida que no sabría identificar muy bien. Yo me fui de intercambio por unos meses a Brasil y a la vuelta él no me vino a ver. Ahí asumí que estábamos pasando por un momento de introspección y distancia, y que él quizás se había cansado de nuestra dinámica. Yo por mientras crecí y me fui transformando en una mujer sensible. Y muchas veces quise hablarle, como no le hablaba a nadie, de lo que me pasaba.

Hasta que un buen día él empezó a pololear con una compañera de la universidad. Y como si me hubiesen clavado un cuchillo por la espalda, me sentí traicionada y triste. Por supuesto que no era una traición real, pero la viví así, y de un día para el otro me encontré hablándole a mis amigas de él. Ellas no entendían y me preguntaban si me gustaba o si entre tantos años de amistad había desarrollado sentimientos más profundos por él. Yo no sabía qué pensar, tampoco entendía eso de los sentimientos más profundos. ¿No era acaso nuestra amistad lo más profundo que me había tocado vivir?

Siempre di por hecho que él estaría ahí para mí y cuando finalmente no fui el centro de su vida me di cuenta de lo afortunada que había sido en tener su amistad durante tantos años. Como suele pasar, lamentablemente, ya era muy tarde. Y los celos que sentía, me dije, no estaban justificados.

Me di cuenta rápidamente de lo injusta que estaba siendo y me propuse, pese a que me costó mucho, no decirle que sentía algo más por él. Porque tampoco lo tenía claro y en el fondo solo iba a generar más confusión para todos. Y eso no era justo ni para él, ni para su polola, ni para nadie. Me propuse entonces reprimir esos sentimientos y dejé pasar el tiempo. Y con cada día que pasaba me gustaba más.

Él pololeó tres años, y si bien durante ese tiempo intenté decirle muchas veces lo que me pasaba, al final del día no me atrevía. Sentía que era más el daño que causaría que cualquier otra cosa. Pero, como siempre, él supo descifrar lo que estaba pasando y un día, cuando nos encontramos en una comida familiar con su familia y la mía, me dijo que había terminado su relación.

Mi expresión de cabra chica emocionada me delató. Él se rió.

Dos semanas después nos juntamos y hablamos durante horas de todo lo que habíamos hecho y sentido en ese tiempo; de nuestra amistad y de nuestro fallido intento por ocultar, durante años, lo que realmente sentíamos. O lo que no sabíamos que sentíamos. “¿Lo intentamos?”, me dijo él. Yo le di un beso.

Han pasado ocho años desde esa vez y sigo emparejada con mi mejor amigo. Es raro estar en una relación con alguien que se conoce mucho de antes, porque se parte desde una base en la que prima el respeto y la amistad por sobre todo lo demás. Ante todo, somos amigos. Y de paso, también nos enamoramos el uno del otro.

Constanza Vallejo (39) es psicóloga clínica.

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