Columna: No estamos en guerra

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Esta semana iba a escribir algo sobre la sequía y los ríos, pero el viernes en la tarde cambié de opinión. Y es que ya quedó claro que no son solo los 30 pesos del alza del Metro, es la seguidilla de abusos sistematizados que nos tenían administrando con gotario el enojo. Apelando a nuestro legítimo derecho a manifestar lo que nos parece injusto, hicimos marchas, cantamos y escribimos, pero no fue hasta que explotó todo que nos escucharon.

Escribo esta columna en el silencio de un pueblo en toque de queda. Nunca imaginé que viviría –de nuevo y con más años– una noche así. Ahora soy yo la que no tiene respuestas para sus hijos, la que siente confusión e incertidumbre de lo que va a pasar. Ahora somos nosotros los que elucubramos teorías, porque certezas no tenemos ninguna.

La desigualdad arde y duele, y debería dolernos a todos. Penan las mismas injusticias de siempre: alzas en asuntos básicos como transporte y luz; medicamentos por las nubes, los que con la precaria pensión que reciben los adultos mayores los tienen punteros del suicidio; jóvenes esclavos del CAE, que no salen de la línea de la pobreza porque arrastran deudas al tener la osadía de ser profesionales en un país en el que se les cierran las puertas laborales porque no tienen contactos, no fueron compañeros de curso del gerente ni son primos de alguien que pueda conectarlos bien. Chile es un país hermoso, claro que lo es, pero infinitamente desigual.

Nadie –que yo sepa– eligió nacer dónde nació. La desigualdad nace con nosotros, pero se establece en la segmentación de los barrios, brotando con vecinos arribistas que, evocando a los más básicos prejuicios sociales, no quieren que el Metro llegue a sus comunas para no traer en sus vagones a los supuestos delincuentes de la periferia. Egoísmo y ceguera de la que son culpables, no por tener lo que tienen, sino por no sentir. Leo varios llamados a la empatía y muchas reflexiones sobre el privilegio, y ruego que no se diluyan con el pasar de los días, porque el que goza de un espacio más acomodado es parte también de una sociedad que debe volver a trazar sus metas y sus anhelos, y esta vez basados en justicia e igualdad. Ningún chileno debiera estar en guerra con otro. Y hoy es más necesario que nunca, apelar a la solidaridad y el respeto por la integridad de todos.

Estos días han sido registrados en celulares y publicados en redes sociales. Hemos visto imágenes horribles, sangrientas y desoladoras. Hemos visto enfrentamientos que no tienen lugar y que duelen hasta los huesos. Pero yo no quiero tener miedo. Y mi esperanza está en creer que hemos aprendido algo estos años de democracia.

No quiero que ahoguen nuestras cacerolas con violencia, ni que nos hagan sentir que nuestras peticiones no tienen fundamento. Quiero que podamos circular libres por la calles, y para eso necesitamos respuestas a las peticiones y justicia; ir sanando juntos y volver a hacer de la política un asunto que represente a los pueblos, que nos de garantías básicas y que nos permita vivir a todos los que habitamos este país en paz.

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