Paula

Marcelina Jancko Calani: tejer para otras, tejer para sí

De acuerdo al último Censo, un 11,5% de la población en Chile se identifica como perteneciente a un pueblo originario y más de la mitad son mujeres. Esta es parte de una serie de entrevistas que rescatan la voz de mujeres aymara -el pueblo más numeroso después del Mapuche-. Todas ellas son herederas de la tradición textil de Isluga, un poblado ubicado en el altiplano del extremo norte, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, que es considerado la cuna de la textilería aymara.

Fotografía: Carolina Vargas y Lydia González.

Entre las tejedoras de Pozo Almonte, Marcelina Jancko Calani (34) tiene fama de ser “una máquina”: de carácter dulce, pero introvertida, quienes la conocen dicen que es de las que teje, teje y teje “como una bala”, sin detenerse ni conversar demasiado, para sacar los encargos lo más rápido posible. Rápido y perfecto: orillas bien acabadas y puntos idénticos el uno del otro, que desarma sin chistar cuando no quedan como ella quiere. Con la mejor disposición, se empecina en cada detalle, sacarle un poco aquí, darle diez de fleco acá, cortar, armar y desarmar.

Acompañada de un amigo y con solo 18 años, llegó en 2005 a Pozo Almonte desde Potosí, Bolivia. Ya se había enterado que gran parte de las mujeres de la zona eran textileras y recibían encargos, que pagaban mejor que en Bolivia, entonces ofreció sus saberes de tejedora a aquellas que no daban abasto de tantos pedidos. Era, por así decirlo, una tejedora invisible. Eso,hasta que Aurora Gutiérrez, también boliviana, quién había llegado mucho antes a Pozo Almonte, la invitó a formar parte de la agrupación Inti Sol. Fue entonces cuando Marcelina dejó de ser una artesana en las sombras.

“A mí me gustó desde chica la artesanía”, dice hoy repasando su historia. “En mi familia éramos cinco hermanas y de las cinco yo era la única que le gustaba tejer. A mis hermanas no les gustaba. Mi mamá quería obligar a tejer, pero a mí no hubo que obligar. Me gustó. Primero aprendí a hilar, gruesos para frazadas y un poco más delgado para aguayo. Ya después junté todo, mi mamá me enseñó a tejer una faja como a los diez años ya”.

A los ocho años dejó el colegio para dedicarse a pastorear corderos y llamas. Dice que no alcanzó a echar de menos a sus compañeras de escuela, porque en esas caminatas se encontraba con ellas, a quienes también les tocaba pastorear a los animales de sus familias. Así, cuando no estaba cuidando a las llamas, tanto cuando niña como luego de adolescente, Marcelina se dedicaba a tejer. A los trece años ya tenía siete aguayos listos para vender. “Quería ganar platita”, dice riendo hoy.

De hecho, en parte eso fue lo que la motivó a viajar a Chile. “Decían que acá se ganaba bien; que cuando uno trabajaba bien, pagaban. Allá (en Bolivia), en cambio, era muy poco. Y yo quería juntar dinero para comprarme mi ropita”, dice. Tras cruzar la frontera, su primera parada fue en Colchane. “Ahí conocí a una persona, una señora que me decía ‘vamos para allá’, a (Alto) Hospicio. ‘Allá vas a tejer’, decía, así que para tejer me vine, para vivir de mi tejido”.

Marcelina Jancko Calani

Fotografía: Carolina Vargas y Lydia González.

Como en la localidad conocía a pocas personas, el sistema de Marcelina era trabajar para la única mujer que conocía y ella, a su vez, era quien vendía. Le tejía ljilla, ponchos, chales y frazadas que aprendió a tejer en telar de pedales; el mismo que había visto desde niña a su abuelito emplear. “Cuando llegué allá donde la señora, su hermana me llevó a su casa y estaba tejiendo, y yo dije: ‘ahhh, mi abuelito también sabe tejer de eso. Ahí vi esa, que hacían chal, bufandas, ponchos. Yo miraba nomás a mi abuelo, pero nunca dije que iba a tejer, porque hombres nomás tejían en ese tiempo allá, pero después yo terminé tejiendo en pedales, para cuántas personas, harto yo tejí”.

Con el tiempo, cada vez llegaban a su casa más textileras pidiendo ayuda: una mano más para tejer y así lograr dar con los tiempos de los pedidos. “Yo hice eso harto, de tejerle chales a otras artesanas, porque yo tejía rápida. Fue la gente que me decía: ‘¿por qué tejís para otra gente nomás?, ¿y por qué no tejís para que vendai tú?’”, recuerda. Empezó a hacerlo recién en 2018, aunque asegura que no fue fácil. “Yo decía: ‘¿dónde puedo vender mis tejidos?’, porque como soy extranjera según yo no se podía postular a ningún lado”, dice hoy, sin imaginar que en un abrir y cerrar de ojos sus piezas llegarían, primero, a una tienda textil en Santiago. “En ese mismo tiempo fue que me integre a Inti Sol y desde entonces que también entrego a Artesanías de Chile, yo feliz”, agrega Marcelina, quien por estos días, junto a Aurora, su compañera en Inti Sol, realiza una de las piezas más complejas que sus manos han tejido; un vestido compuesto por tres paños tejidos de forma independiente, que luego unieron entre sí para dar vida a una pieza que compondrá una nueva colección de Artesanías de Chile.

Lo sacó en cosa de horas: por la mañana recibió la lana y por la tarde tenía los tres paños tejidos, ya cosidos entre sí. Si todo sale bien y la colección resulta un éxito, ella y Aurora serán las encargadas de traspasar dicho conocimiento al resto de la agrupación. Eso, dice hoy, es lo que más contenta la tiene. “Siempre me caractericé por ser muy rápida para tejer. Ya estoy acostumbrada, es mi trabajo, por eso será. Pero eso que antes hacía para otras artesanas ya no; ahora tejo solo para mí”.

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