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Pilar Quispe Mamani: Lenta, pero segura

De acuerdo al último Censo, un 11,5% de la población en Chile se identifica como perteneciente a un pueblo originario y más de la mitad son mujeres. Esta es parte de una serie de entrevistas que rescatan la voz de mujeres aymara -el pueblo más numeroso después del Mapuche-. Todas ellas son herederas de la tradición textil de Isluga, un poblado ubicado en el altiplano del extremo norte, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, que es considerado la cuna de la textilería aymara.

Fotografía: Carolina Vargas y Lydia González

Los ojos de Pilar Quispe Mamani (56) se achinan al máximo cada vez que agudiza la mirada tratando de ver si su pallarado va bien; si no se ha equivocado en la tarea de levantar y bajar los hilos que están entramados en el telar de cintura donde busca tejer su primera faja. Su mirada está intrincada en los hilos. A su lado, con manos hábiles, la maestra Albina Choque le muestra el mismo paso. Albina avanza, mientras guía a Pilar. Avanza otro poco, y Pilar la imita. Ambas están sentadas en una silla azul. Frente a ellas hay una mesa blanca donde otras alumnas de Albina están en un paso previo: pasar los hilos por una teladora, una estructura metálica que sirve de soporte antes de traspasarlo al telar de cintura.

Antiguamente en el mundo aymara las mujeres comenzaban a aprender muy niñas lo que hoy Pilar se esfuerza por empezar a dominar. Lleva tres días asistiendo mañana y tarde al taller de textilería tradicional aymara que dicta Albina, junto a otras cinco artesanas, en el Centro de Artes Escénicas de Pozo Almonte. “Estoy súper agradecida de Albina y de mis compañeras, porque tienen cualquier paciencia”, comenta Pilar en una pausa. “Es que yo soy un poco lenta para aprender, pero aprendo”.

Fotografía: Carolina Vargas y Lydia González

Nacida en Bolivia, su historia es como la de muchas mujeres de su edad, quienes crecieron viendo a sus madres tejer en telar tradicional aymara, pero al llegar la adolescencia optaron por otro camino. El de ella fue partir de su pueblo. “Interés mío no fue. La artesanía no era llamativo para uno, porque uno decía: ‘uhhh, en la ciudad hay otra cosa, no la artesanía’. De niña me fui a trabajar de nana por muchos años y ahí olvidé la artesanía”, dice y agrega: “Pero gracias a Dios, retomé hace 25 años”.

Cuando lo hizo, eso sí, no fue en el telar precolombino donde tejía su mamá, sino que en el telar español, como se llama al telar de dos o cuatro pedales, donde las artesanas tejen lisos: telas largas de las que nacen, por ejemplo, los chales. Fue una amiga, Vilma Colque, quien la empujó a hacerlo. “Le conocí y ella me metió en la agrupación Kumire, de la que soy parte hasta hoy”, comenta Pilar. “Pero esto de la faja, el recordatorio, no me lo sabía. Para qué voy a mentir si yo sabía. No, no lo sabía. Y por eso me está costando. Pero lo voy a aprender”, dice Pilar entre risas y con su hablar rápido.

Tanto le ha costado, que luego de que termine el curso le gustaría contratar a Albina para que le haga algunas clases particulares. “Quiero grabarla, para aprender bien, porque ahora en el taller somos varias artesanas alumnas y entre tantas no me concentro. Es que yo soy muy distraída. Ya varias artesanas han aprendido, porque cada una tiene su habilidad. Pero yo estoy un poco lenta”.

Fotografía: Carolina Vargas y Lydia González

El trayecto de Pilar a Chile fue de íres y venires. Comenzó de niña, cuando llegó a trabajar a Iquique, sin imaginar que se quedaría por diez años, hasta que conoció a su esposo, también boliviano, cuando volvió a visitar a su familia en Bolivia un verano. Allí tuvieron a sus dos primeras hijas, pero prontamente regresaron a Chile, donde nació la tercera. “Me siento parte chilena ya, voy a Bolivia solo por un rato. Pero tengo aquí mi hogar. Somos parte de acá ya”.

En buena parte, dice hoy, celebra ser artesana por la libertad que el oficio le ha entregado. “A mí bastante me ayudó económicamente: hice estudiar a mi hija trabajando con artesanía y después me gustó la innovación. Empezamos con lisos, trabajando con dos pedales, pero en el taller donde trabajo, años atrás innovamos en cordillate, que se hace en cuatro pedales. Para encontrar ese diseño, ¡con la hermana Vilma una semana demoramos! Porque enhebrábamos y estaba mal, desarmábamos, partíamos de nuevo y quedaba mal. Nos costó sacar el cordillate. Ahora es famoso, todo el mundo lo sabe”, dice Pilar, y después de una pausa sigue con su hablar veloz. “Pero a mí me gusta innovar en telar. Después aprendí el ojito de perdiz. Después el pata de pollo. Y así voy buscando innovaciones en telar. En eso me reflejo. Quizás la faja es complicada para mí, por eso prefiero perfeccionarme en telar buscando nuevos diseños, nuevas combinaciones. Eso es lo que más me gusta siendo artesana”.

–Si es tan difícil, ¿qué te anima a aprender a tejer en telar de cintura?

–Es que está bonito esto que está pasando. Además, si aprendo puedo hacer productos que Artesanías está vendiendo en sus tiendas. Que tu producto esté en una tienda, que tú has podido lograr esa parte es bonito. Pensar que primero no te va a salir perfecto, pero en el segundo sí ya te vas a perfeccionar ya. Yo como artesana me siento feliz de que mi producto pueda llegar a una tienda grande. Como con las fajas. Yo pienso y digo: ‘cuando aprenda bien me voy a hacer una faja yo. Ese es mi objetivo ahora. Y lo voy a lograr”.

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  • Este testimonio es parte del libro Herederas de Isluga, publicado en 2021 por Fundación Artesanías de Chile (@artesaniasdechile), que recopila 18 historias de artesanas Aymara de la Región de Tarapacá. Todas ellas comparten una sabiduría donde se funde su relación con la naturaleza y sus ritmos vitales: son herederas de la tradición textil de Isluga, un poblado ubicado en el altiplano del extremo norte, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, que es considerado la cuna de la textilería aymara. Por el valor de estas historias, estos testimonios son rescatados por Paula.cl.
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