Nuestro pelo, nuestra historia

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Hace dos años la marca norteamericana Banana Republic, que se plantea a sí misma como "retail de lujo convencional", hizo noticia en los medios porque el gerente de una de sus tiendas en Estados Unidos -un hombre blanco- le dijo a una de sus empleadas -una mujer afrodescendiente- que sus trenzas no eran "apropiadas para Banana Republic", porque eran demasiado "descuidadas y urbanas". Y si no se sacaba las trenzas, no iban a poder darle más turnos. A ese argumento, la mujer respondió que su peinado, como el de sus amigas, hermanas y tías, era una forma de proteger su pelo. Sin embargo, esas trenzas eran más que una forma de cuidado capilar. Lo que esa mujer estaba defendiendo era su identidad. Su identidad social, cultural y su identidad política. El caso terminó inclinándose a favor de la mujer de trenzas, pero se inscribe en una larga e irregular lista de acciones discriminatorias que ocurren a diario. Porque el pelo es un tema político y, por lo mismo, no está exento de polémica.

El pelo, a lo largo de la historia, ha estado dotado de carga simbólica. Y una que cambia según la época. "El hecho de que actualmente a la mujer se le asocie con el pelo largo es algo bastante relativo, porque todavía existen culturas, como los comoras africanos, en donde las mujeres tienen el pelo corto y los hombres lo usan teñido y encrespado", explica Pedro Mege Rosso, antropólogo y director del Centro Interdisciplinario de Estudios Interculturales e Indígenas. La lectura de qué significado tiene nuestro pelo depende de quiénes somos, qué edad tenemos, con qué género nos identificamos, por dónde nos movemos y en qué lugar del mundo vivimos.

Según el especialista, en Occidente la relación feminidad y pelo largo se debe a nuestra tradición semita. "En la tradición talmúdica o judía las mujeres malvadas son de pelo largo, y la más mala de todas es Lilith, la primera mujer de Adán, que tenía un pelo envolvente capaz de torturar. Es por eso que el pelo largo y libre es sinónimo de poder femenino, pero solo en términos muy generales", precisa. Lo cierto es que el pelo constituye imagen, y la imagen -aunque involucre identidad- siempre puede caer en un estereotipo. Y los estereotipos no son fijos, sino que van avanzando, construyéndose y cambiando de generación en generación, en relación a lo que se entiende por femenino y lo que se entiende por masculino.

"Uno de los temas importantes de los estereotipos es que se expresan a partir de la identidad de género, por eso la forma en que se ve una persona es tan importante. A través de cómo nos vemos somos capaces de comunicar al exterior quiénes somos, y eso lo hacemos con la vestimenta, con los colores que usamos, y sobre todo con algo que sale directamente de nuestro cuerpo: el uso y disposición del pelo", explica la antropóloga especialista en género y directora de la consultora Etnográfica, Carola Naranjo. Actualmente, la cultura globalizada construye nuevos estereotipos a partir de los anteriores, pero también los destruye y deconstruye constantemente.

Según Carola Naranjo, a pesar de todos los avances culturales, todavía algunas personas cuando ven a una mujer con pelo corto la asocian a algún tipo de contracultura. "Es que toda decisión del pelo dice algo. Nada es antojadizo. En el pelo hay una postura de tu identidad, y por lo mismo puede llegar a haber algo contestatario en el caso de no inscribirse en la norma". Y es que esto ha sido siempre así, solo que cambian las normas. Los romanos, por ejemplo, fueron los primeros en identificar el pelo corto como algo masculino, porque antes lo llevaban largo. Los egipcios, por su lado, ocuparon el pelo para diferenciarse entre clases, y fueron pioneros en el desarrollo de la cosmética capilar como una práctica de los sectores más acomodados, aunque rápidamente permeó al resto de la sociedad.

Lo cierto es que no hay cultura que no le haya dado un valor. En el mundo americano prehispánico el pelo estaba asociado a la fuerza vital. "Un pelo saludable y abundante era, y a veces sigue siendo, sinónimo de vigor", explica Pedro Mege Rosso. "Por eso alguien sin pelo o con un pelo dañado equivale a flaqueza o enfermedad". Porque el pelo constituye autoestima, y es capaz de acercarnos a un estereotipo de género. No se trata de un tema estético o banal. De hecho, la marca Mattel, creadora de las tradicionales Barbies, acaba de lanzar una línea de muñecas de género neutral para niños y niñas, en que uno de los pocos distingos visibles es que tienen el pelo corto con posibilidad de que crezca a través de extensiones. Por otro lado, también está asociado a temas etarios. "Se puede pensar que las mujeres mayores llevan el pelo corto y las jóvenes, más largo, porque también existe un vínculo con la fertilidad", dice Carola Naranjo. "Y en una sociedad estratificada, como la nuestra, el pelo también marca diferencias sociales que pueden parecer muy sutiles, pero son tremendas", agrega Pedro Mege Rosso. "Basta pensar que en Chile tenemos conceptos como 'peloláis' para referirnos a la élite".

Es que el pelo, como elemento de propiedad particular pero radicalmente visible ante el resto, tiene la facultad de simbolizarnos como sujetos individuales al mismo tiempo que como sujetos sociales. "Por más libre que parezca el ejercicio individual de llevar el pelo como se quiera, nos inscribe socialmente", dice Pedro Mege Rosso. "No es casual que en la tradición de la magia blanca o negra basten unas mechas del pelo del amado o del enemigo para hacer una poción de brujería. El pelo de una persona tiene para nosotros la capacidad de capturar su esencia individual".

Aunque cada década, cada cultura, cada microsociedad, cada familia ha tenido su forma particular de darle sentido al pelo que sale de nuestras cabezas, esos vínculos y sus significados cambian, se renuevan y se reinventan constantemente. El pelo largo, corto, amarrado, suelto, en trenzas, teñido y las infinitas posibilidades de llevarlo de forma distinta, incluso en un mismo año, nos abren a múltiples posibilidades de significación. La libertad de elegir cómo queremos llevarlo existe. Pero lo cierto es que siempre -siempre- la forma en que llevemos el pelo va a contar una historia. Va a decir algo, se va a alinear con un discurso u oponer a otro. Qué queremos contar, qué queremos decir... depende de nosotras.

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