¿Y si no quiero destetar?

Cuando una lactancia se ha instalado con éxito y van pasando los meses, la pregunta comienza a aparecer con cada vez más frecuencia: ¿aún estás dando pechuga? Hay una suerte de opinión implícita -y a veces explícita- en que la lactancia está bien, sí, pero cuando es extendida parece incomodar.




El comienzo de la lactancia con mi primera hija fue difícil. Ella estaba pegada a la pechuga todo el día, sin buen acople, y yo tenía mis pezones heridos y agrietados; me dolían casi todo el tiempo. A ratos, sentía como una aguja que me pinchaba justo en el centro del pezón, y por varios segundos.

No entendía por qué era todo tan complejo y en ese tiempo, hace siete años, tampoco proliferaba la información como ahora. Pero sí había leído un par de cosas que me ayudaron mucho. Primero, que en la gran mayoría de los casos la producción de leche depende de que haya succión constante y, segundo, que si dolía no era normal y había explicaciones y soluciones para eso. Así que entre medio de los cuestionamientos ajenos –y el mío propio–, además de lo abrumador que puede resultar el inicio de la maternidad, hice lo que a mí me hacía sentido hacer en ese momento: persistir en la lactancia.

Y entonces, después de un mes y medio, todo se empezó a acomodar. Mi hija creció, su boca también; lo suficiente para agarrar bien mi pezón. El acople funcionó, las tomas comenzaron a espaciarse, a ordenarse y, de un momento a otro, dar pechuga se estaba transformando en algo que me estaba fascinando cada día más. Sin hora, sin lugar, sin reglas: podía calmar, alimentar, hacer dormir o regalonear a mi hija, que me miraba fijo con sus ojitos aceitunados, mientras mamaba y hacía un sonido succionador que jamás olvidaré. Comenzaron a pasar los meses, y la lactancia no solo se instaló, sino que se había transformado en un placer. Uno que, por cierto, muchos cuestionaron: que me usaba de chupete, que la estaba malcriando, que había que tener horarios, que me iba a morder, que yo estaba perdiendo libertad.

Mi hija cumplió un año, yo ya había vuelto a trabajar y la pregunta de si seguía dando pechuga iba agarrando un tono cada vez más incómodo. Pensé que ya era tiempo de destetar y busqué a una matrona experta en lactancia, que ofrecía el servicio de asesoría de destete respetuoso. Me fue a ver a mi casa, a conocer a mi familia, nuestras rutinas, y después de hablar largo y tendido de repente me preguntó:

  • ¿Y estás segura que quieres destetar?

No me esperaba esa pregunta. Ni tampoco la respuesta que se dibujó en mi cabeza. Entendí que ni siquiera me había cuestionado si quería o no quería hacerlo, que solo se suponía que debía destetar porque ya estábamos llegando a cierta fecha. Me di cuenta de que me estaba avergonzando de algo que yo sí quería seguir haciendo: darle pechuga a mi cría.

Una decisión personal

“Cuando una mujer me consulta por las asesorías de destete, suele estar buscando apoyo porque es un momento donde se presentan muchas dudas. De si es el tiempo adecuado, de si debe o no seguir, de cómo hacerlo amorosamente, para no interrumpir lo que se ha creado durante el proceso de lactancia. Aunque cada vez menos, todavía persiste el desconocimiento de lo que necesitan los bebés, niños o niñas: que la lactancia no es solo alimentación, sino también contención”, dice Paola Gaete, matrona, docente de la Universidad de Chile y consultora de Lactancia Materna de IBCLC (@mihorasagrada).

Como explica Gaete, el destete es un proceso que implica cambios y es muy habitual que existan sentimientos ambivalentes. “Muchas se dan cuenta de que quieren continuar con la lactancia. Y otras no. La decisión es de cada mujer. Y ninguna otra opinión es más importante que la propia. Me parece que ante esta decisión, de destetar o no, debemos educar y fortalecer a la mujer para que no sienta culpa ni miedo ante las opiniones del entorno”, añade la matrona.

Porque cuando una lactancia se ha instalado con éxito y van pasando los meses, la pregunta comienza a aparecer con cada vez más frecuencia: ¿aún estás dando pechuga? Hay una suerte de opinión implícita -y a veces explícita- en que la lactancia está bien, sí, pero cuando es extendida parece incomodar. Pero si hay una mujer que está pasándolo bien con su lactancia, con su hijo de uno, dos, tres, cuatro o cinco años: ¿entonces qué problema hay en que siga dando pecho si ella así lo quiere? ¿Qué provoca esto en el resto?

La periodista y socióloga española Esther Vivas, autora del libro Mamá desobediente. Una mirada feminista a la maternidad, plantea que desde un sector del feminismo se afirma que dar pecho nos devuelve al hogar, nos resta libertad o aumenta la brecha salarial. “Nos tendríamos que preguntar si la teta es la responsable o el problema es otro”, escribía en un post en su cuenta de instagram @esthervivasesteve hace tres meses. Porque hacerse cargo de un bebé es siempre agotador, al margen del tipo de lactancia, comentaba, entendiendo que “ni el biberón ni la teta nos harán libres, porque la igualdad depende de otros factores sociales y económicos”. Específicamente, de lo instalado que está el patriarcado.

De eso conversaba hace unos días con Nicole, con quien nos íbamos a reunir en una junta con más amigas, a la que ella no pudo llegar. Su segundo hijo tiene poco más de un año y toma pecho, y el día de la reunión ella tenía que viajar con él en el auto, pero andaba demasiado inquieto. Lo intentó, el niño lloró más de media hora, hasta que Nicole decidió volver a casa. Pudo haber ido sola, pero prefirió no hacerlo. “Porque sé que él necesita el pecho no solo para alimentarse, también para regularse, para dormirse. Para mí era importante ir a la junta; no veía a mis amigas desde antes de la pandemia, y no haber podido ir me tuvo mal varios días. Me cuestioné mi propia lactancia, sentí que no podía moverme, que no podía salir sin tener a mi guagua todo el día conmigo para regularla”, dice Nicole. Hasta que de repente se dio cuenta que no necesariamente era la lactancia lo que la detenía: “Comprendí que quiero ir hacia un balance. Tomarme más tiempo para estar sola, comprometerme conmigo en ese sentido. Pero al mismo tiempo la lactancia es algo que disfruto y que me sirve mucho en mi día a día. ¿Entonces por qué tendría que destetar? ¿Y si no quiero hacerlo? Tampoco hay verdades absolutas y tengo esa ambivalencia. Por ahora decidí no destetar y darme tiempo para ver cómo lo vamos llevando mi hijo y yo”, finaliza.

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