Por Andrew CherninLa revancha de una generación perdida
José Antonio Kast fue parte de un grupo de diputados de la UDI que tomó el Congreso por asalto a comienzos de siglo y logró una enorme influencia al interior del gremialismo. Aun así, nunca lograron arrebatarles el liderazgo a "los coroneles" y dejaron la vida política. El único que siguió fue Kast, quien, con su triunfo presidencial, le dio una victoria simbólica a un lote que nunca logró dominar su partido.
El 11 de marzo de 2002 la UDI llegó al Congreso ya no como el partido testimonial de la derecha, sino que como el más poderoso de la Cámara de Diputados. Tenían 31 parlamentarios y, además, a otros cuatro independientes elegidos en sus cupos: 11 más que la DC, la colectividad que los seguía.
–Ese día –recuerda uno de ellos– entramos todos juntos por la puerta de la sala. Éramos como un regimiento.
Estaban los nombres de la generación que había dirigido a la UDI, como Patricio Melero, Pablo Longueira y Víctor Pérez, pero también los de una generación más joven y doctrinaria, que se presentaba como la única que había sido genuinamente formada por Jaime Guzmán en las salas de Derecho UC y en las comidas y charlas de formación gremialista.
Darío Paya había sido el primero. A los 29 años, diciendo que era un abogado sanmiguelino que quería pasar del barrio al Parlamento, ganó la elección del distrito 28 de 1992 en un lugar donde la derecha pensaba que no había votos.
–Fue simbólico para nosotros que él ganara –cuenta Marcela Cubillos–. Él no descansó hasta que todos nos metiéramos en esto. Nos veía y decía: ya, ¿cuándo van a dar el paso?

Rodrigo Álvarez fue el siguiente en darlo. Con 31 años, triunfó en Magallanes en la elección de diciembre de 1997. En marzo, Paya fue quien lo recibió en el Congreso. Álvarez sintió una extraña reminiscencia: varios años antes, Paya también le había dado la bienvenida cuando llegó a Derecho de la UC y se unió al movimiento gremialista.
Que ese 2002 se unieran Cubillos, una alumna de Guzmán en Casa Central; José Antonio Kast, el hermano menor de otro de los fundadores del gremialismo, que también se había acercado a Guzmán como estudiante de Derecho en la UC, además de dos exlíderes estudiantiles de la UDP -Marcelo Forni y Gonzalo Uriarte-, que ejemplificaban cómo la influencia formativa de Guzmán se había extendido hacia las universidades privadas antes de su homicidio sólo acentuaban la idea de que en ese grupo estaba el futuro del partido.

Había otros, claro: Gonzalo Cornejo ya era alcalde de Recoleta y Miguel Flores y Marco Antonio González comenzaban a armar carreras que los llevarían a liderar la Fundación Jaime Guzmán. Pero en ese lote que almorzaba junto en el Congreso y que había visto en la vida política la extensión de su amistad universitaria ya había muestras genuinas de que podían ser el reemplazo. No sólo porque Paya y Forni ganaron donde antes la derecha perdía, sino también porque Kast y Uriarte fueron capaces de retener los distritos que antes habían pertenecido a Longueira y a Juan Antonio Coloma.
Esa ola, que varios explicaban como una consecuencia tardía del rendimiento que había alcanzado Joaquín Lavín en la elección de 1999, donde casi consigue la Presidencia de la República, envalentonó, sobre todo, a los más jóvenes.
–Teníamos un estilo que nos había marcado mucho: haber sido minorías en la universidad, pero, aun así, habernos enfrentado a todos –explica Cubillos.
Sólo que entonces eran mayoría. Y eso los hizo crecer rápido. Paya, Álvarez, Forni y Kast fueron jefes de bancada; Cubillos daba peleas valóricas en los debates televisivos y radiales, y todos asegurarían sus cupos en las parlamentarias de 2005.
Ese año, cree otro de ellos, algo cambió. La UDI seguía recuperándose del caos que había desatado el caso Spiniak en 2003, denuncias de corrupción en municipalidades del partido y del fracaso del segundo y desdibujado intento presidencial de Joaquín Lavín. Y ese contexto, en una colectividad sin elecciones internas, que entonces era presidido por Hernán Larraín con Paya como secretario general, pero fácticamente controlado por “los coroneles”, donde el verdadero poder estaba en las manos de Longueira, Coloma, Andrés Chadwick y Jovino Novoa, facilitó que la UDI mostrara sus primeras fisuras:
–Vimos que habían perdido cierta cohesión entre ellos. Ya no tenían esa incondicionalidad de antes a la hora de apoyar a Hernán, porque había conversaciones en las que ninguno de nosotros participaba, donde se hablaba de sacarlo. Entonces dijimos, ¿qué opinamos de esto?, porque nadie nos pidió la opinión.
En mayo de 2008, Hernán Larraín anunció que no seguiría a cargo de la UDI. Argumentó “razones personales” para dejar su cargo.
–Para nosotros tuvo un peso muy grande cuando Hernán anunció que renunciaría, porque no sentía que tenía el control del partido. Todos lo respetábamos –dice un exdiputado.
Kast dijo que pelearía la presidencia en las primeras elecciones internas del partido, con Rodrigo Álvarez como su secretario general. Para formar su lista, buscó lealtades en el grupo con el que había entrado al Congreso y en las personas con las que había aprendido a dar peleas siendo una minoría en la universidad.
El único que no se alineó fue Gonzalo Uriarte, que sentía que su lugar estaba “con el tronco” del partido, a la sombra de los coroneles y para quien, recuerdan cercanos, dividir al partido entre dos candidaturas “era como una pelea entre hermanos que había que evitar”. Por eso apoyó al rival de Kast: Juan Antonio Coloma, que tenía a Víctor Pérez como su secretario general.

El fin de la candidatura de unanimidad, nominada por los coroneles, tensionó a un partido que pensaba que su gran fortaleza era la unidad.
–Nosotros queríamos un partido más moderno, en que pudiera haber elecciones –dice Cubillos–. Pero cuando nos presentamos y forzamos una elección interna, porque no estábamos dispuestos a esperar a ser los ungidos de los coroneles, nos acusaron de que íbamos a destruir la UDI.
La elección se resolvió en julio, y la épica armada sobre la pregunta de qué lugar iba a ocupar esta nueva generación de la UDI no alcanzó para destronar a los coroneles. Kast obtuvo el 36,4% de los votos y fue el rostro de lo que pasaba cuando se desafiaba al orden imperante del partido.
–Teníamos 40 años –recuerda Cubillos–, pero seguían diciendo que no nos tocaba todavía. Que éramos demasiado jóvenes.
No traicionarás a los amigos
En marzo de 2010, la UDI volvió a entrar al Congreso como el partido más grande del hemiciclo: la conducción de Coloma, que había decidido apoyar la candidatura presidencial de Sebastián Piñera, sin poner a competir a uno de los suyos, puso a 40 diputados en la Cámara Baja. Era un resultado histórico. Pero en esa lista de nombres que desfiló ese marzo en Valparaíso, la generación retadora había sufrido bajas.
Paya decidió no repostular, argumentando la necesidad de recambio. Piñera, luego, lo nombró embajador ante la OEA. Cubillos tampoco compitió y se fue a trabajar al mundo universitario. Álvarez sí lo intentó: venía de ser presidente de la Cámara de Diputados en 2009 y, aún así, fue una decepción electoral al no conseguir el escaño en Providencia y Ñuñoa. El gobierno lo llamó a la Subsecretaría de Hacienda. Forni fue el que desapareció. Intentó ser senador en la Quinta Cordillera, pero le faltaron tres puntos para superar a Lily Pérez, de RN. Se fue al mundo privado y nunca más volvió a la vida política. Progresivamente, todos dejarían de ser parte de la UDI.

Los que quedaban eran Gonzalo Uriarte, que tomó el puesto de senador en Coquimbo cuando Evelyn Matthei fue nombrada ministra del Trabajo por Piñera, y Kast, que aún pensaba que podía desafiar a los “coroneles”.
Lo volvió a intentar en 2010, pero esta vez apelando a las convicciones valóricas y planteando la distancia que debía existir entre el piñerismo y la UDI, dice un exdiputado gremialista. Sumó a Arturo Squella, Ernesto Silva, Javier Macaya y Ena von Baer.
Volver a enfrentar a Coloma, sin sus antiguos escuderos, tuvo costos para Kast, dice Gonzalo Cornejo, quien fue un adversario en la interna.
–La UDI confundió lo que es un partido político ya maduro con un grupo de amigos. Porque la UDI, como se formó originalmente en su núcleo duro, como un grupo de amigos, lo que nos empezó a pasar es que cualquier diferencia empezó a ser mirada como una traición. Ahí empezó a joderse todo, porque uno no traiciona a los amigos.
El resultado fue peor. Sólo el 33% apoyó a Kast.
–Veíamos que no tenía un gran respaldo y que José Antonio había levantado una candidatura más por voluntarismo que porque tuviera opciones– recuerda alguien de la lista ganadora–.
Las derrotas de Kast como ejemplo de la pérdida de influencia de su generación dentro del partido sólo acumularon más ejemplos. En 2011, Patricio Melero le ganó la opción para ser presidente de la Cámara de Diputados y, al año siguiente, Kast, en una designación que algunos leyeron como un premio de consuelo, fue nombrado secretario general en la lista de consenso con la que Melero dirigiría la UDI hasta 2014.

–Él siempre tuvo una vocación de poder, de influir. Tenía esa cuestión media mesiánica de decir yo quiero que mi estilo, mi forma de ver la política, sea la que no se pierda. En el fondo, aún tenía la convicción de que quería hacer esto por dentro. Por eso les disputaba a los coroneles, a la UDI más tradicional –recuerda un expresidente del partido.
En 2013, Kast quería competirle a Carlos Recondo en una primaria para determinar quién representaría al partido en la senatorial por Los Lagos. Se fue al sur con una parka que decía “senador”, que le regalaron quienes lo habían acompañado en 2010, y dejó a Melero solo en Santiago, trabajando en la fallida campaña presidencial de Laurence Golborne. Cuando el exministro de Minería desistió y el partido proclamó a Longueira para ir a una primaria presidencial contra Andrés Allamand, de RN, Longueira puso una condición para aceptar: debían suspenderse las primarias parlamentarias del partido para que todos se alinearan detrás de él en una campaña a la que sólo le quedaban 60 días.
–Entonces, Kast agarró su maletita y se vino a Santiago, donde ganó como diputado en La Reina y Peñalolén, y Moreira se fue a Los Lagos. Me acuerdo que lloraba en los programas, diciendo que esto era un castigo, porque él quería ser candidato por Santiago Oriente –recuerda el mismo expresidente del partido.
En los siguientes cinco años, Kast, que ya completaba su cuarto período como diputado, “se iba sintiendo cada vez más lejos”, dice un exparlamentario de la UDI. Y eso, a varios de quienes lo conocían, les parecía inexplicable.
–Cuando tú eres secretario general, tienes un gran poder dentro del partido. ¿Por qué no logró hacer mucho de lo que quería y era tan necesario para la UDI? Es interesante porque hay varios secretarios generales que logran tomar la conducción. La inercia y malos momentos de la UDI fueron parte del problema –sostiene Rodrigo Álvarez–.
La respuesta, dice él, puede estar en una debilidad que muchos en ese lote compartían:
–Yo creo que nuestra generación, en alguna medida, tenía la expectativa de que nos iba a tocar la conducción de la UDI. Que era algo que nos correspondía en este partido de amigos. Pero eso no es cierto en política. Y creo que algo muy similar ocurrió en otros partidos políticos.
Del otro lado, el diagnóstico tiene matices, piensa un exvicepresidente de la UDI.
–No creo que nadie de la vieja guardia los haya visto como rivales.
La respuesta, para él, es mucho más simple.
–Les faltó hambre.
Los perdidos
Ernesto Silva fue elegido presidente de la UDI en 2014 y materializó una idea que ya era evidente: el poder se había saltado a la generación que desafió el orden del partido, que ahora miraba desencantada el rumbo que tomaba el gremialismo.
–El partido empezó a perder consistencia. Llevaba candidatos que antes no habría llevado y eso fue desperfilando a la bancada y al partido, porque era como ganar a cualquier costo –asegura un exparlamentario.
Un exvicepresidente de una lista de los coroneles sabe a qué hace referencia esa idea. Piensa en 2007, cuando Joaquín Lavín se definió como un bacheletista aliancista, o en lo arrepentidos que estuvieron después de aprobar la reforma tributaria del segundo gobierno de Michelle Bachelet en 2014, que aumentaba los impuestos de primera categoría para las empresas.
Que Uriarte hubiese pasado al mundo privado después de su periodo como senador dejaba a Kast aislado de cualquiera de sus pares de 2002. Su soledad como representante generacional era incluso más notoria luego de que los vínculos con el caso Penta forzaran la renuncia de Silva a la presidencia del partido y Hernán Larraín, otro representante de la vieja guardia, fuera elegido para terminar ese periodo liderando a la UDI, luego de un interinato de Javier Macaya.
–Tuvimos una reunión en la comisión política donde decidimos prorrogar el periodo de Hernán –recuerda un expresidente–. Como 14 estuvimos de acuerdo, pero José Antonio dijo que no aceptaba eso. Él y Bellolio, creo, fueron los únicos que manifestaron que no les gustaba eso. Ahí, por la manera de expresarse, de presentar su postura, me quedó absolutamente claro que Kast se iba del partido.
Kast, que ya había dejado en claro sus aspiraciones presidenciales y diferencias con una UDI que veía desdibujada del proyecto de Jaime Guzmán, renunció al partido en mayo de 2016. Paya hizo lo mismo al año siguiente, después de mucho tiempo en la segunda línea, porque no quería seguir siendo parte de una colectividad que, aseguraba, bloqueaba las aspiraciones de militantes más jóvenes.
La generación 2002 de la UDI agarró el mote de generación perdida entre la prensa política. Y eso, claro, no les gustaba.
–Nosotros tuvimos un ciclo más corto en política y me parece bien, porque no todo es política. Hay que saber retirarse a tiempo. La vieja guardia creía que no había vida fuera del Congreso, fuera del poder, y mira cómo terminaron –explica uno de ellos y hace, luego, el repaso.
Novoa, tras ser condenado en 2015 por delitos tributarios, murió en 2021. Víctor Pérez tuvo un turbulento paso por el Ministerio del Interior y sobrevivió a una acusación constitucional. Pablo Longueira renunció a una candidatura presidencial por problemas de salud mental y fue sobreseído en 2025 por el caso SQM. Y aunque Joaquín Lavín lo intentó tres veces, nunca estuvo tan cerca de La Moneda como en 1999. Andrés Chadwick fue inhabilitado de ejercer cargos públicos tras ser acusado constitucionalmente y Juan Antonio Coloma -el único activo en política- es el rostro de un partido que lleva dos candidaturas presidenciales sin la capacidad de pasar a segunda vuelta.
–¿Crees que a ellos les fue mejor que a nosotros? - dice el mismo exparlamentario.
Álvarez y Cubillos sí siguieron en la política. Antes de volver al mundo privado, él fue ministro de Energía de Piñera y convencional constituyente con Marcela Cubillos, que antes fue secretaria de Estado de Educación y Medio Ambiente del mismo gobierno y, luego, tendría una fallida candidatura como alcaldesa de Las Condes.
El único que nunca se detuvo, tal vez, como dice un antiguo compañero de partido, porque tenía la estabilidad financiera para hacerlo, fue Kast. Fundó el Partido Republicano en 2019, para no estar a la sombra de nadie, y en su tercer intento presidencial fue electo presidente de Chile.

Su llegada a La Moneda, sin la UDI, fue leída por algunos como una revancha simbólica del representante más obstinado de esa generación sin victorias internas, que no había tenido el hambre o tolerado la frustración que se requiere para sobrevivir en política.
Pero, claro. A pesar de eso, de todos los años que han pasado, el mote aún duele.
–Tuvimos secretarios generales, vicepresidentes, diputados, senadores, jefes de bancada, ministros, embajadores, convencionales y, ahora, un presidente electo –discrepa uno de ellos, en su oficina, bebiendo una Coca Cola Zero, antes de hacer una pregunta con ironía–. ¿Todavía nos van a decir que somos la generación perdida?
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