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El chaqueteo chileno

Domingo Burgos / La Tercera

El último día del año recién pasado, distintos medios dieron a conocer los negocios más importantes del 2025. Y si bien fue un año en que la actividad de fusiones y adquisiciones fue más bien moderada, tuvieron lugar transacciones exitosas que destacaron por tamaño, visibilidad y repercusión.

Pero pese a las buenas perspectivas que inspiran dichas transacciones, coexiste un guión paralelo, demasiado familiar para Chile, y que tiene que ver con la suspicacia. Ahí aparece el chaqueteo, ese reflejo de “poner un pero” que no busca elevar la conversación, sino llevarla al terreno de la crítica fácil.

Está internalizado que en Chile “somos chaqueteros”, como si fuera una broma identitaria o un rasgo cultural inherente. Incluso hay quienes lo han descrito con crudeza como “un deporte nacional”. Esa exageración tiene la virtud de reconocer un problema en este hábito social que atraviesa género, edades y profesiones.

No es casual que tengamos una palabra precisa para nombrarlo. La Real Academia Española registra “chaquetear”, en su acepción chilena, como “impedir por malas artes, normalmente el desprestigio, que alguien se destaque o sobresalga”.

Asimismo, el PNUD lo describió hace más de dos décadas con una frase que sigue incomodando por exacta. El informe “Desarrollo Humano en Chile: Nosotros los chilenos: un desafío cultural”, habla de una “sociabilidad conflictiva” que se origina, en parte, en la dificultad de reconocer el valor del otro sin sentir una desvalorización de lo propio. La reacción -dice el informe- es el “descrédito del otro” para asegurar la propia estima, a menudo de manera indirecta, “por la vía de la mofa, del humor como herida”. Ahí está el mecanismo por medio del cual no siempre se ataca de frente; se erosiona por desgaste.

A diferencia de la crítica -tan necesaria, especialmente cuando es constructiva- el chaqueteo opera como una gramática social. No necesita argumentos largos; le basta un gesto o un comentario al pasar, el “ya, pero…” o el “a ver cuánto dura”. Es una manera de hablar que, sin decirlo explícitamente, le recuerda al otro que destacar tiene costos. Y no lo hace desde la confrontación abierta, sino desde esa zona tan chilena de la ironía, la talla y la sospecha administrada.

En ese sentido, el chaqueteo no es solo una reacción al éxito ajeno; es también una forma de orden. Una regla tácita que empuja hacia la moderación, que premia el perfil bajo y castiga la visibilidad. Por eso no se limita a grandes operaciones empresariales, aparece en el barrio, en la oficina, en el colegio, en el grupo de WhatsApp.

En Chile, muchas veces aprendemos temprano que no conviene “creerse el cuento”. Y esa frase, que puede sonar a prudencia, también puede ser un freno, una pedagogía del achicamiento y de hablar en chiquitito.

Existe otra dimensión más profunda que tiene que ver cuando el chaqueteo funciona como un mecanismo de alivio. Cuando el mundo se siente desigual, cuando la meritocracia se percibe frágil, cuando cuesta confiar en que el esfuerzo alcanza, la sospecha se vuelve una explicación cómoda. Si al otro le fue bien, “algo habrá”; si llegó lejos, “tuvo pituto”; si cerró un buen negocio, “seguro está arreglado”. El problema es que esa explicación puede tranquilizar por un momento, pero deteriora la confianza y la posibilidad de admirar sin sentirse menos, de reconocer sin rendirse ni destruir.

Por eso el chaqueteo es culturalmente corrosivo. instala una idea de fondo que se vuelve hábito. Que el éxito es, por defecto, impugnable. Que destacarse es exponerse. Que la ambición es sospechosa. Y cuando esa idea se normaliza, el país se vuelve más tímido de lo que debería, más reacio a arriesgar, a emprender, a innovar y a liderar procesos difíciles. No por falta de talento, sino por exceso de costo social asociado a la visibilidad.

Este es un desafío de liderazgo, no de temperamento. En el sector público y privado -en el mundo empresarial, en el ámbito político, en el entorno académico, en el campo del deporte, en la vida cotidiana- necesitamos entrenar otra costumbre, la de reconocer méritos sin sentir que se pierde, discrepar sin deslegitimar y reemplazar la sospecha automática por exigencia con evidencia. Porque un país que aprende a admirar con madurez también aprende a crecer con más confianza.

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