Francisco Pérez Mackenna

Francisco Pérez Mackenna

Gerente General de Quiñenco

Pulso

Un nuevo paradigma de empresa

Bloomberg

Por causas del destino o de la política, “la recta final de la reforma tributaria” llegó en abril, cuando los contribuyentes alistan su primera declaración de impuestos con plena vigencia de la reforma impulsada por el gobierno anterior. Es también el mes en que, con las utilidades de las empresas ya informadas, los directorios proponen a sus accionistas un dividendo a repartir y les rinden cuenta de su desempeño. La administración sabe que los ahorrantes son su principal stakeholder, ellos han invertido sus recursos apostando por rentabilidad.

Sin embargo, los accionistas parecen haber perdido ese sitial, cediendo lugar a otros grupos que exigen que las empresas se hagan cargo de necesidades que van más allá de la generación de utilidades. Ese fenómeno tiene varias décadas y es de carácter mundial. Por ejemplo, el excandidato presidencial estadounidense Bernie Sanders -ahora millonario gracias a las ventas de su libro- ha planteado impedir a las compañías repartir dividendos a sus accionistas si, por ejemplo, no cumplen con determinados estándares laborales.

La empresa ya no es la misma que la de fines de los 60, cuando se empezaban a acuñar los conceptos de “desarrollo sustentable” y “responsabilidad social”. En ese contexto apareció Milton Friedman diciendo que “la única responsabilidad social de la empresa es usar sus recursos y realizar actividades para incrementar sus ganancias”, “cumpliendo siempre con las reglas del juego”, destacaba. Años después complementó: “Siempre obedeciendo las leyes y las costumbres éticas de la sociedad”.

Para Friedman, era primordial preocuparse de lo que Jensen y Meckling llamaron “costos de agencia”. Es decir, tener mecanismos de control para cubrir la lejanía entre los que ponen el capital -accionistas anónimos y dispersos- y quienes lo administran. Por ello, su mirada se asocia también al surgimiento de indicadores para medir la creación de valor, orientados a números contables, a la última línea. Porque la empresa que no da resultados queda fuera del mercado y eso repercute no solo en los stakeholders internos, como accionistas y trabajadores, sino también en comunidades, proveedores, Estado y otros grupos externos.

Ese foco en la última línea es criticado a menudo, porque provocaría una visión cortoplacista en la administración de las empresas, en circunstancias de que la creación de valor es un objetivo de largo plazo. Para una empresa forestal, plantar un árbol es apostar a 20 años, más de la mitad de la vida laboral de un ejecutivo. Si se está mirando el precio de la acción del próximo día, no necesariamente se está velando por la maximización de valor en el tiempo; pero si se pretende llegar lejos, también debe observarse cada punto de la trayectoria.

Esa tensión entre rentabilidad y el impacto que la empresa tendría en fenómenos externos como el medioambiente, la desigualdad de ingresos o el reemplazo del capital humano por inteligencia artificial ha alimentado el debate sobre cómo debieran ser administradas las corporaciones. En un contexto donde las instituciones han perdido la confianza de la población, lo que se demanda es un nuevo paradigma, que actualice el planteado por Friedman y se haga cargo de los stakeholders externos.

Aquí, el concepto de los costos de agencia cobra una importancia central. ¿Cómo hacernos cargo de las nuevas exigencias sin desatender las utilidades? ¿Cómo absorber esta nueva dimensión sin descuidar a los accionistas que aspiran, legítimamente, a que se les devuelva el beneficio de su inversión?

Muchas propuestas que surgen desde la academia, como las del libro Radical Markets, de Eric Posner, o desde la política, como la de Sanders, consideran solo los costos de agencia externos. Pero si se olvidan los accionistas, estos pueden alejarse, perdiendo así capacidad de crear valor.

Las nuevas exigencias parecen afectar el emprendimiento. Según un estudio publicado por DB Global Research en los 70, en EE.UU. había 4.000 empresas listadas; en los 90 eran 7.000, y hoy son 3.500. Aparte de haber menos compañías, estas se han hecho más viejas. En los 70 tenían un promedio de 12 años de edad, y hoy la media es de 20 años, síntoma de que se está restringiendo la destrucción creativa, elemento esencial para la reasignación de recursos, clave en el sistema capitalista.

¿Qué puede hacer la empresa en este contexto? Primero, reconocer que debe atender a todos sus públicos. Segundo, tomar la iniciativa, no esperar que otros le impongan cómo reaccionar. Tercero, profesionalizar la gestión de los grupos de interés, pensando no solo en accionistas, sino en un grupo más amplio: comunidades, trabajadores, consumidores, proveedores. Cuarto, cambiar la comunicación, no hablar solo de la última línea, sino transparentar el propósito de la empresa, lo que la mueve como contribución a la sociedad.

¿Qué habría dicho Friedman ante este desafío? Me atrevo a plantear que habría reformulado su paradigma de esta manera: “La responsabilidad social de las empresas se satisface cuando con sentido de propósito estas usan los recursos en forma eficiente y socialmente responsable, para hacer una contribución a la sociedad, manteniendo en perspectiva a todos sus stakeholders y, como consecuencia de lo anterior, maximizan el valor de sus aportantes”.

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