“Íbamos a invadir Chile”: El conflicto del Beagle contado por un oficial argentino

Curacautín y Temuco eran dos objetivos en la estrategia ofensiva del ejército argentino. La historia de Facundo, el Teniente Primero que estuvo en el campo de batalla.


Diciembre de 1978. El tren va recorriendo los 2.000 kilómetros que separan a las provincias de Salta y Neuquén, en Argentina. No se trata de un paseo turístico. Facundo va a la guerra con Chile. Atraviesa el país de norte a sur, junto a sus compañeros del Regimiento V de Caballería.

La longitud del trayecto amerita escalas. En cada detención, los hombres de uniforme reciben el calor de los pueblos envalentonados por el espíritu nacionalista. Se agitan las banderas celestes y blancas. Los vecinos exclaman su apoyo, entregan alimentos a los soldados y organizan bailes en los andenes. Todo es algarabía. La banda militar del regimiento interpreta “Hay que venir al sur” de Raffaella Carrá, acaso como un presagio de lo que está por ocurrir. Los soldados disfrutan, claro. Pero saben muy bien que sus vidas están en manos de la patria.

Facundo es Teniente Primero, tiene 28 años y su destino final es Covunco, Neuquén, un punto estratégico en el área fronteriza de la Patagonia Argentina. Llega a la posición asignada tras cinco días de viaje, cumpliendo la orden de traslado a la zona de operaciones. El objetivo es concretar un ataque ofensivo a Chile.

En Covunco se establece un campamento, próximo al Regimiento X de Infantería, que agrupa a distintas unidades militares aprestadas para el combate. Las tropas juegan campeonatos de fútbol y rugby, sorteando las tensiones de la espera. Facundo y sus colegas, expectantes, aguardan la señal. ¿Cuál es la misión? Avanzar a Curacautín y Temuco a través de los pasos Pino Hachado, Del Arco e Icalma. Hay que asentarse rápidamente en suelo chileno. Pegar primero, de eso se trata.

La estrategia del ejército argentino contempla la ejecución de operaciones ofensivas en las provincias de Neuquén y Río Negro. El plan de defensa, por su parte, se extiende a otros puntos limítrofes de una línea territorial con más de 5000 kilómetros. La geografía de la inminente guerra por las islas del Beagle se amplía mucho más allá de las aguas del archipiélago. Marina, Infantería y Caballería actúan simultáneamente en distintos frentes.

El drama aumenta más al sur, con las tropas de ambos países formadas a sólo 300 metros de distancia. Allí, en el fin del mundo, Argentina y Chile se ven las caras bien de cerca.

Los días pasan y el choque bélico comienza a dilatarse. Hay impaciencia. Llega Navidad. Año Nuevo. Facundo festeja su cumpleaños. La mediación papal surte efecto y las fricciones diplomáticas entre Argentina y Chile van atenuándose, poco a poco.

Finalmente, cuando enero está a punto de terminar, llega la orden que nadie quiere oír: hay que replegarse. Los soldados argentinos reciben la noticia con incredulidad y resignación. Se prepararon durante meses para defender la soberanía del país. Y ahora se quedan con las manos vacías, a último minuto.

Facundo y sus camaradas emprenden el regreso a Salta en tren. En cada parada los pueblos reconocen otra vez la tarea de esos servidores que abandonaron sus casas sin garantías de una pronta vuelta.

Cuatro décadas después

El Beagle fue una guerra sin tiros. Hoy, con 68 años, Facundo esboza una hipótesis de lo que podría haber sido el encuentro armado: “El espacio geográfico requería grandes despliegues de un lado y del otro, a lo largo de toda la frontera. Sin embargo, la guerra no podría haber durado mucho tiempo. Ninguno de los dos ejércitos tenía capacidad para un choque de varios meses. Creo, sin vanidad, que estábamos en condiciones para el éxito”, reflexiona entre mate y mate.

Facundo, paradójicamente, quería ir a la guerra y al mismo tiempo evitarla. Como buen militar siente orgullo por la designación para defender a su bandera, pero reconoce el costo de sangre que hubiera implicado ese escenario. “La lucha armada por el Beagle abría una gran herida, muy difícil de cicatrizar, entre dos países limítrofes”, agrega.

Luego de ofrecer su testimonio a Qué Pasa, el ex oficial del ejército argentino pide ser citado con un pseudónimo. Su verdadero nombre no es Facundo, pero así quiere que lo mencionen. “Tengo muchos amigos en Chile. Siento mucho respeto por el país, sus ciudadanos y mis camaradas militares chilenos. A veces la historia te pone en la situación incómoda de pelear con un amigo. Eso fue lo que me ocurrió a mí”, explica. “De todas maneras, estoy sumamente tranquilo con lo que hemos hecho”.

Facundo recuerda los cursos de paracaidismo, blindados, andinismo y equitación que compartió con sus amigos chilenos, en ambos lados de la cordillera. “Ese intercambio militar es histórico. Si estallaba la guerra, seguramente nos hubiésemos encontrado en el campo de batalla. Las vueltas de la vida te ubican en un bando o en otro. De cada uno depende responder con altura a las tareas asignadas y no tomar estos episodios como algo personal. Más allá de eso, tengo la dicha de haber dado todo por mi país”, concluye emocionado.

 

 

 

 

 

 



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