En pie de guerra con Chile: ¿Cómo lo vivió la sociedad argentina?

Cuatro historiadores trasandinos rememoran los días más difíciles de un conflicto inesperado.


Primero reinó la indiferencia. Luego la incredulidad. Por último el temor. A fines de 1978, el clima social en Argentina fue cambiando a medida que la guerra con Chile por las tres islas (Nueva, Picton y Lennox) al sur del canal de Beagle iba convirtiéndose en una posibilidad concreta. Quienes vivieron aquellos días de tensión aseguran que la hipótesis del encuentro armado resultaba inadmisible para una parte mayoritaria de la población trasandina.

Sin embargo, el régimen militar de Jorge Rafael Videla no estaba dispuesto a aceptar el laudo británico de 1977 que reconocía la soberanía de Chile sobre el archipiélago. A partir de ese fallo, la tirantez entre ambos gobiernos comenzó a crecer, pese a los reiterados intentos por acercar posiciones. Así fue como el choque, lentamente, se convirtió en el único camino posible. Con las tropas listas y una fecha fijada para el ataque argentino, nada parecía evitar el peor final.

No sé si existe en la historia el caso de otra guerra que haya sido cancelada a último minuto. Lo que sucedió fue verdaderamente milagroso. Quizás la creencias religiosas de Videla tuvieron peso cuando recibió la indicación del Vaticano para frenar sus planes”, recuerda el escritor e historiador Pacho O´Donnell, quien vivió el pleito desde España, exiliado. “Mientas tanto, la sociedad argentina se dividía entre el repudio a la batalla por unas islas que nadie conocía y el impulso de la glándula patriótica para defender el territorio nacional”, añade.

Diciembre de 1978: los días más difíciles

 El historiador Luis Alberto Romero, nacido en Buenos Aires, reconstruye aquellas horas cargadas de incertidumbre. “A fines de 1978, el Beagle era un tema de conversación en las calles. No recuerdo haber escuchado algún comentario favorable ni brotes de entusiasmo nacionalista. Sólo había miedo ante la irresponsabilidad de los militares, sobre todo por la independencia de algunos jefes como el general Luciano Benjamín Menéndez. Por eso la mediación papal del 23 de diciembre fue recibida con gran alivio”, recuerda.

Una patrullera chilena en el canal Beagle.

¿Por qué la disputa generó un rechazo casi absoluto, en contraste con el fervor popular de la guerra de Malvinas, en 1982? Romero explica que los argentinos tienen “una sensibilidad profunda sobre Malvinas y una idea más genérica sobre otras cuestiones limítrofes, las cuales parecen más técnicas que entrañables. Los sentimientos de hostilidad hacia Chile, a mi parecer, son mínimos e irrelevantes. La paranoia nacionalista de nuestra sociedad se concentra en Malvinas”.

El autor del libro De Chapultepec al Beagle: política exterior argentina 1945-1980, Archibaldo Lanús, considera que la pelea por las islas del Beagle no merecía llegar a tales extremos. Se trataba, según su perspectiva, de un problema acotado, sujeto a interpretaciones, mientras que “la sociedad estaba abiertamente en contra de una posible guerra con un pueblo hermano”. Lanús asegura que la cúpula del poder militar apeló a un problema externo para exaltar el patriotismo y reforzar su rol de liderazgo político.

El historiador Isidoro Ruiz Moreno agrega un matiz. A su entender existía un sector del pueblo argentino que aceptaba la hostilidad (él mismo tenía esa posición), no porque tuviera simpatía por la guerra, sino por considerar injusto el laudo arbitral de 1977 que confirmaba la soberanía de Chile sobre las islas.

Noviembre de 1984: la paz final

Luego de la mediación papal y del cese del periodo más álgido del conflicto, el poder militar en Argentina comenzó un proceso de severo desgaste que culminó en la derrota de Malvinas en manos de Gran Bretaña. La restauración democrática comenzaría en 1983 con la llegada Raúl Alfonsín, el mandatario que convocó un plebiscito nacional para que la sociedad se pronunciara sobre el Tratado de Paz y Amistad firmado ese año con Chile.

Augusto Pinochet con Rafael Videla, el 30 de enero de 1978.

Los resultados fueron abrumadores. La reprobación social de 1978 fue revalidada por el 80% de la ciudadanía argentina que votó a favor del tratado. Un sector de la oposición política (encabezada por el Partido Justicialista, que en aquel entonces enfrentaba al gobierno radical de Alfonsín) instó a votar en contra, pero más de 10 millones de argentinos fueron terminantes. Así fue como la discusión territorial fue definitivamente zanjada.

 

 



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