Por Bárbara PezoaMiquel Paraira: “La tecnología para reutilizar el agua ya existe. Lo que falta es regulación y valentía política”
Miquel Paraira, director de Calidad de Agua y Laboratorio de Veolia España, vino a Chile como invitado al congreso ACADES —celebrado entre el 17 y el 19 de marzo, en el marco del Día Mundial del Agua— y no trajo consigo solamente datos: trajo la historia de cómo Barcelona pasó de importar agua en barcos desde Marsella a proyectar su independencia total de la lluvia. Una hoja de ruta que Chile, según él, podría y debería seguir.

El 22 de marzo se celebra cada año el Día Mundial del Agua. Este año, en Chile, la fecha llegó con la segunda versión del congreso —ACADES— que reunió a especialistas nacionales e internacionales para hablar de un tema que ya no puede postergarse: la crisis hídrica. Entre los invitados estaba Miquel Paraira, experto catalán que con datos precisos que dirige el área de Calidad de Agua y Laboratorio de Veolia en España, una de las compañías de gestión hídrica más grandes del mundo.
Paraira lleva décadas dedicado a la gestión del agua en la cuenca mediterránea, una zona donde la escasez hídrica no es una hipótesis climática sino una realidad cotidiana. Desde la construcción de la primera planta desaladora de Barcelona en 2009 hasta el diseño de sistemas de reúso de aguas servidas para consumo humano, su trayectoria ofrece un espejo incómodo pero necesario para Chile: un país que se creía rico en agua y hoy convive con megasequías, embalses bajo mínimos y una regulación hídrica que avanza más lento que el desierto avanza hacia el sur.
Chile y Costa Rica son los únicos países de América Latina donde el agua potable llega directamente por la llave de manera segura. Es un logro sanitario notable. Pero ese mismo estatus puede convertirse en una trampa si genera complacencia: la calidad del agua de consumo no dice nada sobre su disponibilidad futura. Y la disponibilidad, en Chile, está bajo creciente presión. Según datos de la Dirección General de Aguas (DGA), el país enfrenta desde hace más de una década una megasequía sostenida que ha reducido los caudales de los ríos de la zona central entre un 30% y un 50% respecto de sus promedios históricos. La Región Metropolitana, que depende mayoritariamente de la cuenca del río Maipo, no está exenta de ese riesgo.
Es en ese contexto que las palabras de Paraira cobran urgencia. Y en conversación con Hub Sustentabilidad de La Tercera dio algunas luces sobre cómo Chile debiese enfrentar esta realidad.
— Miquel, usted lleva décadas trabajando en gestión del agua en España. ¿En qué momento se dio cuenta de que la desalación y el reúso iban a ser recursos estratégicos para el siglo XXI?
A ver, la verdad es que en España siempre hemos visto el agua como un recurso escaso. Los ciclos de sequía van y vienen, y esa preocupación siempre ha existido. La cuenca mediterránea tiene largos períodos de sequía, y cuando llueve lo hace de manera torrencial, pero ese agua tampoco puedes aprovecharla del todo porque llega con turbidez y calidad insuficiente. Esa conciencia siempre estuvo, pero yo diría que el momento en que “empezamos a ver las orejas del lobo”, como decimos allá, fue en la sequía de 2008. Fue bastante grave y ahí se construyó la primera planta desaladora de Barcelona, que en ese momento era la segunda más grande de Europa.
Fue en 2009 que se construyó y todavía está operativa. Después, en los años finales de la década de 2010, vinieron más sequías y fue cuando empezamos a plantearnos soluciones de reúso para potabilización: mezclar agua servida con tratamiento avanzado con agua del río y captarla para potabilizar. Se hicieron pruebas piloto a inicios de la década de 2010 y luego pruebas más continuas durante todo el año 2019, para demostrar que era técnicamente viable, económicamente viable y, sobre todo, seguro.
— España logró que esta solución fuera económicamente viable. ¿Cómo?
Nosotros nos dimos cuenta de que la desalación suponía un incremento en la tarifa de los ciudadanos muy elevado. Los políticos vieron que eso no era sostenible a gran escala, porque cada aumento de tarifa genera rechazo ciudadano, y eso es lo que más temen. Entonces pensamos que el reúso era una solución que teníamos delante de las narices: el agua servida que se estaba yendo al mar. Si podíamos demostrar que un tratamiento avanzado de esa agua y mezclarla con el agua del río para potabilizar era seguro, resultaba económicamente mucho más viable y con un impacto ambiental muy inferior.
Actualmente tenemos una capacidad de utilización de agua regenerada para potabilización de 1,5 metros cúbicos por segundo, y hay un proyecto para llevarla a 6 metros cúbicos por segundo en los próximos años. Con esa capacidad de reúso más la desalación que ya tenemos, vamos a desconectar la demanda de la pluviometría. Seremos independientes del régimen de lluvias. Esa es la apuesta que se ha hecho, no solo desde la empresa sino desde la administración: si no llueve, reutilizamos las aguas servidas y entran al ciclo de potabilización.
— Ese es un cambio cultural enorme. ¿Cómo le explicas a la ciudadanía que va a beber agua que antes era agua servida?
Este punto es muy importante y de hecho es lo que se encuentran en todos los países que están apostando por esto: Estados Unidos, Australia, Sudáfrica. Lo que hemos hecho es ir muy de la mano de la administración. Esto no es un tema solo del operador, es de todos: administración hidráulica, administración sanitaria, los operadores y la comunicación transparente a la ciudadanía. Sobre todo educación, educación, educación, para vencer esa barrera psicológica.
Debo decir que cuando llegó la sequía más extrema que hemos vivido, la de 2023-2024, uno de nuestros mayores miedos era el rechazo ciudadano. Y sorprendentemente nos llevamos una sorpresa agradable: no se generó ese rechazo. Creo que fue porque llevábamos meses con restricciones para otros usos. La ciudadanía ya no podía regar el jardín, llenar piscinas, lavar el auto. Los agricultores tenían restricciones. Entonces vieron que la situación era muy crítica y que el siguiente paso eran restricciones al agua del grifo - o de la llave, como dicen en Chile–. Estábamos a semanas de eso. Y entre todo lo que informamos más que realmente vieron la gravedad de la situación, el rechazo que temíamos no llegó.
Hay otro argumento que resulta poderoso: en el río donde nosotros potabilizamos hay plantas de aguas servidas que vierten un tratamiento secundario al cauce. Nosotros estamos aportando un tratamiento terciario avanzado. Es decir, de facto ya se está haciendo reúso para potabilización en muchos ríos del mundo. La diferencia es que nosotros lo hacemos de manera controlada, con análisis exhaustivos, con total transparencia.
— ¿Cómo se aborda técnicamente el tema de la potabilidad del agua regenerada? La gente se imagina contaminantes, fármacos, todo tipo de sustancias en el agua...
Eso fue parte central de la charla que di aquí. Nosotros tenemos un laboratorio de referencia en Europa capaz de analizar muchos compuestos. Lo que se planteó fue: analicemos todos los compuestos regulados en Europa en aguas de consumo, aguas superficiales, y además hagamos una batería amplia de compuestos no regulados.
Hicimos drogas, fármacos de uso humano y veterinario, compuestos de uso industrial, PFAS. Esos famosos PFAS —los contaminantes persistentes— ahora están regulados en Europa, pero nosotros los analizábamos hace más de 10 años. Los PFAS son hoy la preocupación número uno a nivel mundial en microcontaminantes. Hicimos una batería de 400 compuestos y éramos el único laboratorio en España capaz de hacer algo tan amplio.
¿Qué pasó? De los 400 compuestos analizados, detectamos nueve en el agua, en concentraciones ínfimas, ultratrazas, nanogramos y picogramos por litro. Eso es una millonésima y una mil millonésima de gramo. Y los nueve estaban muy por debajo del valor guía que establecimos con la autoridad sanitaria. Los otros 391 no se detectaron. Con esa información, la autoridad sanitaria autorizó las pruebas piloto en el verano de 2019. Cuando vino la siguiente sequía, teníamos los datos. Instauramos el sistema y seguimos comunicando permanentemente los resultados a la administración.
Incluso detectamos puntualmente un compuesto que superó el valor guía en el sistema de saneamiento. Rastreamos el origen: dos industrias que lo estaban vertiendo. La administración las obligó a cambiar su proceso productivo. Así que el sistema de monitoreo no solo garantizó la seguridad del agua potable, sino que mejoró también los vertidos industriales.
— En Chile hay un mito muy extendido: que la minería es la gran culpable de la escasez de agua. Pero cuando uno mira los datos, la agricultura es una gran consumidora. ¿Qué ha pasado con la agricultura en España y el reúso?
En la cuenca mediterránea del sur de España, en Almería, Murcia, esa zona que en Europa llamamos “la huerta de Europa”, ya hace mucho tiempo que se utiliza agua regenerada en agricultura. Se producen verduras, cítricos, kiwis, naranjas, mandarinas que se exportan a toda Europa. Ahí la administración local y nacional lleva años impulsando el reúso de aguas regeneradas para riego.
En nuestra zona, Barcelona, no había esa visión y se usaban aguas continentales superficiales. Durante la crisis lo que trabajamos fue en un cambio de mentalidad: el agua natural disponible tiene que ir para potabilización, y la agricultura puede usar el agua servida tratada con tratamiento avanzado. Tuvimos que sentarnos con los agricultores, mostrarles la calidad del agua que éramos capaces de producir. No es un proceso sencillo, pero cuando hay situaciones de emergencia lo acaban aceptando. Y cuando funciona, ya es un paso adelante.
Tenemos proyectos de investigación donde hemos involucrado a los propios agricultores. Regamos distintos tipos de cultivos con agua regenerada y demostramos que crecen igual o mejor, que la calidad en las partes comestibles es totalmente aceptable, que los contaminantes y microorganismos están dentro de la legislación europea. Y además, el agua servida tratada ya lleva parte de los nutrientes que normalmente hay que añadir en fertilización, así que también se ahorraban en ese ítem.
— ¿Qué le dirías hoy a los tomadores de decisión en Chile, conociendo la experiencia española?
Básicamente dos cosas. Primero, la planificación es esencial. Hay que ser conscientes de la crisis climática; en Europa la tenemos muy interiorizada. Y hay que planificar cómo es el futuro hídrico, porque cuando te encuentras con una sequía extrema sin herramientas, tienes que improvisar, hacer soluciones de bombero. En la sequía de 2008-2009 llegamos a traer agua en barcos desde Marsella, desde Francia. Suministrar agua desde barcos. Eso es casi inaudito, carísimo, ineficiente, cubres una parte bajísima de la demanda. Si quieres evitar esas situaciones esperpénticas, hay que planificar.
El segundo punto es que hay que ir todos los actores involucrados de la mano: administración hidráulica, operadores, usuarios y administración sanitaria. Es muy importante, porque si esto lo usas para agricultura o para consumo humano, tienes que demostrar seguridad total del agua. En Barcelona lo que se ha hecho es un control hiper exhaustivo en todas las fases del ciclo, con análisis de cientos de compuestos, tanto regulados en Europa como muchos que todavía no están regulados. Si demuestras que todo eso sale bien, ya das mucha seguridad. Los tres elementos serían: planificación, coordinación entre todos los actores y capacidad de demostrar esa seguridad.
— Mirando el mapa hídrico global hoy, ¿qué te genera más optimismo y qué te preocupa más?
Me genera optimismo y pesimismo lo mismo, y te explico. El optimismo es que veo que cada vez más países están poniendo herramientas normativas. La tecnología ya lo ha resuelto. Ya está disponible. Arizona, Texas, California, Australia, Sudáfrica: están regulando el reúso hídrico, dando bases normativas y regulatorias claras. Si tienes la tecnología y tienes la normativa, falta comunicar bien y que la población lo acepte. Y en las zonas donde las situaciones han sido tan críticas, la población lo acaba aceptando.
El pesimismo es el mismo argumento al revés: hay muchos países que esto todavía no lo ven claro, y no regulan. Y si no regulan, no va a avanzar. La tecnología está disponible. Falta regulación. Falta regulación y bases normativas claras.
En Europa lo estamos sufriendo. La única directiva europea sobre reúso de aguas es para agricultura. Para el resto de usos no está regulado. Lo que se ha hecho en los países con más problemas, España, Italia, Grecia, Portugal, es regularlo a nivel local. Y entre que empiezas a hablar del tema y lo regulan, pruebas y despliegan, se pasan fácilmente siete u ocho años. Estos proyectos son ciclos muy largos. En Chile sé que pasa algo similar, que un embalse puede tardar tres gobiernos en concretarse.
Y hay otra realidad que no podemos olvidar: el tercer mundo no tiene ni agua potable en la llave ni saneamiento básico. Eso seguramente es lo más preocupante si miramos a nivel mundial. Pero si miramos en los países que tienen los recursos para actuar, yo creo que es positivo ver que se mueven tantas cosas. Lo que faltaría es que los países que todavía no lo ven, fijen su marco normativo.
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