Constanza Michelson

Constanza Michelson

Psicoanalista y escritora

Tendencias

Columna de Constanza Michelson: Miguel Bosé y la vergüenza

Pensaba cosas a propósito del escándalo mediático de la separación de Miguel Bosé. Su vida personal no es un secreto, en un par de publicaciones habló de ello; sin embargo, la cuidó como si lo fuera.


La vergüenza es sentirse secuestrado por una mirada. Súbitamente uno ya no es más quien era, ni el cuerpo ni las ideas le pertenecen más al avergonzado. Se es víctima de una mirada, que muchas veces no pertenece a nadie en particular; podría ser algo como la mirada de Dios de los antiguos, una que atraviesa la piel. Eso es la vergüenza: quedarse sin piel. Quedar en evidencia de que en el fondo, detrás de nuestras ideas y compostura, hay un ser fracturado, sexuado, que no sabe tanto sobre nada, ni siquiera sobre sí mismo. Por eso la vergüenza duele, porque nos desarma. Y hoy, quizás más que nunca, se considera un trastorno, porque el pilar de la nueva educación sentimental es amarse a uno mismo.

Hay una historia terrible que relata el filósofo Giorgio Agamben sobre un joven italiano fusilado por un oficial nazi. Se puso rojo al momento de ser escogido entre el grupo de prisioneros. ¿Cómo ante la muerte inminente puede aparecer un sentimiento tan vanidoso como la vergüenza? Y es que ésta es también un atisbo de humanidad; en este caso, una especie de último señuelo de dignidad. Porque lo humano queda reducido a la categoría de cuerpo, por ejemplo, en el campo de concentración, donde no se tiene nombre sino un número; en la categoría cuerpo no se tiene eso que nos distingue: el rostro. Para Agamben, el joven de rostro enrojecido tuvo la última experiencia como sujeto (un alguien con nombre) un instante antes de morir.

“Descarado” es una palabra para quien no tiene vergüenza. Será porque la vergüenza suele localizarse precisamente en la cara. En todo caso, estos son tiempos en que la vergüenza no tiene ningún prestigio. ¿Son tiempos de descaro? Silvia Ons, psicoanalista, nombra nuestra época como la del “imperio del culo”, no sólo por la fascinación por esa parte del cuerpo, sino que también por todo lo que está “por detrás”: el backstage, los videos íntimos, el porno casero, las miserias de los famosos. Lo público y lo privado se ha desdibujado en formas de control social, que casi no se notan, y que destruyen el espacio del secreto. Aun cuando no se tenga ninguno en especial, sino que es simplemente el reconocimiento que hay algo debajo de la piel, que es propio y que no pertenece a ningún control externo.

Pensaba en estas cosas a propósito del escándalo mediático de la separación de Miguel Bosé. Su vida personal no es un secreto, en un par de publicaciones habló de ello; sin embargo, la cuidó como si lo fuera. Se dice que su ex pareja lo amenazaba con develar su relación homosexual. Relación que no era clandestina. Entonces, ¿qué protegía el cantante? Vaya uno a saber. Algunos hablan de que debía mantener “el misterio” para su público heterosexual (que es no entender de erotismo, ¡porque claro que una mujer heterosexual se puede ver seducida por un homosexual! Las fantasías son más que el prototipo “Don Juan”). Otros alegan que ocultar su intimidad es traicionar la reivindicación política de la diversidad sexual. Y sí, hay secretos que al ser develados tienen potencia política porque abren mundos ocultos por discriminación; así como también la destrucción de los secretos del poder quiebran lógicas perversas. Pero como muchos asuntos, lo del secreto es algo dialéctico, porque atentar contra el espacio íntimo puede ser también otra forma de dominio.

La verdad entendida como transparencia total es suponer que lo humano último está en una radiografía, en un cuerpo igual a cualquier otro. Tal como los rótulos -“depresivos”, “poliamorosos”, “nacionalistas”, etc.- homogeneizan tanto como reducirse a una estadística del Big Data o quedar con esas caras “descaradas” sometidas a unas cirugías en que quedan todos iguales. Pero lo humano no es ese tipo de verdad. Suponer que la cercanía depende de lo pequeño de una distancia es un error. La cercanía implica intimidad, y eso significa reconocer que en el otro hay un enigma, algo que le es propio y que no se puede atravesar del todo. La cercanía, entonces, supone una distancia sagrada para reconocer que en otro cuerpo hay alguien.

Pero ya sabemos, en el mundo no todos se configuran como un alguien en lo social. Ahí radica el fantasma de la violencia.

No sé si Bosé debió liberar su secreto para apoyar la causa política. O le bastó con las revelaciones que eligió hacer durante su carrera. Quizás se resistió a la confusión entre honestidad y obscenidad. O bien, no creyó en la promesa del paraíso de la desnudez impúdica, donde nada distinguía a Adán y Eva de los leones, los perros o las gallinas. La historia de los deseos humanos comenzó cuando debieron, por vergüenza, vestir el cuerpo. Como dice el poeta chileno Germán Carrasco, en la muerte y el amor se habla en voz baja. En secreto.

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