Frank M. Snowden: “La crisis puede persuadir a las personas de que se puede imaginar y crear un mundo diferente”

Fotografía: Liana Muccio

El autor de Epidemias y sociedad: de la peste negra al presente, un historiador experto en las consecuencias sociales de las grandes pandemias, dice que el coronavirus actual ha puesto al mundo en un momento crítico. Advierte que el principal problema es cómo la enfermedad golpea a los más pobres. Pero ve una salida. “Se pueden reimaginar nuestros vínculos de una manera que sean más saludables, más igualitarios, y también que nos puede hacer salvar el planeta. Eso parece un proyecto emocionante”.




Este académico de Yale, experto en historia e historia de la medicina, ha obtenido fama y prestigio internacionales con sus libros acerca de las grandes plagas, en que ha hecho profundas y extensas comparaciones del impacto social de las distintas grandes epidemias que han golpeado al mundo, sea el cólera, la malaria o la peste negra. El último de ellos, lanzado a fines del año pasado, Epidemias y sociedad: de la peste negra al presente, ha sido uno de los libros más leídos, comentados y recomendados para quienes están lidiando con esta crisis por el coronavirus.

Cuando ésta se desató, el profesor Snowden estaba justamente en Roma, donde quedó confinado al decretarse la cuarentena. Desde la capital italiana contesta a La Tercera por videoconferencia. Había viajado hasta allá originalmente para ver los archivos del Vaticano, donde recientemente abrieron los documentos del Papa Pío XII sobre el período del Holocausto y principios de la Guerra Fría. Eso se interrumpió por la llegada del coronavirus, “así que me he dedicado al él desde que estoy aquí”.

Desde uno de los países más afectados por la pandemia en el mundo, Snowden lamenta una tragedia que, dice, no debió sorprender a nadie. “La Organización Mundial de la Salud encargó un informe, y la comisión estaba presidida por el ex primer ministro de Noruega, y se lanzó en 2019 o finales de 2018, no mucho antes de que apareciera en el camino el coronavirus. Se tituló ‘Un mundo en riesgo’, y su conclusión fue que el mundo entero estaba sistemáticamente no preparado para un desafío pandémico que todos sabían que se avecinaba. Entonces, es de un modo muy sombrío en que la epidemia ha estallado, que me hace pensar que cientos de miles, tal vez millones de personas sufrirán y morirán de una enfermedad que era prevenible. Esto no es algo que tenía que pasar, sino que se permitió que pasara”.

-¿Cómo ve la evolución de la pandemia en este momento? ¿Cree que estamos en un “momento Pearl Harbor”, como dijeron en Estados Unidos?

-Bueno, prefiero no usar un léxico militar para describir este evento, porque creo que es engañoso e inútil, pues nos llevan a buscar causas incorrectas. Parece sugerir que hay un enemigo y que debemos luchar contra él. Eso lleva a la búsqueda de chivos expiatorios y lleva a pensar en un ataque sorpresa. Y esto no es una sorpresa. Es algo que los epidemiólogos han dicho que era inevitable desde 1997, con la gripe aviar. De hecho, si miras hacia atrás en las discusiones ante el Congreso de los Estados Unidos en 2005 y 2007, Anthony Fauci, que es quien está ayudando a dirigir la respuesta de los Estados Unidos, lo dijo muy claramente.

-¿Qué dijo, exactamente?

-Hizo una analogía muy clara. Dijo que ahora los meteorólogos pueden asegurarte que, si vives en el Caribe, inevitablemente llegará un huracán. No pueden decirle cuándo llegará ni qué tan fuerte será, pero saben que está en tu futuro, y no en uno lejano. Del mismo modo, los virólogos pueden decirte que un desafío pandémico era inevitable. Tampoco podían decirte una fecha, y si será tan grave como la gripe española, o peor o menos mala. Entonces, después de SARS, hubo una especie de ensayo general, una prueba, en el mundo, y se descubrió que había muchas carencias en muchos aspectos para enfrentarla. Pero hubo una oleada de preparación.

Por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud tenía un plan de pandemia, los Estados Unidos tenían un plan de emergencia pandémica. Y de manera similar, los diversos estados y una serie de compañías internacionales elaboraron planes similares.

-¿Y qué sucedió con esos planes?

-Bueno, en su mayoría, se pararon. Luego vino el ébola y hubo la sensación de que, una vez más, debía haber planificación. Se vivió ayuno y hambruna. Pero tan pronto como eso terminó, los presupuestos de salud -en todo el mundo- comenzaron a recortarse, incluso los fondos para los sistemas de salud para las Naciones Unidas se rebajaron de la misma manera. E incluso hemos visto, después de eso, un gran número de líderes políticos que desprecian la ciencia. Por ejemplo, vemos eso en los Estados Unidos, saliéndose de los Acuerdos de París, o cuyo Partido Republicano dijo que no creía en la ciencia medioambiental. Muchos de los líderes republicanos tampoco creen en nuestra evolución darwiniana. Y, por lo tanto, no es tan sorprendente la forma en que el presidente Trump reaccionó al Covid-19 diciendo que ni siquiera iba a usar el término, que fue ideado cuidadosamente por un equipo de científicos avalado por la Organización Mundial de la Salud, por razones muy claras. Lo rechazó y dijo que usaría su propio término...

-El virus chino...

-Exacto. Eso me pareció muy desalentador. Pero ojalá fuera sólo el presidente Trump, sabemos que lo mismo está sucediendo en Brasil. En Italia existe el movimiento Cinco Estrellas, que también ridiculiza a la ciencia y la denigra. En general, el mayor problema que se ve se puede describir así: construir y crear una estructura de salud pública, pero luego optar por no hacer el mantenimiento de esa estructura. Y así se ha ido deteriorando lentamente el sistema de salud pública.

Sus mayores temores

“Hace unas semanas, y creo que esto se reflejó en muchos lugares, la enfermedad parecía ser como un virus pulmonar transmitido por el aire, una enfermedad que atacaría a todos los niveles de la sociedad por igual. Supimos, de hecho, que el príncipe Carlos la tenía: es una enfermedad que puede afectar a todos. Dicho eso, me parece ver un cambio emergiendo”.

-¿Qué tipo de cambio percibe?

-Lo que parece estar surgiendo con mayor claridad a medida que pasa el tiempo, es que la enfermedad afecta preferentemente a los desfavorecidos dentro de determinados países. En los Estados Unidos, en particular, tiene preferencia por las personas que no tienen cobertura médica o no tienen un trabajo del que puedan ausentarse o teletrabajar. O viven con tanto hacinamiento y falta de higiene, que hace que suene como una mala broma el consejo que dan los países ricos del distanciamiento social y lavarse las manos frecuentemente. Son muy vulnerables porque tienen condiciones médicas preexistentes que van de la mano de la desventaja económica, como lo es la diabetes a una edad temprana, o mayor frecuencia de trastornos pulmonares causados por partículas en el aire o por fumar, entre otras. Y, muy importante, no tienen acceso a salud de calidad. Me preocupa que la dirección que pueda tomar esta enfermedad sea crear bolsones internacionales de pobreza y que además se convierta en una enfermedad de las naciones desfavorecidas del mundo y de las personas más pobres en ellas.

-¿Ve este como un momento crítico en ese sentido?

-Sí. Mire, en última instancia, como mundo, la superaremos. Este no es el apocalipsis final, pero a uno le gustaría pensar que ojalá fuera con mucho menos sufrimiento del que uno imagina que habrá antes de que la superemos.

-¿Que prevé usted?

-Como historiador no tengo derecho a hacer predicciones, sólo a preocuparme. Y me preocupa que una consecuencia importante de esto sea la economía y su efecto en las personas pobres de todo el mundo. En el mundo industrial, ya uno puede ver que la pobreza está aumentando. El desempleo masivo está surgiendo. Todos los sectores de la economía están bloqueados, y eso no se puede cambiar, porque causaría el resurgimiento de la enfermedad. Por lo tanto, durante este año, un año y medio, no se ve otra cosa que una mayor erosión del nivel de vida de las personas y, en algunos entornos, incluso el hambre de las personas desempleadas. Y uno escucha de madres que le dan a sus hijos leche diluida con agua porque ya no pueden costear su vida. Entonces, este es un momento muy infeliz. Pero no quiero dejar la idea de desesperanza total. De hecho, no creo que yo estudiaría la historia de las pandemias si la única historia que se pudiera contar fuera la de una catástrofe tras otra. Creo que las enfermedades epidémicas llevan a los seres humanos a una encrucijada, donde se deben tomar decisiones. Y creo que eso es lo que está sucediendo en este momento.

-¿Cuáles son las opciones en esa encrucijada?

-Podemos seguir mi camino de preocupación y hacer que esa sea la única historia que pase y que parece plantear como posibilidad terribles consecuencias futuras en términos de hambre, agitación política, revoluciones y disturbios sociales. Eso es una posibilidad terrible. Pero no creo que tenga que ser así.

-¿Qué alternativa hay?

-La pregunta es si hay otros lados de la naturaleza humana. Somos animales muy complejos. Y pienso que no hay ninguna razón para no reconocer que necesitamos reconfigurar la economía de la globalización. No para deshacernos de ella, porque es la realidad en la que vivimos. Pero no tiene por qué seguir funcionando de la misma manera, trabajando para darles ventaja a los pequeños grupos privilegiados. Hay que repensar cómo funciona esta economía, y la relación entre personas ricas y pobres, primero que nada en el mundo desarrollado. Vivimos con la ilusión de que podemos tener crecimiento económico ilimitado, y que podemos tener un aumento infinito en la población. Y eso es irreal como expectativa. El capitalismo global está basado inherentemente en la ganancia a corto plazo, en el próximo trimestre, sin un plan a largo plazo. Entonces eso me parece que tiene que terminar, aunque suena como si fuera inevitable. La crisis puede persuadir a las personas de que se puede imaginar y crear un mundo diferente, urgentemente. Y que se pueden reimaginar nuestros vínculos de una manera que sean más saludables, más igualitarios, y también que nos puede hacer salvar el planeta. Eso parece un proyecto emocionante. Y con mucho gusto quisiera ser parte de ese tipo de proyecto. Y creo que muchas, muchas, muchas personas en todo el mundo pueden sentir lo mismo.

-Un proyecto muy inspirador, pero ¿podrá ser real?

-¡Somos mejores que esto! Esto no tenía que pasarle al mundo. Y está sucediendo debido a circunstancias que han sido creadas por seres humanos. El virus amenaza devastar el mundo. Y si fuimos nosotros los que creamos las vías y canales que el virus está explotando, también podemos cerrarlos, corregir esto y crear un entorno en el que todos prosperen. Esa es mi parte optimista. Y diría que esto ha sucedido antes en la historia. No soy completamente poco realista. Tras varias pandemias han surgido sistemas sanitarios mejores, inspirados no en una ideología.

-¿Es el momento de la ciencia?

-Sí. Creo que hemos llegado a un punto en la historia mundial en el que también nos enfrentamos a dos elecciones muy crudas. O elegimos vivir en una sociedad de la posverdad o una en la que defendamos la ciencia, la ciencia del clima, la ciencia médica. Así que creo que este es un momento para que una nueva forma de conversación emerja, esperando que vuelva a haber elecciones, y maneras para hacer el mundo un lugar más democrático, que pienso que también ayudará a proteger nuestra salud en el largo plazo. Mi consejo ahora, como persona, no como historiador, es que empezar y mantener estas discusiones y debates acerca de cuáles son los problemas que tenemos y cuáles pueden ser las soluciones reales es lo que necesitamos hacer ahora.

-Usted ha dicho que cada pandemia tiene su identidad. ¿Como es el coronavirus comparada con otras?

-A ver, se me vienen a la mente enfermedades terribles. La malaria probablemente es la enfermedad que ha matado a más personas en la historia de la humanidad; es el mayor asesino del mundo. Entonces no es peor que la malaria. No. Si piensas en la gripe española, 100 millones de muertos alrededor del mundo... Recemos que no será nada como eso. Pienso que hay rasgos de esta enfermedad que la hacen a ella misma vulnerable.

-¿En qué sentido el coronavirus es vulnerable?

-Se contagia muy rápido, pero su tasa de mortalidad es baja. Y eso la hace diferente de la peste bubónica, por ejemplo. Las proyecciones matemáticas de los peores escenarios no predicen muertes que aumenten a ese nivel. Comparada con los grandes desastres que la humanidad ha enfrentado, no la veo así. No pienso que esta es una apocalipsis médica. No es una enfermedad tan terrible como la peste bubónica. Que, recordemos, duró siglos. Imagina si los florentinos hubieran sabido en el siglo XIV, cuando fueron azotados por primera vez por la peste negra, que en un año tendrían una vacuna. Hubieran saltado de alegría.

-Habiendo estudiado estas pandemias, ¿qué le recomendaría a las personas para superar la incertidumbre y angustia que se está viviendo en el mundo?

-Bueno, aquí respondo como una persona más y no como historiador. Lo primero es que no hay que sucumbir a la desesperación ni al pánico ni a la oscuridad, porque ello lleva a soluciones irracionales, o a la violencia. Y tampoco sucumbir frente a quienes, cuando hay una crisis como esta, quieren sacar una ventaja de ella, sea económica o política. Hay que ser muy precavidos frente a gente que usa esto para acumular poder o vender algo y, sobre todo, desconfiar de cualquier que venda una solución fácil a este problema. No la hay. Si alguien la ofrece, salgan corriendo rápido y lejos... Esto no va a pasar rápido y va a ser difícil, habrá sacrificios, pero también podemos mantener la esperanza de que hay una posibilidad, muy entusiasmante, de tener después de esto un mundo mejor. Uno donde esto no pase de nuevo, donde millones de personas no sufran y mueran de una enfermedad que era evitable. Esa es mi gran esperanza, como te dije, y espero que muchos la compartamos.

Comenta

Por favor, inicia sesión en La Tercera para acceder a los comentarios.