¿Se instaló en Chile un nuevo sentido común?

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El despliegue del feminismo. La crisis de confianza en la política. Los abusos sexuales en la Iglesia. La inmigración de personas de otro color. Los impactos medioambientales en el patio de nuestra casa. Todos esos son escenarios que nos tienen reflexionando y que nos movieron los límites de lo que aceptamos y lo que no, de lo que es correcto o no decir. Usamos nuevos conceptos y dejamos otros atrás. En los medios de comunicación, en las redes sociales y en el almuerzo del domingo. Entonces, a la luz de estos hechos, les pedimos a siete personalidades de distintos ámbitos que escribieran acerca de qué manera hoy miramos nuestro mundo. Desde dónde nos paramos para analizarlo. Cuál es ese nuevo punto de vista que tenemos en común.




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Foto: Marcelo Segura[/caption]

Cristián Leporati: Sentido digital

Los conocimientos compartidos en el mundo analógico, construidos a partir de la experiencia y creencias de una comunidad, como también de su inconsciente colectivo, permitían abordar con un sentimiento comunitario razonable las problemáticas del presente. Hasta que el modelo neoliberal en conjunto con las tecnologías digitales recrearon un nuevo sentido, el digital. Este se caracteriza por su liquidez, individualismo y sobreinformación.

Zygmunt Bauman definió esta nueva forma de operar como aquella sociedad en donde las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas puedan consolidarse en hábitos y en una rutina determinada; lo que entendíamos como sentido común tradicional. Evidentemente, tiene sus consecuencias para los individuos, porque los logros individuales no pueden solidificarse en algo duradero, los activos se convierten en pasivos, las capacidades en discapacidades en un abrir y cerrar de ojos. El nuevo modelo es del héroe, el triunfador que aspira a la fama, al poder y al dinero; se es por lo que se tiene y no por lo que se es; a lo que se suma el relativismo, donde nada es bueno ni malo y, en última instancia, todo depende del pensamiento de cada uno.

Comportamientos que además se potencian exponencialmente en las redes sociales, con cientos de relatos y tribus urbanas que se entrecruzan en millones de bits y algoritmos que agrupan a estas mismas en cápsulas de pensamiento homogéneo, que respetan el sentido del otro en la medida que respete el mío. Si no es así, la agresión, el bloqueo y el sinsentido común predominan.

Contexto histórico que nos informa un nuevo sentido común líquido, imposible de asir y clasificar, menos proyectarlo al resto de la sociedad. De un momento a otro surge el movimiento femenino y se apropia del discurso y el sentido común, como ocurrió este año; mañana quién sabe.

Hasta que alguien deja en evidencia que si hay un sentido común analógico cuando nos habla de la "señora Juanita" o de las "viviendas sociales" en Las Condes, todos abren los ojos y asienten.

De algún modo, hoy conviven dos sentidos comunes: el de los que nacieron antes de los ochenta y después de los ochenta. Una vez que se produzca el recambio natural, el sentido común digital será el nuevo sentido y relato líquido que predominará. Dificultad no menor, tanto para los hombres y mujeres como también para las organizaciones públicas y privadas.

*Director Escuela de Publicidad UDP.

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Foto: Sebastián Brogca[/caption]

Josefina Alemparte: Los libros son pequeños huracanes

Más que un nuevo sentido común, diría que hay un nuevo rayado de cancha, un nuevo ethos, lo que seguramente irá derivando en un nuevo sentido común. Pienso que estamos en un momento de ajuste, adaptándonos a nuevos consensos sociales. Esto puede resultar a ratos complejo y a ratos incómodo, ya que estamos constantemente expuestos a meter la pata y a ser víctimas de la tiranía de lo políticamente correcto. Es en estos términos de ajuste en los que podemos entender la furia con la que a veces se defienden los nuevos principios regidores del comportamiento social. Es necesario que la balanza se incline violentamente hacia un lado para que luego los ánimos se calmen y entendamos e incorporemos el renovado marco en el que moverse. Hoy en día hay cosas que no es aceptable hacer, pensar ni decir; el problema es que no tenemos demasiado claro cuáles son. Estamos en eso, entendiendo que no la lleva tener a una mujer maniquí en una feria promocionando autos de los que apenas sabe que tienen cuatro ruedas, ni avalar el traslado de un anciano cura acusado de abuso a un hogar de retiro con monjitas que lo cuidan.

Igual a la tormenta que precede la calma, son los huracanes los que van ajustando el sentido común. Óscar Contardo, en su libro Rebaño, hace un agudo recorrido por la historia de la Iglesia católica chilena y constata que no es sino a partir de las denuncias públicas de las víctimas de Karadima que miles de personas abusadas se atrevieron a hablar y a denunciar. Con ese remezón que fue el caso Karadima se corrió la valla y un tema que era tabú hace pocos años hoy ya no lo es. Los libros muchas veces también generan esas revoluciones y ponen sobre la mesa determinados temas que pasan más tarde a la agenda mediática y finalmente a la pública. En las editoriales generalistas como Planeta, en este sentido, tenemos una doble tarea: la de recoger los temas que están haciendo ruido en nuestra sociedad, por un lado, y la de introducir nuevos contenidos en el debate público, por otro. Hace un año no se me habría pasado por la mente que un libro como Víboras, putas, brujas. Una historia de la demonización de la mujer desde Eva hasta la Quintrala, podría haber entrado al ranking de los más vendidos, pero claramente el interés actual por el rol de la mujer hoy es rotundamente masivo. Los libros siguen tendencias, tomando el pulso de la discusión cultural y social, pero también crean tendencias, como el fenómeno que han sido los Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes que plantearon un formato inexplorado para empoderar a las niñas a ser lo que se les pase por la mente, y que se han convertido en referente.

*Directora editorial en Grupo Planeta.

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Foto: Patricio Fuentes[/caption]

Eduardo Valenzuela: Antes que la ley y el orden

Los límites de lo aceptable y las fronteras del discurso legítimo han sido siempre inestables y porosas. Cosas que antes eran aceptables ahora no lo son y viceversa. Cuestiones que se podían decir sin ambages caen de pronto en el área de aquello que se sanciona socialmente. Casi siempre esto ocurre en el plano del sentido común antes que suceda en la legislación y el ordenamiento normativo. Las actitudes hacia la homosexualidad, por ejemplo, han tenido una vuelta de campana en el lapso de una sola generación. Antes era ineludible hablar despectivamente de la homosexualidad, cada vez que alguien se refería a ella debía forzosamente incluir un comentario negativo, sobre todo entre los hombres; ahora sucede todo lo contrario, nadie podría legítimamente reprochar a alguien su condición homosexual. Ejemplos como éstos hay muchos.

El sentido común suele ser una zona de habla consensual, existe el imperativo y la disposición a coincidir. En el sentido común se produce algo que se ha llamado la "espiral del silencio", las posiciones que devienen minoritarias en un determinado grupo se callan y no se explicitan; por ejemplo, si alguien todavía conserva algún prejuicio contra la homosexualidad, es poco probable que lo diga hoy explícitamente. La presión hacia el consenso que ejercen los grupos suele ser muy profunda y persistente. Sucede con personas que tienen posiciones políticas extremas o preferencias electorales muy minoritarias que rara vez se hacen notar. Los ambientes interpersonales toleran poco el disenso y el conflicto, porque la discrepancia tiende a disolver los vínculos.

En la comunicación pública existe la presión de lo "políticamente correcto", y a veces los límites del discurso aceptable están bien delimitados. Existen siempre guardianes que tocan a rebato cada vez que alguien se pasa de la raya. Los límites del discurso se fijan autoritariamente, no hay disidencia o controversia que pueda discutirse y examinarse racionalmente, sino discordancia que se aplaca perentoriamente. Hay ciertas cosas que simplemente no pueden ser siquiera dichas. En la sociedad moderna, la aceptación de la tolerancia vuelve inaceptable la intolerancia, y paradojalmente surgen nuevos dogmatismos y limitaciones muchas veces abusivas de la capacidad de disentir.

Los medios de comunicación adoran, en cambio, la polémica y la controversia, y extienden las posibilidades del discurso libre, en algunas ocasiones hasta el absurdo. Posiciones ultraminoritarias y completamente alejadas del sentido común reciben atención mediática, minutos en la televisión y comentarios en las radios. En los medios no existe disposición hacia el consenso, sino todo lo contrario: presión hacia el disenso. Los medios disuelven cada vez más el sentido común y se alejan irremediablemente del ideal de un espacio público de ideas y sentimientos compartidos. En general, en cualquier sociedad existe más consenso que disenso, más semejanza que diferencia.

*Decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la U. Católica.

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Foto: Juan Farias[/caption]

Mirna Schindler: "Todo tiempo pasado fue peor"

Recuerdo que en los años 80, siendo yo una adolescente vestida de escolar, caminábamos una tarde con mi madre por calle Seminario, en Providencia. Dos hombres se aproximaban en sentido contrario. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, uno de ellos se abalanzó sobre mí y metió su mano violentamente en mis genitales. Mi madre comenzó a gritar: "¡Degenerado! ¡Desgraciado!", mientras con total desvergüenza el depredador se alejaba con una carcajada, llena de impunidad. Mi mamá y yo quedamos indefensas, petrificadas entre el asco y el espanto.

36 años después, Chile cambió. No porque hechos como ése hayan dejado de ocurrir, sino porque a los agresores y acosadores sexuales se les acabó la fiesta. Porque aquello que nos parecía brutalmente "normal", casi como un riesgo atávico e inevitable al solo hecho de ser mujeres, ha dejado de ser parte de la resignación de nuestro género. Y esto es posible gracias a la denuncia, a las voces que se alzan a través de las redes sociales, ese mar inmenso y poderoso de información que contiene lo bueno y lo malo que nace del ser humano. Yo prefiero quedarme con lo bueno. Porque desde ahí se ha tejido un nuevo sentido común en Chile, que nace desde las vivencias más cotidianas, de tocar las teclas que hacen sentido, que conectan con la realidad de los que habitamos esta patria. Las conductas que antes se toleraban, ya no se aceptan más. Los que otrora parecían intocables, hoy enfrentan a la justicia. Los que ocultaron y callaron hechos relevantes en el pasado, hoy tienen que dar explicaciones.

Cuando era una niña, acompañaba a mi madre a misa los domingos. ¡Quién iba a pensar en ese tiempo que el jefe de la Iglesia Católica chilena sería años más tarde llamado a declarar como imputado en una causa! La misma Iglesia, defensora de los derechos humanos en dictadura, terminaría en el suelo por los escándalos sexuales. O en democracia, ¡quién habría apostado que una de las instituciones más creíbles y respetadas por los chilenos, como es Carabineros, sería golpeada por un gigantesco fraude y la peor crisis institucional desde el retorno a la democracia!

El abuso, la corrupción y la desconfianza se levantan como los males de este tiempo. Reitero: no es que antes eso no existiera, pero se sabía menos y se ocultaba más. Hoy la gente exige transparencia, coherencia, probidad, honestidad, que las malas prácticas de la política y los negocios sean condenadas sin miramientos. La opinión pública quiere líderes éticos y que actúen con justicia.

Esta vez la conciencia ciudadana no está dormida. Y basta que una luz se prenda para que se enciendan todas las alarmas. ¡Bienvenido este nuevo Chile!

*Periodista.

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Foto: Luis Sevilla Fajardo[/caption]

José Tomás Vicuña: De la homogeneidad a la diversidad

Crecí en un país que valoraba la unidad, o más bien la homogeneidad. Había que ser de cierta forma, y a su vez aspirábamos a ser como otros: ingleses o estadounidenses. Pero de pronto nos vimos rodeados de latinoamericanos. Quienes vienen son distintos a lo que soñábamos ser. Nos hemos sentido amenazados, pero ¿no será eso producto de una identidad frágil? Vino alguien muy parecido a nosotros y frustró nuestro sueño de ser distintos.

En Chile hay muertes que han provocado cambios. El asesinato de Daniel Zamudio y Emilia Silva, o la muerte de Cholito, generaron leyes con sus nombres. Pero la muerte de Joane Florvil, no. Más bien provocó velatones y notas de prensa, no cambios estructurales. Su muerte al parecer no nos tocó. Ella nos quedó lejana. Era una desconocida o alguien que representa lo que no queremos llegar a ser: mujer, migrante, afrodescendiente, pobre. Sale de nuestros parámetros, se aleja de lo que nos afecta.

¿Quiénes somos? ¿Qué nos afecta? Como estamos acostumbrados a ser una sola cosa, en materia de migración se plantea la discusión dicotómicamente: puertas abiertas o cerradas, víctimas o delincuentes, orden o caos, aporta o no aporta, pro o antimigrante. ¿No es la humanidad y el mundo algo mucho más complejo que discusiones binarias? La migración nos trae diversidad. La dicotomía nos vuelve a lo homogéneo. Los migrantes amenazan lo que teníamos por estático: la cultura e identidad chilena. Hoy las cosas caben en más de un lugar.

Son las nuevas generaciones las que crecen viendo distintos modelos de ser. Las redes sociales permiten quebrar el control homogeneizador. Ya no se dicta desde La Moneda o desde una Iglesia cómo se debe ser. Son pocos caracteres o imágenes que comienzan a traslucir la diversidad y democratizar el poder.

En la sociedad actual se observan distintas culturas y modos de ser. Por eso las nuevas generaciones no buscan gestionar la homogeneidad, sino valorar la diversidad. Ello conlleva a promover la tolerancia (antes era el respeto a la autoridad), pero hay que reconocer que estamos al debe. Nos sigue saliendo más fácil la ley (que se basa en tolerar), no amar. Lo primero se cumple; lo segundo, compromete. Es más fácil gestionar la diversidad desde las redes sociales, donde soy leído; pero no visto. Hablo al mundo, pero no conocen mi voz. Dimos un paso, pasar de la gestión de la homogeneidad al de la diversidad. Falta otro: convivencia con la diversidad. No basta tolerar la migración, hay que convivir con las personas y toda su diversidad.

*Director nacional Servicio Jesuita a Migrantes.

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Foto: Marcelo Segura[/caption]

Cristina Dorador: Las luces de cada territorio

El sentido común se va construyendo a medida que vamos descubriendo el mundo, su complejidad y sus interacciones. Hay aspectos básicos que los hace ser "comunes", pero nuestra misma naturaleza, condiciones iniciales, territorios y experiencias van moldeando esa conciencia común.

Hay algunas situaciones actuales que hacen parecer que exista un nuevo sentido común, una visión frontal, un nuevo despertar, un nuevo darse cuenta, frente a situaciones que estuvieron ocurriendo a nuestra vista y paciencia, pero que no éramos capaces de ver y de actuar.

La diversidad aporta mucho a esta flexibilización o apertura de visiones. Es por eso que la migración es fundamental para el desarrollo de las sociedades. De algún modo, estamos recurrentemente empujando la barrera de lo "estricto", las ideas fijas, los prejuicios, los dogmas autoritarios e incluimos otras variables como la libertad, la igualdad de oportunidades, el respeto y la aceptación del otro. El cambio generacional postdictadura y la hiperconectividad tiene mucho que ver en este cambio. Existe más acceso a información de primera fuente, donde inevitablemente uno compara las situaciones y la forma de manejarlas con nuestra realidad. Tenemos la sensación (y los números lo confirman) de que nos estamos quedando atrás: mientras más trabajamos, menos pensiones recibimos; mientras el país crece, más lo contaminamos; mientras más recursos naturales tenemos, menos ciencia y tecnología desarrollamos; mientras más mujeres somos, menos participación tenemos. El conocer otras experiencias y tener los canales para compartirlas hace que adoptemos una visión crítica de nuestro entorno y que la aceptación del cómo hacer las cosas cambie.

La forma centralizada de organización del país, también muestra un encasillamiento en estructuras pasadas y estáticas. Cada región de Chile vive sus propias dinámicas y las nubes del centralismo opacan las luces propias de cada territorio. La decisión de explotar litio desde los salares del norte de Chile no fue consultada a quienes habitamos en la zona, y si así hubiese sido, no es vinculante. Pareciera ser que el "sentido común" es explotar para generar empleos y crecer como país, pero por otro lado, estamos explotando y acabando con un ecosistema con alta biodiversidad que demoró millones de años en formarse para satisfacer la demanda de baterías de litio para los autos eléctricos del Hemisferio Norte, cuyos usuarios manifiestan que están salvando el planeta al disminuir la emisión de dióxido de carbono.

En algún escritorio, en alguna oficina, con grandes ventanales, mirando otros edificios, alguien pensó que la mejor idea de desarrollo era creando zonas de concentración industrial. Las llamadas "zonas de sacrificio" han favorecido el crecimiento de dichas industrias, han generado empleo específico, pero a su vez han degradado la calidad de vida de las poblaciones aledañas, al punto de morir por efecto de los contaminantes de la actividad industrial. Nadie devolverá los cardúmenes de pejerreyes de la infancia feliz de Mejillones; ni los atardeceres galácticos de Puchuncaví. Ahora, el sentido común nos dice que podemos (y debemos) hacer las cosas de mejor manera.

*Bióloga, académica de la U. de Antofagasta e investigadora del CeBiB.

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Foto: Mario Téllez[/caption]

Luis Cordero Vega: El sentido común de la justicia

Desde hace dos décadas los tribunales chilenos han desarrollado una amplia cultura de derechos, lo que se ha traducido en que los jueces deciden sus asuntos teniendo en consideración los efectos que provocan en la vida de las personas. Esto explica que mientras la Corte Suprema durante largo tiempo resolvió sus casos en base al derecho de propiedad, como protección a la invasión de un espacio individual, en la actualidad el derecho más utilizado para resolver sus asuntos es la igualdad; es decir, la posibilidad que tienen todos los derechos de disputar una oportunidad efectiva.

Esto que pareciera ser una cuestión de la elite o de los expertos del Derecho tiene, sin embargo, manifestaciones concretas. En las sobremesas del domingo, en el tiempo de las personas con sus familias, en el café que comparten en el trabajo o en los espacios con amigos, el debate sobre la justicia se representa en cuestiones tan diversas como la posibilidad de alzar la voz cuando existe un asunto que afecta nuestros barrios; en el reclamo por las ventajas que obtienen los parlamentarios para ejercer sus cargos frente al resto de los ciudadanos; en los beneficios que se reciben por disponer de un conocido o a un pariente; en la precariedad de la infancia o la soledad de la vejez; en la discriminación por razones de género; en la iniquidad de quien se pudo saltar la fila para lograr un objetivo o el que utilizó su riqueza para corromper directa o indirectamente a otros.

La justicia que reclaman las personas tiene bastante que ver con la idea que su opinión también es importante; en la obligación, especialmente de quienes están en posiciones de poder -empresa o Estado- de tener tratos equitativos; que la policía no me puede tratar como si fuera un delincuente por el lugar donde vivo; que el género no puede condicionar mi autonomía ni mis ingresos; que es importante lo que yo exprese con respeto, aunque a usted no le guste.

Esa conversación sobre la justicia es un relato que proviene desde las experiencias de las personas, no de las abstracciones constitucionales que en ocasiones algunos especulamos, y que se expanden con facilidad e inmediatez por redes sociales. Se traduce en demandas de reconocimiento, en la necesidad de respuestas oportunas, en un trato digno, al final del día, como afirma Michael Ignatieff, esa justicia hoy la demandamos como nunca para la eficacia de las virtudes cotidianas (tolerancia, perdón, confianza y resiliencia), en un mundo donde todos tenemos derecho a hablar y ser escuchados.

*Abogado, académico U. de Chile y director de Espacio Público.

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