Joker: locura y libertad

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El Joker de Joaquin Phoenix.

Joker con todas sus crispaciones, con todos sus alucinógenos y anabólicos, desde luego es cine. Y eso, para una película de este tamaño y de esta convocatoria, por supuesto que no es un dato menor.


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Es difícil establecer en qué momento preciso el loco, el enfermo mental, pasó a ser emblema de liberación o de libertad personal tanto en la literatura como en el cine. Nunca está de más preguntarlo, incluso reconociendo que al protagonista de la primera novela moderna se le secó muy temprano el juicio de tanto leer libros de caballería. Hay por lo tanto una larguísima tradición a este respecto, y no debiera extrañar mucho que la modernidad la ocupe para sus propios fines. Lo que sí sigue generando un poco de ruido es que películas como Atrapado sin salida -esa con Jack Nicholson, de Milos Forman, muy de otra época, 1975, la historia de un hombre rebelde que se refugia en un manicomio y prefiere quedarse ahí para siempre- o como Joker, ahora, subestimen la carga de dolor asociada a la descompensación mental. Es cierto que el Guasón en la cinta sufre mucho. Pero sufre porque se burlan de él y de sus aspiraciones de cómico, porque lo golpean brutalmente en los callejones o en el metro, porque lo ningunean en la tele, porque le van quitando gradualmente sus espacios para ser. Joker es la historia ordenada y puntual de esas infamias hasta el momento en que las agresiones se revierten y el personaje, en su hora de venganza, apela a la violencia desquiciada y junta su resentimiento con el de muchos oprimidos y humillados de Ciudad Gótica en una catarsis de rechazo, sangre y reparación. Sin nada ya que perder, porque la vida le dio poco y lo poco que le dio la sociedad se lo quitó, se supone que el Guasón finalmente alcanza un estado de liberación interior incomparable, por más que la sociedad lo confine a un psiquiátrico de por vida.

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Por supuesto que hay demagogia en este enfoque, partiendo por su mirada blanda, oportunista y condescendiente a la enfermedad mental y a los terrores que comporta. Pero hay también mucho de astucia, en la medida en que transforma los padecimientos del Guasón en una metáfora del fenómeno del resentimiento y el victimismo que se ha instalado de la noche a la mañana, como parte del paisaje, en la conciencia de las sociedades modernas. Esto no es ningún invento, por supuesto. Responde a causas concretas, a abusos antiguos, a humillaciones seculares y reiteradas. Lo notable es que un blockbuster, salido de las entrañas de la industria de la entretención, tenga el desparpajo de reivindicar el fenómeno, entre otras cosas para blanquear sus propios antecedentes como película y para capturar volando bajo a una sensibilidad que se traga cualquier sapo con tal de empatizar con las víctimas y de explicitar su conciencia "progre". Nunca quedará claro si esto habla peor de la película de Todd Phillips o del sofisticado público que cayó rendido a sus pies desde que fuera ovacionada en el Festival de Venecia de este año. Hay que conceder -porque es cierto- que Joker es una superproducción que asume riesgos que normalmente las películas de superhéroes no asumen. Algo dice que la industria se está atreviendo cada día a más: Ad Astra, por ejemplo, la estupenda realización de James Gray, tiene unos grados de abstracción que son difíciles de alcanzar incluso en producciones pequeñas o de nicho. Y, dentro de los límites que fijó recién Martin Scorsese, cuando dijo que las películas Marvel no eran cine, Joker con todas sus crispaciones, con todos sus alucinógenos y anabólicos, desde luego es cine. Y eso, para una película de este tamaño y de esta convocatoria, por supuesto que no es un dato menor. Joker en este sentido califica. Y califica —todo hay que decirlo— no obstante la laboriosa, sobregirada y autoconsciente interpretación de Joaquin Phoenix.

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