Cómo vivir con ratas y conforme

Lucia Berlin

“Siempre estoy buscando… deseando sentirme en casa” anota la escritora Lucia Berlin en Bienvenida a casa (Alfaguara), donde da a conocer los años previos a convertirse en escritora y más perspectivas de los temas de sus cuentos. Pocos se explican por qué una autora de la altura de Cheever, Carver o Yates —que logra la maravilla de contar el drama sin dramatismo— pasó tantos años desapercibida.


Lucia Berlin (se pronuncia Lucía), habitó 33 casas en sus 29 primeros años. Nunca se sintió cómoda. Ni siquiera estuvo conforme en su casa en Chile, en Providencia, la única casa elegante en que viviría, entre excesos y privilegios, de donde extrae, para este texto y sus cuentos, las vivencias más chispeantes. Como anota al final, en una lista de los problemas de cada casa, los de Santiago eran que tenía doncellas día y noche, se sentían constantemente terremotos y sufrió dos inundaciones. Pero parece ser lo de menos. En Nueva York convivió con sus hijos y decenas de ratones. En otra no pudo seguir con el acoso de los dealers a su último marido, el carismático jazzista judío Buddy Berlin, adicto a la heroína. De ahí que el título Bienvenida a casa, como toda su obra, resulte irónico. Pasó de un extremo al otro. En sus primeros años De Alaska hasta Chile y luego se movió entre Estados Unidos y México, cargando con tres matrimonios fallidos, como detalla en la primera parte. Este infatigable movimiento comenzó por la actividad minera del padre y luego sola redobló dicho ritmo frenético guiada por sus ilusiones exageradas que constantemente debía aterrizar por su mala suerte; no por nada en Chile leyó y estudió por dos años en el Colegio Santiago, el Quijote. De su adaptación forzosa y traumática a la realidad supo extraer el humor y la liviandad que caracterizan éste y sus libros anteriores.

Bienvenida a casa quedó inconclusa. Se corta justo en el momento del desenlace de una de las mejores partes: la última crisis con su tercer marido. Quedamos con ganas de más. El texto reúne reflexiones autobiográficas hasta 1965. Como el conmovedor relato del aplastante patriarcado con que la hostigó su primer marido, un escultor de quien tomó su primer apellido, Newton: “Le sostenía la taza por la parte caliente para ofrecerle el asa. Le planchaba los calzoncillos para que no se los pusiera fríos… Me vestía como me pedía que me vistiera: siempre de negro o de blanco… Paul me hacía dormir tumbada boca abajo, confiado en corregir mi ‘principal defecto’, una nariz respingona. Luego estaba mi gran defecto por supuesto, la escoliosis”. Y muy luego la abandonó.

Pocos se explican por qué una autora de la altura de Cheever, Carver, Yates y William Carlos Williams —que logra la maravilla de contar el drama sin dramatismo— pasó tantos años desapercibida. Su nombre fue entonces rodeado de misterio y fue vista como maldita, dada su afición a la bebida y la pobreza, de la que da cuenta en el libro con que se dio a conocer el 2014, Manual para las mujeres de la limpieza. El éxito inusitado de este entrañable y espontáneo conjunto de cuentos acerca de sus años más difíciles, se debe a que los relatos van contando con rapidez, ligereza y humor episodios en que padeció los más diversos oficios. Fue mujer de la limpieza, enfermera, recepcionista de hospitales, telefonista y profesora. Bienvenida a casa viene a desentrañar en parte su enigma, dando a conocer los años previos a convertirse en escritora y más perspectivas de los temas de sus cuentos, como la tortuosa relación con su madre y su liberadora reconciliación.

La primera parte del libro es un conjunto de recuerdos de los lugares en que vivió y las experiencias determinantes en cada uno de ellos, textos breves de cada casa, acompañados de preciosas fotos a color, la mayor parte tomadas por Buddy Berlin, quien además de jazzista era un excelente fotógrafo y Lucia, una modelo de una belleza despampanante. Este elemento visual hace de este texto una experiencia profunda e íntegra, al mezclarse con escenas reales y vívidas de su intimidad.

Berlin comenzó estas memorias, como cuenta su hijo en el prólogo, habiéndose divorciado de su tercer marido (Buddy). Cuando había mudado a Berkeley donde trabajaba como profesora: “en medio de (o gracias a) ese caos, escribía más que nunca, después de cenar y de ver nuestro programa de televisión favorito, se aparcaba en la mesa de la cocina con un vaso de bourbon y empezaba a escribir, en ocasiones hasta la madrugada. Solía garabatear a mano, con un bolígrafo en cuadernos de espiral, aunque a veces nos despertaba el tecleo de su máquina de escribir, a menudo ahogado por su canción predilecta del momento sonando una y otra vez en el estéreo”.

Las mudanzas permanentes en su infancia generaron el desapego total en el que vivió la escritora. Como la imagen lírica del padre quien a medida leía el diario iba quemando sus páginas. O el rito familiar de deshacerse de la basura lanzándola por una colina, haciendo estallar botellas (el tema de la basura fue una constante en Berlin). Pero no todo era asumir pérdidas. Sentir el aroma de las flores fue su primera adicción de niña que en Chile llegó a su apogeo gracias a su jardín sembrado de todas las variedades. Combinaciones que se iban repitiendo en cada antejardín que observaba camino al colegio, hasta culminar en el gran jardín del Colegio Santiago descrito con la impresión novedosa de esos años en Chile: “Vivíamos cerca de la avenida Las Lilas, y de la iglesia arrebatadoramente moderna de El Bosque. Era una parte preciosa de Santiago en aquel momento…”. Mientras la madre se quedaba todo el día en la cama, Lucia ayudaba al servicio doméstico a lavar la ropa y era la única en usar la salita familiar que daba a una terraza para hacer bailoteos con amigas de su colegio y “chicos del Grange, una academia elitista al Estilo Eton”… “Yo era muy bonita, llevaba ropa preciosa y todas mis amigas eran igual de frívolas consentidas”. Esquiaba en Portillo, veraneaba en Algarrobo y Viña del Mar, jugaba tenis, golf en un club en Príncipe de Gales y los días de frío la empleada doméstica le ponía ladrillos calientes en la cama.

La segunda parte del libro será interesante para quienes quieran conocer el pensamiento y las circunstancias en que se convirtió en escritora. Son un conjunto de cartas seleccionadas por su hijo de entre las que escribió en la época a la que se acota la primera parte. Muchas de ellas dirigidas a su mentor el poeta Edward Dorn y su familia. Cuando comenzaron a publicarse sus cuentos le pagaron por ellos y por la promesa de una posible novela: “Estoy desolada. Nunca había tenido tanto miedo ni había estado tan triste: a lo mejor entenderás por qué. Una razón es que suena muy mercantil: el trato para comprar los cuentos (que es genial), pero con la novela me duele que me paguen antes incluso de leer… es como si de tanto haber insistido en que soy escritora, aunque casi disculpándome, ahora me tomaran la palabra”.

Su descubrimiento como escritora se inició con cientos de cartas a sus amigos, donde se revela su vocación de convertir lo más amargo, las peores vilezas y miserias, en afilada risa de sí misma: “una vez en clase, (en Chile), leí un pasaje donde uno de los personajes de Cervantes, en un manicomio, dice que puede hacer que llueva cuando le plazca. Entendí en ese momento que los escritores eran capaces de lograr todo lo que se propusieran”.

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