Culto

La noche en que el mar arrasó Chile: la historia del devastador terremoto y maremoto de 1730

Tres grandes sismos, un tsunami que destruyó buena parte de Valparaíso y Concepción y una reconstrucción marcada por la fe y las disputas políticas. Así fue una de las mayores catástrofes naturales de la época colonial, ocurrida un 8 de julio. Esta es la historia.

La fría noche ya se había cerrado sobre Santiago, cuando un fuerte remezón sacudió la tierra. La ciudad principal del reino se vio de súbito sacudida y algunos no pudieron evitar el susto. “En Santiago, el primer remezón no alcanzó a derribar murallas pero la población salió a las calles invocando la misericordia divina”, detalla el clásico Catástrofes en Chile 1541-1992, de Rosa Urrutia y Carlos Lana.

En aquella madrugada del 8 de julio de 1730, el despertar fue abrupto. Las crónicas detallan que tras ese primer remezón, siguieron réplicas de menor intensidad. Eso, hasta las 4 de la mañana, cuando ocurrió un sismo que azotó el territorio con mucha más fuerza.

“El segundo movimiento derrumbó el templo de La Merced, que era todo embovedado, no quedó nada del techo, del tabernáculo, de las lámparas ni de los vasos sagrados. Tampoco resistieron el movimiento las iglesias San Agustín, San Francisco y Santo Domingo, que eran de cal y piedras”, apunta el mismo libro.

Los piadosos vecinos de la “muy noble i leal” ciudad de Santiago no lo esperaban por entonces, pero cuando todo parecía asentarse, los sismos continuaron. El 9 de julio, hacia el mediodía un tercer sismo acabó de destruir todo aquello que había quedado maltrecho durante la noche.

La situación fue grave porque los daños también afectaron a los edificios públicos; la casa del gobernador, el recinto del cabildo, el Palacio de la Real Audiencia y el entonces acotado recinto de la cárcel pública. “El gobernador de Chile, Gabriel Cano de Aponte con toda su familia tuvo que trasladarse a la plaza pública, viviendo los primeros días debajo de un tabique de tablas”, agrega el libro.

A tono con la época, una de las primeras preocupaciones, fue la atención espiritual de la población. “En Santiago se levantó una iglesia de tablas en la plaza, en reemplazo de la catedral; para beneficio espiritual de las almas, se procuró por todo el estado eclesiástico llevar sus obligaciones en procesiones públicas de penitencia, misiones para la reforma de costumbres por todos los barrios de la ciudad, absoluciones públicas, bendiciones”.

Lo que aún no sabían los santiaguinos, es que el sismo se había sentido en buena parte de la zona central de Chile, e incluso hasta en Córdoba, Argentina. “Por el norte, los daños alcanzaron hasta La Serena, donde en los asientos mineros de lllapel, Petorca, Til Til y otros, los perjuicios fueron enormes y los trapiches quedaron inservibles -detalla el mismo texto-. En los campos, las casas de las estancias, las parroquias, las iglesias y los conventos quedaron en la ruina. En Coquimbo se destruyeron las murallas de algunas casas y templos”.

Gabriel Cano y Aponte, gobernador de Chile entre 1717 y 1733.

El maremoto que arrasó la costa de Chile

En la costa la situación resultó aún más compleja. Además del terremoto, los vecinos de Valparaíso fueron testigos de como el mar se recogió y luego avanzó incontenible. Un maremoto en toda su destructiva magnitud. “En Valparaíso, que en esa época era una pequeña población que empezaba a tener vida propia, los efectos del sismo hicieron mayores estragos en el sector denominado El Almendral -detalla el mismo texto-. Luego, el maremoto arrancó desde sus cimientos las paredes del fuerte llamado ‘castillo blanco’; su fachada había sido construida con mampostería por los indios y mulatos de la guarnición. Desaparecieron las viviendas ubicadas cerca del mar. Se destruyó el convento de La Merced que se había levantado sólo hacía quince anos".

La destrucción se hizo notar sobre todo en las instalaciones más cercas a la costa, que debieron contener el embate más poderoso. “El mar arrasó con las bodegas, inutilizando ochenta mil fanegas de trigo que estaban listas para embarcarse -detalla el mentado libro-. Destruyó dos bodegas de la Companía de Jesús que los sacerdotes tenían en arriendo para sustentarse. La iglesia Matriz y sus casas parroquiales también sufrieron los efectos del agua”.

En la costa del Biobío el mar también retrocedió para luego azotar lo que encontrara. “Por que como se supo después por el dicho de unos pescadores que teniendo tendidas en el mar sus redes despiertos con el temblor fueron a reconocerlas, desde esta hora empezaron a retirarse para adentro sus aguas, señal cierta de su salida”, detalla la Relación del lastimoso y horrible estrago de la ciudad de la Concepción del Reyno de Chile, causado del temblor e inundación del mar que la anegó el día 8 de julio de 1730”, perteneciente al fondo Sergio Fernández Larraín del Archivo Histórico Nacional.

En Concepción los daños también resultaron cuantiosos, principalmente a consecuencia del maremoto. Se registraron daños en el convento de San Francisco y el de San Agustín, parte de la Catedral, el palacio del gobernador, la cárcel pública, la casa del cabildo, el hospital, y más de doscientas casas.

Acaso como para remarcar que las desgracias nunca llegan solas, tras el terremoto llovió durante tres días sobre Santiago, volviendo más difícil la situación de quienes resultaron damnificados.

Pronto hubo que abordar la reconstrucción. “Informado el virrey del Perú y el rey de España del triste suceso, el primero mandó adelantar cuatro meses del situado nacional y otorgó un aporte extraordinario de cincuenta mil pesos, que en caso de que no hubiera alzamiento de los indios después del terremoto, debían ocuparse para el situado, y el rey autorizó la remisión de los impuestos por tres años”, detalla el libro antes citado.

Por su lado, el gobernador Cano y Aponte ordenó tomar parte de los fondos del “ramo de balanza”, el dinero obtenido del impuesto a las importaciones y exportaciones, usado habitualmente para las obras públicas del cabildo. También ordenó usar fondos de las arcas reales, lo que generó reparos del veedor Juan Fermín Montero de Espinoza. Pero Cano no se complicó. “El gobernador ordenó su prisión y suspensión del cargo”, agrega el texto.

Así, poco a poco, la ciudad comenzó a levantarse. No sin antes sufrir una epidemia de viruela. Para enfrentarla, el cabildo de Santiago mandó a hacer una novena a Nuestra Señora de las Mercedes en el templo de San Francisco. También se organizó una limpieza de las acequias. Pero el espanto del terremoto se sintió durante años. “En 1734, el obispo de Santiago, con motivo del aniversario del terremoto, realizó un jubileo y una rogativa en la catedral -detalla el libro- con el Santísimo Sacramento descubierto”.

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