Por Alejandro JofréLa comunidad de las láminas (o sobre cómo completé el álbum del Mundial)
Cuando decidí completar el álbum del Mundial a los 40 años había algo de nostalgia y también un intento por recuperar un ritual análogo. Ambos objetivos fueron logrados, pero la verdadera sorpresa apareció después: aunque hoy existan más recursos y aplicaciones para facilitar el intercambio, la magia sigue dependiendo de la interacción humana.

“Nostalgia sí, pero del futuro, de lo que no nos ha pasado pero debiera pasarnos”.
Jorge Teillier
Hay un sonido muy particular al abrir un sobre de láminas. Es un crujido sordo, breve y acaso metalizado que, de manera casi automática, nos devuelve a los patios de cemento de quienes fuimos al colegio a finales de los noventa. No estoy seguro de querer volver a esos años de formación, pero es evidente que ahora el escenario ha cambiado.
Decidir completar el álbum del Mundial a los 40 años fue menos una regresión infantil que un intento de recuperar un ritual análogo (ya volveremos sobre esto).
El espacio también es otro. No estoy en el recreo del colegio, sino en la sala de redacción de La Tercera, y en lugar de juntar monedas por semanas para comprar un par de sobres en el kiosco de la esquina, la adultez ofrece la peligrosa -y algo desabrida- ventaja de poder comprar (o canjear) una caja entera de un tirón.
La ansiedad, curiosamente, sigue intacta.
Anatomía del coleccionismo
La primera semana de mayo compré el álbum en la librería Antártica del mall Cenco Costanera ($3.990 CLP) con diez sobres ($11.000 CLP). Miré de reojo las opciones de tapa dura o combos con sobres, pero me resistí a la tentación. Vaya por delante que tengo una hija de 1 año y dos meses, y que la idea es que este sea su primer álbum (?).
El entusiasmo me llevó dos días más a la misma librería a comprar otros 20 sobres ($22.000 CLP). La madre, que trabaja cerca de una oficina de Panini, colaboró con otros 10 sobres. Y puede que haya pasado, tal vez volando bajo, por algún OXXO ($11.000).
Acá es donde entran las matemáticas: cada sobre tiene 7 láminas y cuesta $1.100 (a menos que sea un timo). Esta edición del álbum tiene 980 figuritas en total. Es decir, en un escenario ideal, sin repetidas, necesitas 140 sobres para completarlo, lo que equivale a $154.000.
Sin embargo, matemáticamente es imposible no tener repetidas a medida que avanzas en la colección. Por lo que llenar el álbum del Mundial de la FIFA 2026 podría costar entre $200.000 y $400.000 CLP, dependiendo de las probabilidades y la habilidad de cada quien para intercambiar láminas.
Pero como ocurre en Jurassic Park, en el coleccionismo la vida también se abre camino: algunos programas de fidelización, como los puntos Cencosud, ofrecen cajas de 50 sobres o cartas especiales del Mundial por puntos, en lugar de tener que desembolsar los $55.000 CLP que pide el comercio.
Así, el 18 de mayo me hice de otros 100 sobres a través de la modalidad de puntos. A esa altura, ya acumulaba más de 200 láminas repetidas. La editora de Paula, madre de un pequeño coleccionista, fue la primera con quien pude cambiar láminas: encontré, primero 50, y otro día, unas 20 más.
La comunidad de las láminas
Por supuesto, la experiencia de coleccionar mutó. Ya no anotamos los números que faltan en una hoja de cuaderno arrugada en el bolsillo. Esta vez, el proceso estuvo mediado por una aplicación móvil (que deseché rápidamente) y una vieja tabla de Excel que actualizaba con el mismo rigor de los gastos.
Sin embargo, la tecnología solo sirve para la logística. La magia sigue dependiendo de la interacción humana.
Algo se activó cuando los periodistas del diario vieron circular los montones de láminas repetidas atadas a un elástico. Se corrió la voz. Y más de alguien preguntó ya no en voz baja: “¿Tenís repetidas?”.
El 1 de junio, como registró una foto de la editora de La Tercera Domingo, se vivió la primera gran “cambiatón” en el diario, cuando se sumaron los editores de redes sociales, Mundo, Sábado, El Deportivo, Culto y Paula.
Movido por el entusiasmo, ese mismo día el editor de Fotografía comenzó su propia colección. Luego, se sumarían periodistas de Breaking News, Política, la animadora digital e incluso algunas autoridades del diario.
De repente no hay edades, ni competencia, solo personas buscando un número impreso. Esa fue la verdadera sorpresa del proceso. Más que abrir unos cuantos sobres y encontrar a las estrellas del Mundial, la comunidad que se arma alrededor del cartón es el centro de todo -diría un siútico.
Las famosas “cambiatones” que se armaron en el camino, algunas improvisadas y otras anunciadas incluso con días de anticipación, me llevaron a interactuar con vecinos que no conocía, e incluso a llegar hasta un café de Providencia un sábado por la mañana, para huir rápidamente al descubrirme como el único mayor de 15 años de todo el lugar.
La locura también se hizo sentir en algunos malls y parques. Cuando empezó el Mundial, los stocks de sobres se agotaron en los mismos lugares donde antes compraba sin hacer fila.
A través de las Stories de Instagram, encontré una fuente de soda que también vendía las láminas de Cocacola sin comprar los six packs de sus bebidas. Me junté con coleccionistas que se anunciaban en aplicaciones como Threads o X. A través de los mayores basureros de la red, volvimos a una economía de trueque básica y honesta, donde un reserva de una selección del tercer mundo puede valer oro puro si es el único número que te falta para completar un equipo.
La última lámina llegó un miércoles a la tarde por Sosafe: “VENDO LÁMINAS ÁLBUM DEL MUNDIAL A ELECCIÓN”, puso “Cristobal” en la app de los vigilantes y dejó un número de WhatsApp. Como era a tres cuadras de mi casa, y me faltaban apenas 12 láminas, acepté pagar los $4.000 CLP movido por una fuerza indescriptible.
De vuelta con mi hija, no hubo fanfarria, ni música épica. Fue un momento de absoluta calma. Despegué los últimos adhesivos con cuidado, sostuve la respiración un microsegundo, alineé los bordes con el recuadro gris impreso en la hoja y presioné el papel desde el centro hacia afuera para evitar las burbujas de aire. Ya está. Al pasar la mano sobre la página por fin completa, el álbum del Mundial se convirtió, de inmediato, en un objeto de nostalgia (como la de Teillier): acaso un puente de papel impecable hacia ese niño que, inevitablemente, fuimos alguna vez.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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