Por Carolina Melcher“Abdomen de cortisol”: el nuevo disfraz de la cultura de dietas
En redes sociales el cortisol se ha transformado en el nuevo villano del bienestar. Pero detrás de esto hay una narrativa que simplifica la ciencia y vuelve a instalar la idea de que nuestros cuerpos siempre necesitan ser corregidos.

Cada cierto tiempo aparece una nueva tendencia que promete explicar por qué no logramos bajar de peso. Hace un tiempo eran los carbohidratos, después la insulina y ahora el nuevo protagonista es el cortisol.
Basta con abrir las redes sociales para encontrarnos con videos sobre el famoso “abdomen de cortisol” o la “cara de cortisol”. Si hemos hecho dieta, hemos eliminado alimentos, hemos probado distintos métodos y aun así no bajamos de peso, nos dicen que el problema no es que nos falte fuerza de voluntad, sino que tenemos el cortisol alto. Y como la causa ahora serían nuestras hormonas, aparecen nuevas reglas para “equilibrarlas”: alimentos que deberíamos evitar, suplementos, rutinas y hábitos que prometen reducir la cintura, deshinchar el rostro y conseguir el cuerpo que buscamos.
Parece un mensaje diferente. Ya no se habla de dietas, sino de bienestar hormonal. Sin embargo, el discurso solo cambió de nombre, porque en el fondo sigue haciéndonos creer que nuestro cuerpo tiene un problema y necesita ser corregido.
Lo que describe el nutricionista Nicolás Jorquera, experto en psiconutrición, es exactamente esto: el cortisol existe y cumple funciones esenciales para nuestra supervivencia, pero hoy se usa fuera de contexto para generar nuevos miedos, explicar prácticamente cualquier síntoma y justificar más control sobre la alimentación. Lo más paradójico es que muchas de estas recomendaciones terminan promoviendo justo aquello que dicen combatir: aunque aseguren que “esto no es una dieta”, el resultado es más restricción, más culpa, más vigilancia y más desconfianza hacia las señales del propio cuerpo. Y tiene razón.
El cortisol no es el enemigo. Es una hormona indispensable que participa en funciones esenciales como regular la presión arterial y la glucosa, modular procesos inflamatorios y ayudarnos a responder frente al estrés. Sus niveles aumentan de manera natural durante la mañana y también cuando enfrentamos situaciones desafiantes. Eso es biología, no patología.
El problema real aparece cuando el estrés se vuelve crónico. Las dificultades económicas, las jornadas interminables, una enfermedad, un duelo o el peso de cuidar a otro. Todo eso puede mantener esta respuesta activada durante mucho tiempo. En ese contexto, el cortisol sí puede afectar el sueño, el apetito, la regulación emocional y la conducta alimentaria, y contribuir —junto con muchos otros factores— a cambios en la distribución de la grasa corporal.
Pero de ahí a afirmar que existe un “abdomen de cortisol” capaz de explicar por sí solo la grasa abdominal, o que el estrés puede transformar el rostro en pocos días, hay un salto enorme que la evidencia científica no respalda.
Nuestro cuerpo no responde a una sola hormona. La genética, la edad, el sexo, la alimentación, el movimiento, el descanso, los medicamentos, las enfermedades y muchos otros factores influyen en cómo funciona nuestro organismo. Reducir toda esa complejidad al cortisol no solo simplifica la ciencia, también resulta muy conveniente para quienes venden soluciones rápidas.
Al final, el objetivo nunca parece ser dormir mejor, tener más energía o sentirse emocionalmente más estable. Todo termina reduciéndose a una cintura más pequeña, un vientre plano o una mandíbula más marcada. Una vez más, la salud vuelve a medirse por la apariencia.
No es casualidad que el “abdomen de cortisol” o la “hinchazón hormonal” se haya vuelto una tendencia dirigida principalmente a mujeres. En el fondo, responde a los mismos ideales de belleza que históricamente se nos han impuesto. Y sabemos que perseguir esos ideales aumenta la insatisfacción corporal, el riesgo de desarrollar trastornos de la conducta alimentaria y afecta nuestro bienestar psicológico.
Reducir el estrés sí es importante. Dormir bien, contar con redes de apoyo, tener una alimentación equilibrada, practicar estrategias de regulación emocional o incorporar actividades que nos hagan bien puede mejorar nuestra salud física y mental, pero no porque sean un truco para adelgazar, sino porque contribuyen a nuestro bienestar.
El problema aparece cuando ese bienestar deja de ser el objetivo y se transforma en otro proyecto estético. Es ahí donde la cultura de dietas vuelve a reinventarse. Ahora utiliza el lenguaje de la ciencia, del autocuidado y de la salud mental, pero sigue transmitiendo la misma idea de siempre, que siempre hay algo en nuestro cuerpo que necesita ser arreglado.
Quizás ha llegado el momento de cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos cómo bajar el cortisol para modificar nuestra apariencia, podríamos preguntarnos qué necesita realmente nuestro cuerpo para vivir con menos estrés. Porque un cuerpo funcional, que nos permita vivir plenamente, siempre será mucho más valioso que un “cuerpo ideal” en el que apenas logramos sobrevivir. Al fin y al cabo, la salud no tiene una única forma.
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