Mariana Enriquez: “Todos fingían aceptar a Bajar es lo peor, pero en el fondo les escandalizaba”

Se reedita en nuestro país Bajar es lo peor, la primera novela de la autora trasandina, y en charla con Culto comenta cómo la influyeron sus gustos musicales, la inspiración en River Phoenix y Lord Byron, además del fanatismo que se desató en torno a su figura. Además, explica por qué no quiere escribir una continuación de Nuestra parte de noche.



La tomó por sorpresa. A mediados de los 90, en la Argentina de Menem, una chica abordó a Mariana Enriquez. Con toda la pasión irrefrenable de una fanática, le hizo un particular pedido. No le bastaba la firma de un libro o una foto para revelarla y compartirla con sus amigos. “Me pidió presentarme a mí misma como regalo para su novia, para ver si volvía a estar con ella”, recuerda hoy la misma escritora transandina.

El pedido de la chica ejemplifica la locura que se desató en torno a Enriquez cuando en 1995, con sus cortos 21 años, publicó su primera novela vía Planeta. Se llamaba Bajar es lo peor, donde narra la particular relación de amantes entre Narval y Facundo. A ellos se suma Carolina, y se conforma un triángulo de amor bizarro. Todo en un Buenos Aires periférico, entre drogas, discoteques, marginalidad y sexo. Mucho sexo. Cuando salió, fue una locura y los medios hablaban de ella como “la escritora más joven de Argentina”, como toda una curiosidad.

Mariana Enriquez. Foto MT Slanzi.

Pasaron los años, Enriquez se hizo un nombre como una de las autoras relevantes de nuestra era y sus libros salieron por Emecé, Random House, y luego por Anagrama, la casa catalana donde sigue siendo publicada hasta el día de hoy. Pero Bajar es lo peor quedó descontinuada, hasta ahora, en que vuelve a estar a disposición del público en lengua castellana y acaba de llegar a nuestro país.

Al igual que un loop, esta no es la primera vez que Mariana Enriquez ve cómo un libro suyo despierta tanto fanatismo y reacciones del público. También lo ha vivido tras la publicación de su aclamada (e imprescindible) última novela Nuestra parte de noche (2019) por la que obtuvo el Premio Herralde de Novela. A partir de ahí, se generó un entusiasmo donde el público -cual barra brava- la espera cada vez que acude a una presentación o a alguna feria del libro. Ahí no solo le regalan discos, poleras y dibujos de sus favoritos de la cultura pop, como David Bowie, también elaborados fanarts que la autora cuelga presta en sus redes sociales. En ellos, el público da vida a los personajes de sus relatos, como Adela, la chica manca de su cuento La casa de Adela (del libro de relatos Las cosas que perdimos en el fuego, 2016); o de Juan y Gaspar, padre e hijo con poderes de médium de Nuestra parte de noche.

Mariana Enriquez. Foto: MT Slanzi.

A través de Zoom, Enriquez se da un tiempo para charlar con Culto sobre esta, su novela debut 27 años después y que, como decíamos, generó una locura. Ha comentado que varias chicas le preguntaban por Facundo, pero cuando les decía que no existía, ellas se enojaban.

¿Cómo fue para ti lidiar con ese fanatismo que generó Bajar es lo peor?

Fue un poco más fácil que con el de Nuestra parte de noche, aunque ninguno de los dos me molesta. Fue más fácil en el sentido de la demanda. En el 95 no había internet, no había tanto fan escribiendo, o tanta difusión, era una cosa de culto. Era súper intenso, era todo cara a cara, y no se podía desaparecer como ahora. Yo era muy chica, no lo sabía manejar muy bien, no entendía demasiado lo que estaba pasando. No entendía por qué una ficción causaba una cosa así, porque para mí era súper obvio que no existía nadie, pero para los lectores no, y yo no estaba tan consciente de esa relación porque a mí como lectora nunca se me había ocurrido que un personaje existiera. Además, aparecían temas que ahora son súper masivos, como la cuestión gay, la cuestión de la droga, la cuestión de la noche, pero en ese momento no eran temas muy presentes en la literatura, y mucho menos con una persona joven que de alguna manera la percibían cercana. Nunca me resulta complicado lidiar con los fans, pero sí es muy sorprendente, porque yo no lo asocio con lo literario. En general para mí los fans, son fans de música, de un actor, qué se yo. Pero de un libro, por ahí son lectores entusiastas pero estas cuestiones de que te confiesen cosas, o cosas muy intensas, era muy sorprendente para mí. Ahora con Nuestra parte de noche es la primera vez que me pasa desde Bajar es lo peor. Muchos fanarts, fans que te traen regalos, y por ahí mucho mensaje online, mucho mensaje directo, mucha cuestión que no das abasto. Yo soy escritora, nada más, me gustaría contestarles a todos, no tengo un equipo de gente que maneje eso, pero se vuelve físicamente imposible.

¿Qué te pasa cuando te llegan los fanarts que publicas en tus redes?

A mí me halaga mucho que una persona no solo se entusiasme tanto con un personaje, o con un libro, sino que se tome el tiempo de hacer eso, que es mucho tiempo y totalmente porque sí. Me da como una especie de gratitud, la misma que te dan los tipos que hacen los subtítulos de las películas que una se baja, uno dice ¿por qué el tipo está haciendo esto? Trato de difundirlo lo más que pueda. Lo único que me parece un poco raro es cuando hacen retratos míos. De los personajes está todo bien, pero conmigo es un poco extraño. Después, la cosa de estar en otros lados, la gente lee mis entrevistas y cuando nombro algo que me gusta, por ahí aparecen en una firma o algo con un objeto físico de algo que a mí me gusta. Me regalan un disco de Mayhem, una banda noruega de black metal que a mí me gusta mucho, me regalan una remera de Rimbaud. Ya no son solo los libros, sino también le prestan atención a las cosas que a mí me gustan y tratan de agradecerme de esa manera, cosa que me halaga muchísimo. Literariamente no es tan común. No quiero decir que todo el mundo llega con cosas, pero me voy a una firma y me vengo con algún regalito. Con algún anillito, alguna cosa. Siempre.

Mariana Enriquez. Foto: MT Slanzi.

De Ian Astbury a Lord Byron

Si hay algo que a Mariana Enriquez le gusta mucho es la música. No solo ha ejercido el periodismo musical, sino que esa pasión la ha llevado directo a la literatura, sin escalas. Prueba de ello son los títulos de algunos de sus libros. Por ejemplo, y como lo ha comentado en más de una entrevista, Las cosas que perdimos en el fuego es el nombre de un álbum de 2001 de la banda indie estadounidense Low, Things we lost in the fire. Su segunda novela, Cómo desaparecer completamente (2004), se debe a la cuarta canción del fundamental álbum Kid A (2000) de Radiohead, How to disappear completely. Más aún, su tercera novela, Este es el mar, es por el LP This is the sea (1985), de The Waterboys. Por ello, no debe resultar raro que a Facundo lo armó con retazos de Ian Astbury, Nick Cave y Charlie Sexton, pero sobre todo -ha dicho- de Astbury, el carismático cantante de The Cult.

¿Eras muy fan de The Cult por esos años?

Súper fan. Súper de ir a verlos, vinieron mucho a Argentina en esa época. Los primeros tres discos me gustaban mucho. Obsesionada de remera posterior a los shows. Yo era muy fan de Duran Duran, pero te estoy hablando de 8, 9 años, en la primaria, como si fuese una boyband. Pero más de adolescente, The Cult fue la primera banda que era recontra fan obsesiva, y estaba muy enamorada de él (Astbury). Lo de Nick Cave fue más o menos a la misma edad, lo que pasa es que era más difícil. Toda la propuesta de Nick Cave y los Bad Seeds era mucho menos accesible. A mí me encantaba, pero me costaba bastante más decodificar, pero lo hice siendo un poco más grande; y Charlie Sexton era un músico que ahora es el guitarrista de Bob Dylan, pero en ese momento tenía un disco solo. El tema es que había muy poco donde buscar cosas, los videos estaban recién empezando y no todo el mundo tenía cable para ver MTV. Estaban en los programas de 1 hora en la tarde, una miraba eso. Me acuerdo que pasaban un vídeo de Charlie Sexton, después me conseguí el disco y me gustó mucho. Era un tipo físico que siempre me pareció alucinante: hombres de pelo oscuro, pómulos altos, ojos claros, una cosa muy idealizada. Muchos años después, yo trabajando como periodista vino The Cult a Argentina, y lo entrevisté a Astbury, fue muy amable conmigo, estuvo muy agradable. Llevé el libro Bajar es lo peor en la mochila, para dárselo y explicarle, y después me di cuenta que ni yo ni él éramos las mismas personas ni yo sentía la misma intensidad que había sentido en ese momento y me lo guardé. Me arrepiento un poco. Fue una cosa bastante impulsiva, pensé que no era el momento, o por lo menos no es el momento profesionalmente, como una periodista que le regala un libro. Por ahí en otras circunstancias si pudiera haber sido distinto a lo mejor sí. Pero esa fue la diferencia entre la escritora fan que tiene sus influencias y entusiasmos, con la periodista que logra mantener una distancia en la mayor parte de los casos.

Ian Astbury, durante los 80.

¿En el caso de Narval quién fue la inspiración?

River Phoenix, claramente. Hay mucha gente que me dice Kurt Cobain, pero no, nada que ver, no era muy fan de Nirvana. Después cuando lo vi en Mi mundo privado (1991), de Gus Van Sant, me cerró muchísimo más. A veces creo que hay cierta cuestión en el aire, porque a principios de los noventa y fines de los 80, en muchos lugares diferentes se estaban contando historias parecidas. Había una cuestión con el amor entre chicos, con el sexo gay, había algo de cercanía con esos amigos que estaban en riesgo, de tener cierta ternura hacia el amor que se tenían. En ese momento, la comunidad gay era muy estigmatizada, yo no digo que lo haya hecho como un gesto político porque no era eso, pero afectivamente sentía la necesidad de hablar de eso. River Phoenix murió poco después. Me gustaba, necesitaba un tipo de chico así, frágil e intenso.

River Phoenix.

Aunque no todo es música. Una lectura atenta de Bajar es lo peor también devela los gustos literarios de Mariana Enriquez por esos años, específicamente su predilección por la literatura británica del siglo XIX, en concreto los del Romanticismo. Por ejemplo, además de ser prostituto, Facundo es un gran lector, y uno de sus clientes ocasionales le regala un libro de Percy Shelley (marido de Mary, la autora de Frankenstein), sabiendo que es un autor que le gusta. Su gato negro se llama Lord Byron, y también hay una breve mención a Oscar Wilde, porque La Diabla -la travesti regenta del bar/cabaret donde vive Facundo- sueña con filmar una biopic del autor de El retrato de Dorian Gray.

“Era lectora de los tres en ese momento, menos de Lord Byron que era el más difícil de todos, pero era el que más me gustaba como personaje, porque era una especie de estrella de rock de los poetas románticos -recuerda Enriquez-. También era fan obviamente de El retrato de Dorian Gray y Oscar Wilde en general. Wilde era gay, los otros no, pero había algo un poco libertino en ellos que me gustaba mucho. Mi madre me mandó a estudiar inglés desde los 5 años pero no porque tuviéramos dinero sino por todo lo contrario, porque como ellos trabajaban todo el día me tenían que tener en alguna institución. No tenía abuelos que me pudieran cuidar, vivían lejos, entonces me metió a una cosa de doble escolaridad bilingüe que le salía más barato que poner una niñera. Entonces tenía una relación muy aceitada con la literatura inglesa, podía leer en el idioma, no a ellos tres, a lo mejor me costaba”.

Lord Byron.

¿Y de otras latitudes?

Cuando estaba escribiendo esta novela yo leía literatura latinoamericana y no encontraba nada de lo que a mí me interesaba. Lo encontraba en la literatura norteamericana: Bret Easton Ellis, Kathy Acker, Donna Haraway, y en la música del Nueva York de los 70 y 80, en algunos escritores franceses que estaban escribiendo sobre el SIDA. Era algo que no encontraba en español. Esos escritores ingleses están nombrados ahí como homenaje, me gustaban los románticos decadentes de esa época, ingleses y franceses también. Leía mucho a Rimbaud, a Baudelaire, leía Ángeles caídos de William Blake, estaba un poco impregnada de esa cosa mística y muy adolescente yo creo, aunque no sé cuántos adolescentes estaban leyendo a Lord Byron en ese momento, aunque mi lectura de Byron era muy adolescente, era como Harry Styles.

Foto: Nora Lezano.

Confieso que he leído

Si se revisa el final del libro hay una cita de Pablo Neruda, de su autobiografía Confieso que he vivido (1974), donde dice: “¿Existe el Narval?, ¿es posible que un animal extraordinariamente pacífico que lleve en la frente una lanza de marfil de cuatro o cinco metros estriada en toda su longitud al estilo salomónico, terminada en aguja pueda pasar inadvertido para millones de seres, incluso en su leyenda, incluso en su maravilloso nombre”. Por supuesto, el parralino se refería al cetáceo que habita las heladas aguas del océano ártico y que tiene un prominente colmillo, como un unicornio marino. Enriquez comenta que de esa cita salió el nombre del personaje.

¿Qué relación tienes con la obra con Neruda?

En esa época, cuando escribí el libro, 17 años, mis lecturas eran totalmente caóticas y estaban relacionadas con la biblioteca de mis padres, y ellos como gente de izquierda tenían casi todo Neruda. Había un montón de Neruda que a mí no me gustaba para nada, y había otro montón que sí. De Confieso que he vivido habían partes que me interesaban, otras no, era un libro que había leído para entender quién era este hombre que admiraban mis padres y que es parte del panteón de la izquierda de esa época, con tantos otros. Después Neruda empezó a ser visto con otros ojos por su apoyo a Stalin y la acusación de acoso sexual pero eso fue muy posterior. En el momento en que yo estaba escribiendo, Neruda era un tipo totalmente reivindicado.

¿Y no pensaste en sacar la cita a Neruda del libro? Porque ha sido sumamente cuestionado en estos últimos años.

El libro es de esa época, le pertenece a esa época, y le pertenece al tipo de lector que lo leyó en esa época. Así que no voy a sacar una cita de un autor porque esté cancelado. Y no hablo solamente de Neruda, es en general. Cualquier otra cosa del libro que sea terminología de la época que ahora ya no está tan aceptada tampoco la saqué. No quise tocar absolutamente nada, ni siquiera volví a leerlo. De Confieso que he vivido me encantó la historia, porque era misteriosa y era un lindo cuento y me gustó el nombre Narval, por eso lo elegí. No es una novela fantástica pero hay algo de los dos como pareja, de Facundo y Narval, que nunca se sabe quién de los dos es real. Si Narval, quien ve alucinaciones, es parte de ese mundo, o alguien que se escapó de ese mundo y las alucinaciones lo están tratando de llevar de vuelta al mundo que pertenece, o si todo esto pasa en su cabeza. Pero sí, a Neruda en mi adolescencia lo tenía súper leído porque a mis padres les gustaba mucho.

Symns, Forn y Lanata

Antes que siquiera fuera a la imprenta, Bajar es lo peor ya estaba dando que hablar. Una vez que llegó a Planeta, generó un tira y afloja entre dos monstruos de la edición en Argentina: Jorge Lanata y el fallecido Juan Forn. Ambos querían editar la novela y publicarla en las colecciones que lideraban: Colección Jorge Lanata, con libros para jóvenes, en el caso del primero; y Biblioteca del sur, en el caso del segundo.

“No sé mucho, pero hubo una pequeña interna, menos ahora que Juan no está y no tengo relación con Jorge -recuerda Enriquez-. Mi hipótesis, porque no lo sé de verdad, es que terminaron decidiendo que saliera en la colección de Jorge, con el nombre Colección Jorge Lanata en la tapa, pero que la editaba Juan. Era como una especie de arreglo entre ellos. El libro lo trabajé todo con Juan, a Jorge me lo presentaron, tuve una pequeña charla, pero no trabajé con él”.

¿Cómo fue trabajar con Juan Forn?

Yo nunca hice un curso de escritura creativa, nunca hice un taller literario, ni siquiera doy clases de escritura, porque no sabría aconsejarte más que con cosas mías, pero tuve como una especie de clases relámpago con Juan. No me dijo muchas cosas, pero trabajamos casi 6 meses, y en ese tiempo yo estaba muy atenta a lo que me decía, más allá de que era joven y muy atrevida. No lo conocía, así que no estaba intimidada con él porque no sabía quién era. Yo venía del mundo de rock. Me dio un par de consejos muy sensatos: primero, no apurarse. Los capítulos de Narval eran todos en primera persona, y él me dijo que no lo hiciera porque no me salían. Eran realmente horribles, me decía que todavía no podía escribir en primera persona, así que pasamos todo a tercera y ya. Me decía que ya iba a poder escribir un personaje en primera persona, pero todavía no. Yo le preguntaba ¿dónde saco eso para saber cómo? y me decía: ‘Bueno, tenés que leer’ y me pasaba libros para que fuera viendo. También había momentos que peleábamos palabra por palabra, no a gritos, pero eso me ayudó mucho a definir mi estética. Yo tenía muchos lugares comunes, como ocurre en una primera novela, y era muy amateur. Por ejemplo: a una persona que tiene manos elegantes, le ponía “manos de pianista”, y él me decía, mejor ponele “manos de alguien que nunca trabajó”, eso a mí no me cerraba, y yo le decía “manos de vampiro”. Era una pavada, pero ahí yo me desmarcaba un poco del realismo, o lo costumbrista, y me iba para un lado más romántico. Yo quería poner “pálido como un muerto”, me decía que era un lugar común y tenía razón, ponele “pálido como un mimo”, me decía, y yo le decía: ¿como un mimo? ni loca, no tiene nada que ver con mi estética, entonces le ponía “muy pálido” (ríe). Todas esas pequeñas batallitas de palabra a palabra, me ayudaban a definir mi estética. Juan Forn era muy generoso pero también muy severo. Todas las partecitas que eran en primera persona y me hizo pasar a tercera eran muchas. Fue como una especie de curso acelerado, no es que haya necesitado más después, pero considero que fue suficiente. Cuando tenés un buen editor que te encamina, que te marca, después podés trabajar con muchos editores pero ya no necesitás una especie de bastón, ya está, ya lo tuviste. Ya tuviste al tipo que te dio las lecturas, que te ayudó a definir una estética y que también te dejo sola en algún momento. Juan no volvió a editar ningún otro libro mío.

Juan Forn

Has señalado que Bajar es lo peor era el título de una entrevista que leíste en Cerdos y peces, ¿cuán importante eran las revistas para ti en esos años? Es algo que ahora parece de otra época.

Era muy importante, y esa revista especialmente. Yo ya estaba estudiando periodismo, quería ser periodista. Hacía pocos años que se había terminado la dictadura. Como vos sabes, las dictaduras tardan mucho en terminarse. Eran revistas de post-dictadura, y con la falta de información que teníamos en Argentina, las revistas servían mucho como puente. De todas, Cerdos y peces era mi favorita, era la más salvaje, su subtítulo era La revista de este sitio inmundo, y era buenísimo eso porque el sitio inmundo era desde la Argentina hasta el mundo entero. La dirigía Enrique Symns, y tenía cosas sexualmente muy atrevidas, hablaba mucho de drogas, era una extraordinaria guía musical, tenía muy buenas notas sobre villanos, canallas, asesinos. Era la revista que se leía en el under, que leían los punks, era la revista para cierta juventud descarriada. Para mí fue muy importante, yo la leía religiosamente. Yo vivía en La Plata, a 50 kms de Buenos Aires, y no llegaba todo el tiempo, a veces llegaban 3 números juntos, y la salida era bastante irregular. Tampoco era un fanzine, pero tenía sus problemas de producción y distribución. Yo creo que quería hacer periodismo por las revistas, no me interesaba mucho el día a día y la actualidad, sino más bien los artículos de fondo. El título Bajar es lo peor lo saqué de ahí, era una nota larga sobre la cocaína, y uno de los entrevistados hablaba de su consumo con muchísimo entusiasmo, y decía que bajar es lo peor, y yo estaba de acuerdo con eso (ríe).

Y entre tanta droga, sexo entre hombres y el tono sombrío de Bajar es lo peor, ¿Recuerdas cómo se recibió la novela en la Argentina de los 90?

Fue un escándalo (ríe). Fue un escándalo en la Argentina, todos fingiendo que eran muy abiertos, y lo aceptaban pero en el fondo les escandalizaba. Yo iba a la televisión y me preguntaban cómo sabés tanto del sexo entre hombres, cómo sabés tanto de drogas, nadie quería hablar de literatura. Si ahora me preguntás cómo sabía tanto del sexo entre hombres era porque le preguntaba a mis amigos, otro poco porque miraba porno, pero a mí me daba vergüenza decirle eso a un desconocido en la tele. Después cuando me preguntaban cómo sabía tanto de drogas, yo no tenía ganas de confesarme en público en la tele y decir ‘sé porque consumo’ (ríe). Entonces tenía que dar miles de vueltas. Fue bastante escándalo, pero moderado por esta cosa porteña de pretender cierto progresismo, y en el fondo ser bastante pacato pero ocultarlo, tratar de ser mundano, cosmopolita y en el fondo estar espantado. Además, sobre todo porque era una chica, si hubiera sido un chico hubiera sido un poco distinto, era un poco como la juventud perdida. Pero como había escrito una novela era difícil de clasificar. Yo no me daba cuenta en ese momento, pero nadie me preguntaba lo que me preguntaste vos, si estaba leyendo a Lord Byron, y el libro está lleno de referencias literarias. Fue bastante chocante, no sentía que había ingresado a la literatura, sino a un lugar medio raro donde la gente quiere saber sobre vos.

“¿Quién va a tener ganas de leer este libro con la pandemia?”

Fuiste nominada hace poco a un premio, al Ladies of horror fiction, por tu volumen de cuentos Los peligros de fumar en la cama. Además, por Nuestra parte de noche, acabas de recibir el Grand Prix de l’Imaginaire 2022. ¿Crees que de algún modo la literatura de terror ahora tiene más reconocimiento?

Yo creo que sí. Hay toda una generación entre 35 y 55 años que crecimos con Spielberg, con Twin Peaks, Star Wars, con Stephen King, y para nosotros ninguna de estas cosas eran menores, es como tu educación sentimental. Ahora lo masivo es Marvel, lo masivo es DC, a mí no me gustan, me gustaría si estuviesen buenas las películas, no es una cosa contra las películas de súper héroes, pero es que no las encuentro tan buenas. Las grandes películas son eso, se hace remake de Duna y está todo el mundo queriendo verla, Denis Villeneuve hace la segunda parte de Blade Runner por ahí no le va bien pero es un acontecimiento. Los videojuegos son absolutamente masivos, ganan más guita que el cine, las series que ve todo el mundo, muchas de ellas son series fantásticas desde Stranger Things a la primera temporada de True detective que tenía una cosa de folk horror súper oscura. Se vuelve súper estrella una chica como Anya Taylor-Joy que empezó haciendo The Witch. Incluso en América Latina aparecen mujeres escribiendo fantástico. Yo creo que es una cuestión que pasa en todo el mundo, donde tenés los géneros de siempre: la crónica, el realismo, y ahora se le suman con más fuerza y fuera del nicho los géneros menores. A mí me pareció un punto de inflexión cuando Kazuo Ishiguro ganó el Premio Nobel de Literatura, porque su mejor novela es una novela de ciencia ficción, Nunca me abandones (2005), ahí dije qué raro, porque es un escritor joven, con poca obra y con novela de género. Y después, una de las grandes escritoras del mundo es Margaret Atwood quien también tiene muchísima obra, pero El cuento de la criada (1985) es una distopía. Me parece que hay una sensibilidad que cambió y que está mucho más dispuesta a entender al realismo como un género más, no como el superior o que mejor representa la realidad. Obviamente, toda literatura va a hablar de su época, como todo arte, pero no tiene por qué hacerlo con un solo lenguaje. Ahora hay menos prejuicio de parte del mundo literario por los géneros populares. Eso es importante.

Foto: Florencia Cosin.

¿Qué te parece la recepción que ha tenido Nuestra parte de noche?

Es increíble. El libro se publicó a fines de 2019 y se empezó a distribuir masivamente ya en 2020, ahí empezó la pandemia y yo pensé que el libro no tenía futuro, ¿quién va a tener ganas de leer este libro con la pandemia? Porque es muy oscuro, mi interpretación era esa. Después, con los lectores que me estoy reencontrando en vivo, me doy cuenta que fue todo lo contrario, al revés. Para evadirse, la gente se metió en ese mundo súper oscuro, pero que no les recordaba al mundo real. Lo eligieron como un libro para que los acompañara en ese momento, cosa que me llama mucho la atención. Yo estaba leyendo Duna, necesitaba algo que se me sacara por completo de la realidad. Me parece increíble e inesperado, porque mi primera reacción instintiva fue que no iba a pasar nada con el libro.

¿Has pensado en escribir una continuación de Nuestra parte de noche?

No, para mí está súper terminado el libro, yo entiendo el interés porque me lo preguntan mucho los lectores, pero no sé qué contaría en la segunda parte. Más bien, lo que yo podría hacer es un spin off de alguno de los personajes. Contar la historia de Juan y Stephen, o de personajes que en un momento desaparecen por necesidad, contar qué pasó con ellos. Pero ir hacia adelante en la historia, no. Porque la novela siempre fue una novela sobre muchas cosas, pero una de esas es Gaspar buscando su identidad, y una vez que la encuentra al final, yo como autora no tengo nada más que decir. Todo lo que pueda pasar después, es repetir un poco lo mismo.

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