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Charles Bukowski por sí mismo: “Escribir es fácil, es la vida lo que resulta difícil a veces”

A través de Relatos y ensayos, el nuevo volumen de Anagrama que llega al país, exploramos las confesiones inéditas y la 'cocina literaria' del mayor exponente del realismo sucio: desde su odio por las risas enlatadas hasta su implacable crítica a Hemingway.

Al momento de sentarse frente a la máquina de escribir y empezar a tipear, había una condición que Charles Bukowski cuidaba mucho que se cumpliera para poder dedicarse tranquilo a su literatura. “Hay una cosa que sí me molesta: oír la televisión de alguien a todo volumen, una comedia con risas enlatadas”, confesaba en una entrevista de 1985 con la revista literaria New York Quarterly.

Salvado ese escollo, Bukowski afirmaba que en realidad podía escribir en cualquier situación, con ruidos de gente o en silencio, aunque terminaba siendo más proclive a lo segundo. “Me encanta la soledad, pero no la necesito hasta el punto de excluir a alguien que aprecio para poder escribir. Creo que si no soy capaz de escribir en cualquier circunstancia, entonces no soy lo bastante bueno para hacerlo. Algunos de mis poemas indican que escribo mientras vivo a solas después de haber roto con una mujer, y he roto muchas veces con mujeres. Necesito la soledad más a menudo cuando no estoy escribiendo que cuando escribo. He escrito con críos correteando por la habitación y mojándome con pistolas de agua. Eso más que obstaculizar la escritura la propicia: la escritura capta parte de la alegría”.

Hasta ahora, esas confesiones íntimas del propio Bukowski abordando su “cocina literaria” no se encontraban traducidas al castellano. Forman parte de un conjunto de relatos, ensayos y entrevistas que giran en torno al oficio de escritor, las que fueron agrupadas en el volumen La matemática del aliento y la ruta que acaba de llegar al país como parte del libro Bukowski. Relatos y ensayos (Anagrama). Quien realizó el trabajo de traducción fue el escritor español Eduardo Iriarte, quien ya ha traspasado a nuestra lengua otros volúmenes de “Hank”.

“Este texto más reciente, es, en efecto, ‘nuevo’ entre comillas, pues los textos se publicaron en muy diversas revistas y fanzines en vida del autor -dice a Culto-. El trabajo de investigación y recopilación es impresionante, desde luego, pero los artículos se integran a la perfección en el corpus de Bukowski, llenando algunas lagunas de producción sin discrepar en modo alguno de su estilo o sus opiniones conocidas”.

A pesar de la experiencia que ya tenía traduciendo títulos de Bukowski como Fragmento de un cuaderno manchado de vino, Ausencia del héroe o Las campanas no doblan por nadie, Iriarte reconoce que se sigue asombrando con los escritos del célebre exponente del “Realismo sucio”: Se da la paradoja de que Bukowski siempre ofrece lo que uno espera y al mismo tiempo siempre sorprende. Lo que más me llamó la atención de este volumen es cómo lleva hasta el extremo su política de sinceridad radical, hasta el punto de confesar: ‘Yo sencillamente no sé nada [...] No intento engañar a nadie; estoy harto de tretas; ojalá el resto del mundo fuera así también’“.

En este volumen, vemos a Bukowski directo en la sala de máquinas, pero no solo de su narrativa, sino también de su costado como poeta. “Escribo a máquina. A veces la llamo mi ‘metralleta’. La golpeo con fuerza, por lo general a las tantas de la noche mientras bebo vino y escucho música clásica en la radio y fumo puritos indios. Reviso, pero no mucho. Al día siguiente vuelvo a pasar el poema a máquina y hago automáticamente un par de cambios, elimino un verso, o junto dos frases en una o parto una en dos, cosas así: para que el poema tenga más huevos, más equilibrio. Sí. Los poemas llegan ‘sin pensarlos’, rara vez sé qué voy a escribir cuando me siento. No hay mucha angustia ni sudor del espíritu humano implicados en el acto. Escribir es fácil, es la vida lo que resulta difícil a veces”.

También lo leemos haciendo reseñas de libros para diferentes medios, siempre en su particular estilo. Por ejemplo, cuando reseñó Islas a la deriva, de Ernest Hemingway, en 1970. “Este libro no da la talla. Quería que este libro diera la talla. He estado jaleando a Hemingway para que bateara una pelota fuera del estadio desde hace mucho tiempo. Quería otra novela como Fiesta, Adiós a las armas o Tener y no tener. He estado esperando mucho tiempo. Por quién doblan las campanas era mediocre (comparando a Hemingway con Hemingway) y Al otro lado del río y entre los árboles era peor. Nuestro héroe nos deja en la estacada. El hombretón bateaba en falso con todas las bases ocupadas. El viejo y el mar, aunque engañó a muchos críticos y jurados de premios, no logró engañar al lector o escritor serio ni al fanático de Hemingway”.

Al mismo tiempo, lo leemos en una faceta ensayística. Por ejemplo, en La matemática del aliento y la ruta da una particular mirada al oficio de escritor. “Escribir, al cabo, llega a convertirse en trabajo sobre todo si intentas pagar el alquiler y la pensión de tus hijos. Pero es el mejor trabajo y el único trabajo, y es un trabajo que estimula tu capacidad para vivir y tu capacidad para vivir te recompensa con tu capacidad para crear. La una nutre a la otra; es todo muy mágico. Dejé un trabajo muy aburrido a los cincuenta (decían que era seguridad de por vida, ¡ja!) y me senté a la máquina de escribir. No hay mejor manera. Hay momentos de agonía infernal cuando tienes la sensación de que vas a volverte loco; hay momentos, días, semanas sin palabra, sin sonido, como si todo se hubiera desvanecido. Entonces llega y te sientas fumando, dale que te pego; retumba y brama. Puedes levantarte a mediodía, puedes trabajar hasta las tres de la madrugada. Algunos te molestarán. No entenderán lo que intentas hacer. Llamarán a tu puerta y se sentarán en una silla y devorarán tus horas sin darte nada a cambio. Cuando demasiadas de esas personas-nada lleguen y sigan llegando, tienes que ser cruel con ellas porque ellas lo están siendo contigo. Tienes que ponerlas de patitas en la calle”.

Para Iriarte, el mayor reto a la hora de traducir fueron los diferentes matices estilísticos que caracterizan textos escritos con décadas de diferencia. “No es exactamente el mismo Bukowski el que escribe a principios de la década de los sesenta que el que remata sus últimos artículos, mucho más escuetos y descarnados, en 1990”. Y otro aspecto singular, asegura Iriarte, es que la división entre géneros literarios en Bukowski suele ser algo difusa. “A diferencia de lo que ocurre con la mayoría de autores, para Bukowski no hay una distinción excesivamente marcada entre lo que es ficción y lo que es ensayo o análisis crítico. Hay ocasiones en las que puede empezar un artículo hablando de un volumen de poemas y terminarlo narrando una anécdota que bien podría ser un relato breve. Sea como fuere, lo que ofrecen todos sus textos es autenticidad, integridad, un tenaz empeño en revelar la realidad tal como él la ve sin adornos de ninguna clase, y eso siempre da resultado”.

“No creo que haya aspiraciones de intelectualidad en estos nuevos textos -añade el traductor-. Si acaso, Bukowski abunda en su condición de outsider, de intruso en el mundo literario. Sin duda hace observaciones muy precisas cuando reseña obras de poetas contemporáneos o abomina de la política estadounidense, pero de inmediato se apresura a restar importancia o incluso a reírse de sus propios análisis, lo que no hace sino mostrarlos bajo una luz distinta y aportarles más valor incluso”.

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