Culto

Crítica de discos: The Strokes, Jack White y Adelaida rugen fuerte

Las novedades discográficas de los últimos días acumulan distorsión, ruido y alto voltaje. Bajo distintos lenguajes creativos, The Strokes, Jack White y los chilenos Adelaida ofrecen nuevas obras que demuestran búsqueda e identidad.

*Reality Awaits - The Strokes

Extravagante, juguetón y con mucho autotune. Lo nuevo de The Strokes en 6 años ofrece pasajes tan desconcertantes como sólidos. Nada fácil para un grupo que siempre va a cargar con el peso de un disco debut del tamaño de Is This It? Pero como Odiseo atándose al mástil para resistir el canto de las sirenas, han evitado repetirse y han hecho de la exploración sonora su credo.

De entrada la guitarra arpegiada de Pyscho Shit presenta la cara más experimental del disco, con temas que remiten al trabajo de Julian Casablancas junto a The Voidz. Aún así, Going to Babble On, es uno de los mejores momentos y muestra un notable juego de guitarras de Valensi y Hammond jr, como en los viejos tiempos. Misma cosa en Lonely in the Future.

El disco también presenta las reflexiones más políticas de Casablancas, como en Going Shopping o la desafiante The Fruits of Conquest (“no obedeceré, no obedeceremos”, declara). Es cierto que el frontman siempre ha jugado con el sonido de su voz (su tema solista Instant Crush por ejemplo), pero en este disco, el autotune a ratos se hace repetitivo. Como sea, The Strokes firma un disco que actualiza su sonido y presenta un punto de equilibrio entre el riesgo, los intereses personales y la huella del sonido que los hizo ser la mejor banda de su generación (Felipe Retamal).

*Superclub - Adelaida

“Perdido acá en el Superclub/no quiero ser como eres tú”, grita un intenso Jurel Sónico en la canción que da nombre al nuevo disco de Adelaida. Un tema que alterna los momentos de altos decibles, con pasajes más contenidos. De alguna manera, una actualización de la fórmula que popularizó Nirvana, a su vez, tomada de los Pixies. Continuidad y evolución, muy bien equilibradas en un trabajo que resume la ambición musical del grupo; en temas como Otra Forma y Eterno, construyen texturas desplegando capas de guitarras pasadas por efecto, sostenidas en un buen trabajo de la sección de ritmo. Y para no descuidar su costado más agresivo, suben el volumen en cortes como Hundido y Sangriento.

Otra clave del álbum está en los juegos de voces, alternados entre Jurel y la bajista Anke Steinhofel, quien matiza con su interpretación delicada. Incluso toma la voz solista en Nadie Más, marcando un momento de quiebre en el disco. Hacia el final, en temas como Invisible y Cordillera (con gran interpretación de Tomás Pérez en batería, evocando a Tomorrow Never Knows), el álbum muestra pasajes algo más contemplativos, que remiten al interés que Adelaida siempre ha mostrado por el shoegaze. Quizás faltó una canción más diferenciada, pero en sus 14 temas Superclub ofrece un material sólido (Felipe Retamal).

*Jack White - Frozen Charlotte

Hablar de JackWhite es viajar a la faceta más dura del sonido de los años setenta, la que siempre ha influenciado sus discos. Frozen Charlotte, su séptimo intento, no es la excepción. Opera como el reinado del fuzz y el delay, acaso un álbum profundamente reaccionario, tejido a contrapelo de lo que podríamos llamar contemporáneo.

A nivel de producción, White se encerró en su Third Man Studio de Nashville junto a una base rítmica implacable: Patrick Keeler en la batería, Dominic Davis en el bajo y Bobby Emmett en los teclados. El resultado es un monolito de piedra aparecido de noche en un patio bajo la lluvia. La columna vertebral es la guitarra eléctrica sobrecargada. White exprime el pedal de fuzz de una manera casi molesta para entregar solos y riffs pesados que suenan a circuitos a punto de reventar. En temas como Raising The Grain, el estudio se hace notar con efectos de delay analógicos que generan una atmósfera inestable y tambaleante. Es un llamado por cobro revertido al blues rock más brutal y sórdido de los años dorados del raw rock.

De hecho, los acordes de White chocan de frente con los fraseos psicodélicos del órgano Hammond de Emmett, que parece evocar el peso del mejor Jon Lord. Se percibe la suciedad natural de la grabación en bloque dentro de una habitación, pero cada músico ataca con total autoridad. El volumen, que captura a la perfección el desorden perpetuo de nuestra época, es atronador, con el cierre Neighbors Blues como uno de los puntos más altos, para cumplir con su misión divina (Alejandro Jofré).

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