Culto

El evangelio según St. John

John Coltrane murió el 17 de julio de 1967, a los cuarenta años, de cáncer al hígado: es probable que su antiguo affaire con las jeringas le haya jugado en contra. Su imagen mesiánica y endiosada en las décadas siguientes puede llevar a conclusiones ambiguas, pero no se discute su condición de genio.

El evangelio según St. John

Cada domingo, en San Francisco, la misa de la St. John Coltrane African Orthodox Church empieza con el soplido de una caracola. Después entra un golpe de gong y las primeras notas de A Love Supreme. Sobre el altar hay un ícono de estilo bizantino que representa a John Coltrane vestido de blanco, con su saxo soprano y un halo dorado sobre la cabeza. En el año de su centenario, ese ritual de varias décadas ya no sorprende: hace rato que su obra dejó de escucharse como música y pasó a celebrarse como liturgia.

En el libro God’s Mind in That Music (2012) de Jamie Howison, el autor traza una delgada línea entre la teología y la música de Coltrane, que vivió su infancia al alero de la Iglesia Africana Metodista Episcopal junto a su abuelo, el reverendo William Blair. John conoció el góspel y el blues como expresiones bíblicas y de ahí extrajo el sentido de trascendencia de su música. Pero otros teóricos fueron un poco más lejos que Howie y han llegado a forzar una pintoresca analogía entre las siglas de John Coltrane y Jesucristo.

John Coltrane in Performance

Coincidencias no faltan para alimentar el mito: su descenso a los infiernos fueron los años cincuenta cuando John se fascinó con el sonido de Charlie Parker y no sólo adoptó el bebop, sino también la aguja. Su adicción a la heroína lo volvió impuntual y descuidado y el propio Miles Davis lo tachó de poco confiable. Acto seguido, lo expulsó de su quinteto en 1957 y ahí comenzó su travesía por el desierto.

John Coltrane se encerró una semana en su casa de Filadelfia para exorcizar su adicción sin mayor ayuda (un “cold turkey”, según la jerga). Esa pesadilla lo transfiguró y salió hablando de un despertar espiritual concedido por “la gracia de Dios”, una frase que tomaría otro significado en las notas del magnífico A Love Supreme. Pero Coltrane era sólo un hombre y cambió una adicción por otra, la del azúcar, que le pudrió los dientes. También dejó a su mujer Naima y se emparejó con la pianista Alice McLeod, su futura socia musical.

En apenas una década John Coltrane se transformó en una suerte de entidad que marcó la evolución de todo un género. Seguido por hippies y librepensadores, y aborrecido por el mainstream, John desarrolló su propia trinidad, los “Coltrane Changes”: un complejo sistema armónico marcado por tres centros tonales equidistantes. Con Giant Steps dejó a todos boquiabiertos, y poco después ensambló un “dream team” que completaba el pianista McCoy Tyner, el bajista Jimmy Garrison y el baterista Elvin Jones.

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Pero en 1965 Coltrane conoció el lado ingrato de la vanguardia, cuando grabó cuarenta minutos de free jazz colectivo y los tituló Ascension. Los más conservadores lo tildaron de “ruido” y el público empezó a abandonarlo en la mitad de los conciertos: los mercaderes del templo habían expulsado a John. La revista Downbeat, la biblia del género, ya lo perseguía con el mote de “anti-jazz” desde 1961 y volvió a encarnizarse con él mientras, en el frente interno, Tyner y Jones terminaron por desangrar el cuarteto cuando salieron por desavenencias artísticas.

John Coltrane murió el 17 de julio de 1967, a los cuarenta años, de cáncer al hígado: es probable que su antiguo affaire con las jeringas le haya jugado en contra. Su imagen mesiánica y endiosada en las décadas siguientes puede llevar a conclusiones ambiguas, pero no se discute su condición de genio. Aunque nunca profirió un discurso por los derechos civiles, en 1963 hizo suya la causa cuando registró la poderosa Alabama por el atentado de Birmingham que mató a cuatro niñas negras. La melodía, se dice, sigue la cadencia del discurso fúnebre de Martin Luther King. De gira por Japón en 1966 pidió visitar el memorial de Nagasaki, el testimonio más horrendo de la furia bélica: quería capturar su sonido. Cuando un periodista japonés le preguntó a Coltrane qué le gustaría ser en los próximos diez años él respondió: “un santo”. Feliz centenario, JC.

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