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El elogiado documental Az Zeeb: diario fílmico de un cineasta chileno descendiente de judíos y palestinos

El largometraje de Rafael Guendelman Hales narra las trayectorias opuestas de los dos lados de su familia. Artista visual y director de cine, recurrió al hallazgo de una cintas perdidas en Super 8 para reconstruir la historia de sus abuelos y padres. “Todos atravesamos un viaje en esta película”, señala a Culto

El elogiado documental Az Zeeb: diario fílmico de un cineasta chileno descendiente de judíos y palestinos

En 2017, cerca de un año después de la muerte de su abuela paterna, el director Rafael Guendelman Hales (Santiago, 1987) halló una serie de cintas que permanecían guardadas en la casa de ella. Pese a que es artista visual y cineasta, su papá nunca le había hablado ni de su existencia ni menos de su contenido.

“Era una especie de tesoro escondido en la bodega. Nunca imaginé que me encontraría con algo así”, dice el realizador descendiente de judíos y palestinos. Las imágenes corresponden a registros domésticos de la época en que su padre viajó con su familia a vivir en Israel en los años 70. Un episodio de su vida sobre el que rara vez había querido explayarse.

“En mi casa siempre fueron pro Palestina. Mi papá se ponía incómodo con el tema y nunca me contó mucho. Encontrar este material fue una excusa para pedirle que me hablara de eso. Se había muerto su mamá, que tiene un gran peso simbólico en toda familia judía, y ahora podíamos conversar a calzón quitado”, plantea.

Esas charlas padre-hijo configuran el inicio de Az Zeeb, el documental de Guendelman que acaba de tener su estreno mundial en el Festival Internacional de Cine de Marsella (también conocido como FIDMarseille) y que debutará en salas nacionales durante el primer semestre de 2027. Sin brindar respuestas simples, la película narra las trayectorias opuestas de una familia judía que emigra a Israel desde Chile y la de una familia palestina expulsada de la aldea de Az-Zeeb tras la llegada de colonos.

Ese mismo 2017, poco tiempo después de encontrar las cintas en la casa de su abuela, el director viajó a Israel y aprovechó de realizar algunas filmaciones. Luego creó el videoarte Aliyá, yeridá y el proyecto editorial Nosotros estudiamos hebreo, iniciativas en las que reflexionó en torno a sus orígenes y que, asegura ahora, sirvieron de base para su primer largometraje como cineasta.

“Yo siempre había querido indagar más en cómo Israel convence a las personas para que vayan a poblar Israel. Nunca lo había hecho porque siempre es más complejo hacerlo desde el lado del perpetrador de la violencia”, señala Guendelman, quien se reconoce admirador del cineasta palestino Kamal Aljafari y del director israelí Avi Mograbi (“para mí es como una especie de Ignacio Agüero israelí”, apunta).

“A excepción de un archivo de propaganda israelí, todos son archivos personales. La cámara siempre tiene algo errático. No es una cámara tranquila que te muestra todo. No es una mirada hegemónica, sino que es una mirada más bien parcial. Mi abuelo entró en un lugar donde había una ruina y filmó una cosa. Yo fui a Palestina y filmé algo que me llamó la atención: una marcha, una flor. En ese sentido, se parece más a un diario”, explica.

Esa característica se termina de cristalizar debido a que decidió filmar en Super 8, el mismo formato de las grabaciones originales. Tras un trabajo de digitalización y color de las cintas que estaban bajo el poder de su abuela, todos los materiales se funden en un mismo tejido.

.¿Recuerda a qué edad fue consciente de esta historia doble que atraviesa a su familia?

Yo creo que desde siempre a nivel inconsciente, pero más grande me volví más crítico. En la universidad me metí más en el tema. Después, en 2012, cuando tenía 24, viajé a Palestina y viví allá un tiempo. Es curiosa la historia: hice un viaje financiado para todos los jóvenes judíos menores de 26. Llevé mi cámara y al final me quedé siete meses en Palestina, y no tomé el vuelo de vuelta. Ese año fue de gran aprendizaje. Me conecté muchísimo con lo que pasaba allá y con la realidad de ambos lados, por decirlo así.

-Al inicio del documental su mamá dice que su familia no tenía una cámara para filmar.

Sí, es un argumento para utilizar las imágenes de archivo que me encontré. Es una especie de metáfora con la que planteo que los que construyen la historia son los que tienen las imágenes, los que tienen un archivo y les dan una narrativa. En general los ganadores son los que cuentan la historia. Aquí, Israel tiene este archivo documental sobre el german de Israel. Por el otro lado, la historia palestina ha sido destruida y desplazada, y ha habido una pérdida de archivo. Me pareció interesante jugar con ese contraste: por un lado, hay muchas imágenes y, por el otro lado, no hay imágenes. Hasta que n un momento de la película aparecen unas imágenes y se gatilla algo que es bien poderoso.

-¿De qué manera resolvió que la casi totalidad del documental estuviera en Super 8?

El material estaba muy bueno, y me pareció interesante hacer algo en el mismo formato, para quizá generar un contrapunto, una especie de conversación entre ese archivo y el archivo que yo estaba construyendo, entre la visión más sionista de mis abuelos, que filmaban ciertas cosas en su momento, y mi visión, que filmo otras cosas cuando voy a ese mismo territorio. Me parecía muy coherente que fuera con la misma materialidad. En algún punto no sabes si son los años 70 o 2025, si es Palestina, Israel o Chile. Pienso que hay muchas relaciones visuales entre los dos territorios: cerros, montañas, valles, desierto. Chile tiene la comunidad palestina más grande, y siempre he pensado que es porque se sintieron muy cómodos.

-¿De qué modo todo lo que ocurre a partir de octubre de 2023 en ese territorio influyó en la forma final de la película?

No quiero hacer tanto spoiler, pero sí influyó. Por un lado, fue cambiando muy fuertemente la visión que tenía mi papá respecto a Israel. Yo creo que hoy en día no hay áreas grises. Más allá del color político, esto no es humano. Es inaceptable y se denuncia. En ese sentido, mi padre hace como un giro en la película, hay una trayectoria que va cambiando. Además, fuimos a Palestina justo en 2024 a filmar escenas y se incorporaron las protestas que se produjeron. El desafío era de qué manera integrar esto sin perder el punto de vista que ya teníamos. Pero no nos podíamos hacer los locos con lo que estaba pasando.

-¿Qué conversaciones ha generado el documental en los dos lados de su familia?

Es muy complejo para mi papá hablar de las cosas que habla. Criticar públicamente a Israel es muy complicado para una persona que nació bajo una familia muy judía. Hay mecanismos de coerción, hay mecanismos de amenaza. A nosotros nos han amenazado. No sé quién de la comunidad judía, pero nos han llegado cartas. Se han cortado lazos familiares. Es bien complejo el tema, especialmente en ese lado de la familia. Por el otro lado, hay personas que aparecen en la película de manera anónima, en específico un tío palestino que salió al exilio y por razones de seguridad no podía darme su nombre. En ese sentido, la película ha estado muy viva.

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