Por Felipe RetamalEl día en que Simón Bolívar quiso conquistar Chiloé e incorporarlo a Perú
No solo los primeros gobiernos del Chile independiente se impusieron la tarea de someter al archipiélago, uno de los últimos bastiones realistas en América. También estaba en la mira del célebre patriota venezolano, quien ofreció su espada e incluso hizo presión. A 200 años de la incorporación de Chiloé, esta es la historia.

Apenas habían terminado las celebraciones por el triunfo patriota en la batalla de Ayacucho, Simón Bolívar fijó su mirada en un punto austral del mapa de América: la isla grande de Chiloé. Un lugar clave: era uno de los último reductos de la corona española en al continente.
No solo Bolívar se interesaba en el archipiélago. Este había estado en la mira de los patriotas chilenos. En 1820, tras tomar con éxito la plaza de Valdivia al mando de la escuadra nacional, el siempre intrépido Lord Cochrane, se sintió envalentonado para intentar el asalto del archipiélago.
Aunque logró desembarcar en Huechucuicui, Cochrane se encontró una fuerte resistencia local, incluso con furibundos frailes que con lanza y crucifijo en mano, alentaban a las bisoñas tropas chilotas que lograron resistir y propinarle una impensada derrota.

Al año siguiente, Bernardo O’Higgins probó la vía diplomática e intimó rendición al gobernador Antonio de Quintanilla, a quien había tratado años antes en sus años de comerciante en Concepción. Pero este no cejó. Más aún, tras rechazar la intentona de Cochrane se convenció que la defensa de la isla era posible e incluso entregó patentes de corso a navegantes que ofrecieron sus servicios a la causa del Rey.
Para Bolívar, quien gobernaba el Perú como dictador desde 1824 (hasta 1827), se hacía necesario liberar la isla de la presencia monárquica. “La persistencia del archipiélago como bastión realista le inquietaba, pues veía en la derrota de los últimos reductos monárquicos un paso fundamental para consolidar la independencia a escala continental”, apunta el doctor en Historia, Gonzalo Aravena, en su libro Chiloé 1826 ¿el último bastión realista o el primer territorio conquistado por la república?(Ediciones 1826).
Por ello, el Libertador tuvo en mente organizar una flota con tropas del ejército de la Gran Colombia y colaborar en la conquista de Chiloé. Antes, quiso tantear terreno y fue su ministro Hipólito Unanue, quien contactó a Bernardo O’Higgins, exiliado por entonces en el Perú, para conocer su impresión.

O’Higgins, habría asentido el plan, considerando el vínculo histórico que unía al Perú con la isla. Además tenía muy fresco el panorama interno del país, con sus crecientes divisiones entre facciones. “Un cuadro tan lamentable -contestó en una misiva-. Mortifica mi alma con las mas penosas sensaciones, e interrumpe aquella tranquilidad que tan deliciosamente he gozado después de la victoria de Ayacucho”.
Además había que considerar la posición estratégica del archipiélago en el pacífico sur. “Antes de la apertura del Canal de Panamá en 1914, la navegación interoceánica pasaba por el sur de Chile, y por tanto, controlar esas rutas significaba dominar uno de los principales nodos de la navegación mundial", explica Aravena a Culto.
Ante la presión, fue el gobierno de Ramón Freire, el que intentó una expedición a la isla, en marzo de 1824. Para sorpresa de todos, resultó en un rotundo fracaso, pues las bisoñas tropas chilotas, en su mayoría integrada por indígenas, lograron dispersar a las fuerzas chilenas en Mocopulli.

Para los patriotas chilenos, estaba claro que debían tomar la isla. “La idea de una “proyección natural la costa de Chile”, como la formuló O’Higgins, es anterior a Bolívar y se remonta incluso si se quiere a los tiempos de Pedro de Valdivia. Desde el siglo XVI, el objetivo fue controlar las rutas australes, avanzar hacia el Estrecho de Magallanes y asegurar el dominio del sur del continente“, apunta Aravena.
Con el fracaso fresco de la expedición Freire, en Perú se reflotó la idea de enviar fuerzas a Chiloé. Bolívar no solo ofreció la ayuda de “fuerzas colombianas de mar y tierra” para participar en la operación, sino que presionó como pudo.
Aprovechando la presencia en el antiguo centro virreinal del almirante Manuel Blanco Encalada, Bolívar se animó a escribirle una carta, fechada el 16 de octubre de 1825. En sus líneas, fue claro. “Chiloé puede decirse es la llave del Pacifico, y yo temo mucho que Quintanilla lo entregue a alguna nación extranjera antes que ver el archipiélago en manos de los americanos“.
Y en el párrafo final, el Libertador fue aún más claro. “Confío, pues, en que Vd. agitará este negocio con su gobierno, y no perdonará diligencia alguna a fin de lograr un objeto tan interesante a Chile y al Pacífico: la rendición de Chiloé“.
Bolívar no se conformó con escribirle a Blanco Encalada. Por otro lado, derechamente sugirió a las autoridades peruanas la necesidad de organizar una expedición propia para someter la resistencia realista en Chiloé. “Los derechos del Perú a Chiloé son incontestables”, señaló.

Por ello, es que Freire decidió emprender una segunda expedición, a fin de zanjar de una vez el asunto e incorporar a Chiloé al país. En realidad, era un anhelo que cobraba importancia por el momento.
Para Gonzalo Aravena, la presión del Libertador venezolano, aunque pesó, en realidad fue un factor más. “La injerencia de Bolívar fue relevante, pero no decisiva por sí sola, y debe matizarse dentro de un conjunto de presiones. Freire necesitaba cerrar definitivamente la guerra y reforzar su liderazgo frente a opositores internos”, explica.
“Tanto las advertencias desde Lima como las supuestas pretensiones británicas o francesas contribuyeron a instalar un escenario de urgencia. Sin embargo, no explican por sí solas la decisión”, agrega.
Según Barros Arana en su Historia General de Chile, la intentona de Bolívar comenzó a esfumarse apenas se conocieron en el Perú los aprestos de la segunda expedición de Freire, la que zarpó hacia el sur en noviembre de 1825 y acabaría por someter a Chiloé en enero del año siguiente. “Más allá de Bolívar y de sus intenciones expresadas en la correspondencia, la pregunta de fondo es si la anexión representó el fin de un proceso de emancipación -cierra Aravena-. O si, por el contrario, se trató de una campaña de conquista sobre un territorio que hasta entonces era ajeno al Estado chileno”.
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