Por Paula FrederickEuphoria Temporada 3: Mucho ruido, poca euforia
Seguramente, esta tercera entrega nunca alcance la potencia de sus inicios. Pero todavía puede tomar vuelo y sorprender en los próximos capítulos. Sigue siendo, en esencia, una experiencia límite, que no sabe bajar el volumen. Y en ese ruido constante, entre el exceso y el vacío, se filtra una pregunta incómoda: qué queda cuando la intensidad deja de ser vértigo y se convierte, simplemente, en costumbre.

¿Será que la espera mató la euforia? ¿O tal vez, toda fórmula tiene una fecha de expiración? La tercera temporada de la creada por Sam Levinson, llega a HBO Max cargada de expectativas, polémicas, pérdidas y especulaciones. Ingredientes clave para el éxito, dirán algunos. “No hay tal cosa como la mala publicidad”, agregaría P. T. Barnum. Pero lo cierto es que el exceso de expectativas, en algunos casos, puede ser fatal. Y el abuso de recursos, fórmulas y sustancias, también.
Sin duda, lo suyo fue un debut explosivo. Cuando Euphoria irrumpió en 2019, se transformó en la it girl de la serialidad: un golpe de aire fresco y, a la vez, tóxico. Una mezcla embriagadora de torpeza juvenil, personajes de apariencia celestial que se volvían demonios, jóvenes que actuaban como adultos y adultos atrapados en una inmadurez persistente. También fue la plataforma que elevó a nombres como Zendaya, Jacob Elordi y Sydney Sweeney, hoy epicentros del interés hollywoodense. Un festín que ponía bajo la lupa a la generación Z, donde el sexo, las drogas y los excesos arrasaban con todo, generando una reacción ambivalente: rechazo frente a su crudeza y fascinación por su estética hipnótica.

Cuatro años después, Levinson retoma una historia que había dejado en suspenso, con la carga de, además, haber perdido en el camino a dos miembros del elenco: Angus Cloud (Fezco) por sobredosis accidental y Eric Dane (Cal Jacobs), quien falleció por complicaciones de ELA. En la dimensión ficticia, tiempo, Rue (Zendaya),vuelve a caer en una espiral ligada al narcotráfico, cruzando fronteras como mula en una deriva cada vez más oscura. Su descenso se construye con una visualidad que coquetea con el western, el blaxploitation y el imaginario de Kill Bill, sin perder el tono cínico, pero con algo de redención divina a la vista. En paralelo, Cassie (Sydney Sweeney) encarna una versión distorsionada del ideal tradicional junto a Nate (Jacob Elordi), en una relación que mezcla apariencia, control y decadencia. Vidas que antes fueron gravitantes y que, al menos en los primeros capítulos disponibles, aún no se vuelven a cruzar.
En esta nueva entrega, Levinson continúa a moverse en esa zona conocida: cuerpos expuestos, vínculos tóxicos y una mirada que oscila entre lo voyeurista y lo moralizante, tensionando constantemente el límite entre crítica y fascinación. Pero la sensación que queda al ver sus primeros episodios, es que algo cambió. O más bien, se agotó. Euphoria parece haberse engolosinado consigo misma, atrapada en su propio imaginario: la saturación visual, la hipérbole emocional, la pulsión por llevarlo todo al extremo. Lo que antes se sentía disruptivo, hoy roza la reiteración. Entonces, esa atractiva provocación ya no incomoda de la misma manera, sino que se vuelve predecible.

Bajo esa superficie gastada, no todo está perdido. El universo de Levinson sigue orbitando en los temas que, años atrás, pusieron a la serie en el centro de la discusión: la fragilidad del núcleo familiar, los traumas y sus consecuencias irreversibles, el retrato de una generación confundida entre varios supuestos referentes, y empujada hacia una catarsis constante para sentirse vivos. Personajes desbordados y a la deriva, que buscan sentido en medio de una estética que los devora.
Seguramente, esta tercera entrega nunca alcance la potencia de sus inicios. Pero todavía puede tomar vuelo y sorprender en los próximos capítulos. Sigue siendo, en esencia, una experiencia límite, que no sabe bajar el volumen. Y en ese ruido constante, entre el exceso y el vacío, se filtra una pregunta incómoda: qué queda cuando la intensidad deja de ser vértigo y se convierte, simplemente, en costumbre.
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