Por Claudio VergaraLollapalooza día 2: el protagonismo de los músicos chilenos, la locura por Katseye y el cierre con Los Bunkers
La segunda jornada del evento del Parque O'Higgins estuvo cruzado por el buen apronte de los músicos nacionales, desde Candelabro hasta Como Asesinar a Felipes, de De Saloon a Zaturno y, por supuesto, Los Bunkers. En el medio, la euforia por el grupo estadounidense Katseye fue total, mientas que Lorde o Tyler, the Creator lucieron todo su potencial.

Para los artista chilenos, presentarse en Lollapalooza es una suerte de punto aparte. Algo así como el partido definitivo del campeonato.
“Es como la final de la Champions”, ilustra de mejor manera y en charla con Culto Rodrigo “Negro” Medel, líder y cantante de Tomo Como Rey, el conjunto inscrito en la más reciente camada de representantes de la música tropical y que ayer debutó en el evento del Parque O’Higgins a las 21.30 horas en el Lotus stage del Teatro La Cúpula, con invitados como “Lalo” Ibeas de Chancho en Piedra y un homenaje a los mentores, Tommy Rey. El espacio se rebalsó y se les hizo estrecho.

De alguna forma, los músicos locales aprovechan una vitrina masiva y condiciones que en general no tienen durante el resto del año para exhibir no sólo sus cualidades artísticas, sino que también para empuñar sus discursos en torno a la coyuntura, atendiendo a un público transversal que mayormente llega al espectáculo para ver a los peces gordos del cancionero anglo que asoman durante el cierre de cada jornada.
Ayer, en la segunda entrega del evento que retornó este fin de semana al Parque O’Higgins, las agrupaciones locales tuvieron ese protagonismo en las primeras horas, en una saga que no se consumiría sólo ahí y que remató de modo estelar a las 23.30 horas, cuando Los Bunkers se convirtieron en el primer nombre chileno en calificar como headliner de la cita.
Pero antes, claro, hubo otros.
Revolución y reencuentro
Proveniente de Tierra Amarilla, Copiapó, el cantante Astronautiko fue el encargado de abrir el día a las 14.00 horas en el escenario Banco de Chile, con una propuesta que tiene como raíz el sonido urbano, pero direccionado hacia múltiples esquinas, como el rap, la bachata, el reggae y el pop. Aunque sus melodías son intimistas, de pronto parecen contraerse para luego viajar hacia estímulos más rítmicos, en un show que sorprendió a algunos de los presentes que empezaban a llegar al lugar tras la apertura de puertas a las 13.00 horas.
En el Lotus stage, situado en el Teatro La Cúpula, otro nombre de nuestro catálogo, el grupo Fonosida, hacía su debut en la cita, desplegando un pop fantasmagórico, de acento melancólico y dramático, pero que por minutos adquiere espesor con guitarras más crudas y urgentes que propiciaron el primer momento de efusividad de la jornada: un mosh a alta velocidad, como un remolino en despegue irrefrenable, se formó en el recinto, demostrando que la rúbrica de Fonosida no sólo es el “sad pop”, como etiquetan sus composiciones, sino que también una obra en expansión que los sitúa como uno de los representantes más inquietos del pop nacional surgido en la última década. Para ponerles ojo.
“Para nosotros, estar en Lollapalooza puede significar ampliarnos hacia otros rumbos. El público que tuvimos acá en el Parque O’Higgins fue muy transversal y eso claramente es muy valioso”, aseguran a este medio dos de sus integrantes, Saskya Campos y Francisco Soto, subrayando que Lolla Chile es una plataforma donde se pueden arañar audiencias impensadas.

Algo similar aconteció en las primeras horas con Mano de Obra, agrupación de hardcore que llegó hasta el Alternativa stage para montar canciones que narran con furia temáticas de exclusión social, depresión, estrés, individualismo, consumo de medicamentos, desigualdad, los consabidos dardos contra el sistema que “nos convierte en mano de obra” y el prestigio que regala el dinero. Un reclamo que suena frontal en un evento con marcado perfil corporativo, con entradas de precios onerosos, y donde precisamente el gasto, las marcas y el consumo son parte de su columna vertebral. Lollapalooza también entrega esas licencias: que sus propios invitados puedan establecer sus reparos con algunos pecados de los dueños de casa.
De los nombres más recientes a los clásicos. Zaturno apareció en la tarima Cenco Malls para timbrar su hip hop de envoltura clásica y melódica, con banda e invitados de peso histórico, como Lenwa Dura, con quien integró en los 90 los mejores capítulos de Tiro de Gracia. Ambos interpretaron Joven de la Pobla y Melaza.
El espaldarazo a Lenwa Dura no sólo guarda relación con lo artístico. El cantante también retorna luego de un áspero momento personal, tras ser hospitalizado hace unas semanas luego de publicar en redes sociales un video en que “se despedía”, alertando a la opinión pública y a sus colegas. Ahora Lenwa Dura está en la casa, al igual que Nicole, que también pasó por el show para cantar 2001 y Busca la salida junto a Zaturno.

Pero Chile, un país rico en distintos ángulos de hip hop, sabe que el género de las rimas puede forjarse en arquitecturas disímiles.
Diversidad, fama y locura
En ese horario, Como Asesinar a Felipes repletaba el Teatro La Cúpula con su sonido inclasificable, con métricas disruptivas, giros bruscos que de pronto parecen encumbrarse por una narración creativa casi cinematográfica, exploración donde el saxofón abraza un eje protagónico, para luego desvanecerse en texturas que sorprenden. Ver a CAF siempre resulta tan estimulante como desafiante: no son fáciles de masticar, pero cuando se los tiene al frente resultan hipnóticos.
Pero quizás el pasaje que mejor retrató la convivencia de bandas chilenas en perfecta comunión fue cuando Candelabro pasó por el Cenco Malls ante una fervorosa fanaticada, mientras De Saloon hacía lo propio en el Alternative stage, con un público igual de devoto: rock de matrícula reciente hermanado a la distancia con sonidos de guitarras incubados en los lejanos 90.

Candelabro, de hecho, materializó uno de los mejores shows nacionales de este Lollapalooza, consolidando su cartel como una de las más avezadas agrupaciones de la última temporada gracias a su disco Deseo, carne y voluntad, de 2025.
Inaugurando su set con Dedo chico, uno de los temas de su debut Ahora o nunca (2023), el joven conjunto capitalino demuestra que es una fuerza de la naturaleza donde cuidados pasajes instrumentales están al servicio de melodías trepidantes, sin nunca caer en las piruetas innecesarias. Su música oferta un viaje que semeja un magma que retrocede para luego estallar en guitarras saturadas, a la par del dúo de bronces integrado por Nahuel Alavia y María Lobos, los que aportan un timbre jazzístico bajo la sombra de tótems de nuestro cultura popular como Fulano o Congreso.
Sobre el final, interpretaron el cover de Ultraderecha, de Los Prisioneros, como una crítica al presidente José Antonio Kast y a quienes llamaron “sus amigos”, en un listado que va desde Javier Milei hasta Donald Trump, pintados con una esvástica en las pantallas. Más allá de los dardos a la coyuntura, Candelabro posee un futuro esplendoroso, con una puesta en escena donde priman los detalles, rica en recursos instrumentales, con composiciones que citan al himno nacional o que hablan de los ghettos verticales de Estación Central.

En contrapunto, lo de De Saloon es menos político, pero agita masas con éxitos donde las guitarras despuntan limpias y generosas, en melodías coreables por cualquier auditor radial promedio del país, como Té. Al igual que Gepe en la jornada anterior, De Saloon .-que para enfatizar aún más su cuna invitaron a Claudio Valenzuela de Lucybell- también engrosa un estatus como imprescindibles en el catálogo local del nuevo siglo.
Si en el casillero chileno prácticamente no había dudas de sucesos probados, la tarde ofrecía dos números que simbolizaban cierto examen: ¿cómo irá a funcionar Djo, el proyecto musical del actor de Stranger things Joe Keery, y el grupo femenino Katseye, dentro de lo más esperado de la jornada?
Djo entrega un pop rock sin grandes ornamentaciones, de cocción simple, el que fue recibido con entusiasmo por parte de los presentes: pese a que muchos no conocían sus composiciones, llegaron curiosos por ver la faz musical del actor que encarna a Steve Harrington en la serie de Netflix que volvió a poner de moda los años 80. Eso sí, cuando interpretó su mayor hit, End of beginning, de 2022, todo cambió y el agite fue instantáneo.

Katseye por su lado subrayó mucha mayor euforia. Al borde de pasarse de la raya: fue la presentación hasta esa hora de mayor frenesí en la segunda jornada de festival. Un auténtico festín de gritos adolescentes en estado catártico, sin compasión con los tímpanos sensibles, dificultando incluso las vías para llegar al escenario Banco de Chile, donde se presentaban.
La agrupación estadounidense formada por cinco integrantes, y salida de un reality show, cultiva un pop a minutos coreográfico que coge de las recetas del k-pop, aunque su paleta de estilos intenta mostrarse más amplia. Un universo cada vez más rentable en esa industria global donde Lollapalooza no es la excepción. Al menos en términos de popularidad, fueron un acierto para esta edición 2026.

Refugiados del mundo -y de la locura que significó el estreno del grupo Katseye en Chile-, los presentes en el Movistar Arena se entregaron a las variantes de la música urbana y la electrónica. Por ahí pasaron Bruno Borlone, que invitó al escenario a Ceaese; Marlon Breeze, uno de los nombres paradigmáticos del trap chileno; y el dúo de músicos electrónicos Aeróbica, que amplificaron en pantallas mensajes acerca de la comunidad gay, querer y migrante, y como ellos ayudaron a delinear géneros como la música disco y el house.
El lleno total también se vio con la cantante Katteyes, de amplia fama viral y de celebridad irrefrenable en plataformas como TikTok, aunque esta vez lidió con el más desafiante mundo real: los resultados fueron igual de provechosos.
Mirar para adentro
La luz natural se iba desvaneciendo y aquello sirvió para que el hardcore melódico de Turnstile impusiera su rugido desde un principio, con guitarras que parecen un motor en movimiento desbandado a extrema rapidez por la carretera. El bajo también suena grueso y espeso, mientras que cierta siniestra sensibilidad cubre sus canciones, como ese tono atmosférico que sirve de preludio a la explosión. Mystery, Blackout y Birds marcaron algunos de sus momentos altos.

Luego, en el escenario Banco de Chile, escribía su vuelta al evento la neozelandesa Lorde, luego de un debut en 2014 que con el curso de los años ha adquirido estatura de memorable.
Esta vez, la artista -acorde con su crecimiento creativo del último tiempo- fue mucho más allá y ofreció uno de los mejores espectáculos en lo que va de festival: contorneándose libre en el escenario, moviéndose en una trotadora, quitándose los pantalones hasta quedar con ropa interior y ensamblando una performance donde teclados, bases y bailarines se sincronizan de manera precisa, Lorde ha materializado un estilo y parece una creadora que ya ha culminado la búsqueda que significaron sus discos recientes. Además, ya el segundo tema fue Royals, su mayor hit, dejando en claro que venía a ofrecer un espectáculo de entrega incondicional hacia sus fans, en donde su histrionismo natural la empujó a decir que recordaba esa noche de Lollapalooza de hace 12 años: “Fue solo una, pero fue una de las noches más maravillosas de mi vida”, comentó sentada en el escenario.

Quien no tiene noches para recordar en el país es Tyler, the Creator. El rapero estadounidense tenía agendado su paso por Lollapalooza Santiago para 2018, pero una serie de “motivos personales” lo obligaron a cancelar esa primera vez. Como si se tratara del manido trance de la deuda pendiente el californiano dejó atrás el entuerto y ofreció una presentación enérgica, con carácter, de fuerte química con el público y donde esa soberbia bravucona que a momentos envalentona al hip hop, queda sepultada por una mirada un poco más afable e inventiva.
Su último álbum, Don’t tap the glass, es una joya saturada de tantas geografías creativas que el rap resulta sólo un recurso más dentro de un glosario más plural. Aunque a momentos se excedió con la perorata y los agradecimientos excesivos, su show asestó otro de los puntos altos de la velada.
Pero puede que ese casillero haya estado reservado para el cierre. Los Bunkers se encargaron de sellar el día con su cara más eléctrica, despojados del cuerpo unplugged en que se han mostrado el último año a partir del especial que registraron para MTV.
Y en ese léxico donde reinan las guitarras -y esta vez el aporte en teclados de Martín Benavides-, los penquistas son imbatibles: sus clásicos fueron cantados por varias generaciones y su sólida performance los confirma por enésima vez como el gran conjunto nacional del siglo XXI.

Lo del sábado fue finalmente cartón completo para la música del país. Lollapalooza animado gran parte del día por sus propias crías, sin tanta necesidad de mirar hacia más allá del horizonte.
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