Mariano Llinás, director argentino: “El sistema industrial, que resulta cómodo para tantos cineastas, no lo es para mí”

Autor: Pablo Marín

El director argentino Mariano Llinás.

En la Cineteca Nacional, el realizador presenta hasta este domingo su película La Flor. Ganadora del Festival de Cine de Buenos Aires, es un maratón de cine: dura 14 horas.


No es un recurso de marketing, pero funciona como tal: el segundo largo de ficción dirigido por Mariano Llinás (Buenos Aires, 1975) dura 14 horas. En Santiago se está presentando en dosis diarias, desde el miércoles hasta el domingo, en la Cineteca Nacional.  Mal que le pese al streaming y a la flojera cinéfila, La flor solo se muestra en pantalla grande. Cuando se muestra.

Rodada entre 2009 y 2015, y elegida mejor película en la competencia internacional del último Bafici, se presenta en Chile en el marco de Santiago a Mil, en colaboración con la Cineteca, Quijote Films y el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

“Dura 14 horas porque, cuando pusimos juntas todas las cosas que habíamos filmado, acabó durando eso”, comenta, con su qué, el guionista y director a La Tercera. No es que el formato de dos horas sea “incorrecto”, explica, “pues afirmarlo sería de una soberbia extrema y ridícula”. Eso sí, añade, “es igualmente soberbia la actitud de muchos productores, críticos y directores que sostienen que todas las películas deben durar dos horas”.

Sucesora de la elogiada Historias extraordinarias, La flor retoma lúdicamente y muy en serio, al mismo tiempo, lo que decía Godard: “Todas las películas tienen inicio, nudo y desenlace, no necesariamente en ese orden”. Y lo hace en un esquema que Llinás expuso en un “tratamiento en imágenes”, que es al mismo tiempo un tráiler de 57 minutos: “Cuatro historias que empiezan y no terminan. Una que empieza y no termina, como una fábula. Y una última que, sin empezar, termina”. Como para ir haciéndose a la idea.

Escena de La Flor.

Fuera de la industria

Aunque había ganado nombradía con el documental Balnearios (2002), fue Historias extraordinarias la que puso a Llinás en el mapa cinéfilo. La cinta, que a sus 245 minutos suma personajes llamados “X”, “Z” y “H”, podría espantar al espectador prejuicioso, que sin embargo se encuentra con un filme inquietante y descolocador, y por esa vía, abundantemente entretenido. Uno donde la narración en off usa variados recursos literarios y poéticos que enriquecen el conjunto, contra quienes creen que las palabras asisten a la imagen cuando esta no se la puede.

De ese espíritu se alimenta La flor. El mundo multiforme que crea esta megapelícula tiene algo de cine “B” de viejo cuño, también de musical con gotas de misterio, de cine de espías que viaja a lo ancho del globo, de homenaje a Jean Renoir y Una partida de Campo. Y mucho más, como imaginará el lector. Y tiene sobre todo, a un grupo de actrices de la compañía argentina Piel de Lava: Pilar Gamboa, Elisa Carricajo, Valeria Correa y Laura Paredes, quienes van cambiando de roles.

“Fue algo parecido a un romance”, cuenta Llinás sobre esta experiencia. Agrega que, tras Historias…, sentía que sus posibilidades inventivas se habían agotado. Pero conoció a las actrices y descubrió que, aparte de compartir su interés en experimentar con la ficción, “superaban mis capacidades: no solo llevaban a cabo juegos con la acción y la trama, sino que lo hacían a partir de sus propios cuerpos como instrumento. Ellas mismas eran la materia de la ficción, y eso me resultó fascinante. Pensé que, junto a ellas, el horizonte de las películas posibles podía ampliarse hasta el infinito, y que sus capacidades podían llevar a las imágenes cinematográficas a lugares que yo, al menos, no había visto antes”.

Lo de Llinás es hacer películas distintas de un modo distinto: fuera de la industria argentina. ¿Por qué? “En principio, por comodidad”, responde. “El sistema industrial, que resulta cómodo para tantos cineastas, no lo es para mí. Soy delicao, como diría Atahualpa Yupanqui: me gusta filmar mucho, entre pocos amigos, tomar las decisiones en el momento, viajar por diferentes lugares en busca de los escenarios que prefiero, aun si eso implica una producción más ardua. No hago castings, trabajo con los actores que me gustan, y en mi grupo solo filmamos con las cámaras que tenemos, que a menudo son despreciadas por los cánones industriales de producción. Y, fundamentalmente, porque tanto yo como los demás en El Pampero Cine [su productora] elegimos trabajar sin productores. Intentamos desarrollar mecanismos de autogestión que nos permitan tener el control de todas las decisiones en un filme, desde la manera de distribuir el dinero hasta los tiempos de rodaje y las formas de manejar y distribuir los filmes. Muchos considerarán exagerada esta posición, pero a nosotros nos da resultado desde hace muchos años.

Entre otras actividades, ha escrito los guiones para todas las películas de Santiago Mitre (La patota, El estudiante). Trabajar en condiciones más “tradicionales”, ¿le da satisfacciones similares a las de rodar La flor o Historias extraordinarias?

Ser guionista es mi oficio: lo hago por dinero y con ello me gano la vida. En el caso de Mitre, esa actividad laboral se compensa además con el hecho de que somos muy amigos. Me gusta la manera en que trabajamos y compartimos  intereses que acaban resultando en filmes. Él hace las películas de un modo en que yo no podría hacerlas, y eso me merece un profundo respeto, sobre todo teniendo en cuenta la habilidad con que se mueve en los pasadizos de la industria sin perder control sobre los objetos que realiza. Diría que es algo parecido a una segunda vida: nada de lo que hago como guionista se parece en lo más mínimo a mi trabajo en El Pampero Cine, que podría calificar como el proyecto de mi vida. En otras palabras, con unas películas gano dinero, con las otras lo pierdo.

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