Diario Impreso

Aurelio el marino

<P>De Aurelio Montes se saben muchas cosas: que es dueño de la Viña Montes, fanático de la aviación, un velerista experto. Pero hay una parte de su historia reciente que nunca ha contado: a los 63 años se convirtió en guardiamarina. Se preparó ocho meses y se sometió al rigor de la Escuela Naval, junto a 25 compañeros. ¿Por qué un viñatero exitoso decide algo así? "Soy un pájaro raro", dice él. </P>

Aurelio Montes recuerda bien ese tercer jueves de marzo de este año. Era cerca del mediodía cuando llegó junto a su señora y sus hijos a la Escuela Naval en Valparaíso. Iba ansioso, pero sonriente. Por fin cumpliría el sueño que tenía hace años: realizar el curso para convertirse en guardiamarina y formar parte del Centro de Reservistas de la Armada.

A esa misma hora llegaban las otras 25 personas que harían la instrucción con él. Nadie se conocía, pero todos respondían a un perfil parecido: empresarios exitosos de entre 40 y 60 años, que practican actividades náutico/deportivas y tienen cercanía con el mar.

Después de despedirse de su familia -igual como lo hacen los jóvenes de 17 años cuando entran a la Escuela Naval-, Aurelio Montes ingresó a su primera "recogida", entrenamiento militar en el que se corta todo vínculo con el exterior durante tres días, en un régimen parecido al de un cadete naval. Durante sus ocho meses de curso, haría otras nueve "recogidas" más.

Pero esa primera vez fue la más emocionante. Recorrió asombrado las dependencias de la escuela. Y después de dejar sus pertenencias en la habitación que ocuparía junto a sus 25 compañeros, se dirigió a su primera parada: la peluquería. Ya con un corte estilo militar, se puso el uniforme de marino. "Me sentí entrando al mundo naval en cuerpo y alma", recuerda hoy, con orgullo idéntico, sentado en su oficina en Ciudad Empresarial.

A sus 63 años, Aurelio Montes -fundador y presidente de Viña Montes- era el mayor de quienes ingresaron ese jueves de marzo. "Cuando tuve edad de ser cadete, a los 16 ó 17 años, pensé entrar a la escuela, pero nunca lo hice y me quedé con las ganas. Además, tengo cercanía con el mar y una afición por la vela. Tengo un yate en Puerto Montt y he corrido varias regatas", dice. Por eso, el 2011, mientras estaba en su año sabático en Estados Unidos, decidió saldar la deuda y postular. Envió una carta a la Armada y le hicieron una entrevista. Meses después le llegó la invitación formal para realizar la instrucción. Había sido uno de los seleccionados entre más de 300 candidatos. "Ahí le informé a mi señora. Al principio no le gustó la idea, así que tuve que pedir perdón y no permiso".

En su familia todos se preguntaban por qué este enólogo, aviador, velerista y amante de los caballos quería sumar otra pasión a su vida. Ni él tiene explicación. "Yo soy un pájaro lo más raro que hay. Mi padre era un chileno muy conservador y citadino. Yo creo que si lo hubiera subido a un bote se me muere. No existe ninguna tradición militar en mi familia. ¿De dónde habré sacado esta locura? No sé… Quizás ha sido un gen loco que se me gatilló a partir de un bombardeo atómico", dice riendo.

A principios del 2012 tuvo una reunión en la Armada donde le entregaron el calendario con las recogidas. "Yo programé mi año. Me reuní con los gerentes de la viña y les dije: 'Yo entré a esto para hacerlo bien. Mis viajes y compromisos ineludibles hay que ponerlos en fechas distintas a estas'", cuenta. Y lo logró: nunca faltó a un entrenamiento, tuvo el 100% de asistencia. Esto gracias a que, tal como él reconoce, la viña ya está consolidada y hoy su rol es más de "guardián de la Viña". "Ya tengo un equipo muy bueno. Estoy encima de ellos, pero, como digo yo, en la galucha comiendo cabritas y mirando el partido. Ya no estoy chuteando los córner".

5.30 AM. Uno de los instructores despierta a Aurelio Montes en su camarote. Sabe que rápidamente tiene que pararse, meterse a una ducha helada y partir a la piscina para nadar media hora. Luego, la siguiente instrucción: "Señores, son las 6 de la mañana. A las 6.30 los quiero a todos formados abajo con la tenida 14, impecables". El empresario sabe que tiene que subir corriendo, hacer su cama, afeitarse y estar formado firme a las 6.30 en punto con la tenida 14, una de las más de 15 que tienen los marinos para las diferentes ocasiones. Nada de eso son aquí detalles: para dormir, Montes ocupaba un pijama especial hecho por la Armada; lo mismo el traje de baño para la piscina. "Tenía un locker chiquitito donde ponía los trajes. Tenían que estar ordenadísimos. Si no, te llegaba un tirón de orejas".

La tenida que más le gusta es la 11 -la misma con que sale en la fotografía-, que se ocupa en presentaciones oficiales o ceremonias como matrimonios y funerales. Se la entregaron un día antes de la graduación y la tuvo que comprar. Es lo único que pagó durante todo el proceso de instrucción.

A las 6.30, formados frente al teniente, les revisaban que estuvieran bien presentados. Montes lo recuerda con una mezcla entre risa y nostalgia: "Tenías que estar parado sin que se te mueva un pelo. Te revisan que los botones estén en su lugar, que el cinturón esté perfecto, que los zapatos estén lustrados". Si no era así, caía castigo: desde hacer flexiones hasta correr unos metros.

Aún así, él estaba feliz. "Nos sentíamos como cadetes, como niños que vuelven al colegio con un régimen muy militar, muy estricto. Además, se armó un lazo humano muy fuerte entre los 26 compañeros, teníamos que unirnos para enfrentar esta nueva experiencia", dice.

Los desayunos eran en el casino de la Escuela Naval. Ese era uno de los momentos favoritos de Montes, porque allí compartía con los 500 cadetes. "Es muy bonito, porque llegan todos los cadetes iguales, impecablemente vestidos, muy formales y marchando. Tú sientes de las barracas lejanas cómo vienen todos marchando y cantando".

De las 10 recogidas que hizo entre marzo y octubre, ninguna fue igual. Lo único similar era la mañana, entre la ducha helada y el desayuno. A finales de septiembre, recuerda, tuvo que embarcarse en el buque Cirujano Videla durante una semana y recorrer Chiloé ofreciendo ayuda social. "Ibamos con médicos arriba, recorriendo la isla. Pudimos compartir con los oficiales y generamos muy buena relación. A cierta hora nos juntábamos todos, compartíamos un pisco sour".

Cuando se quedaba en la escuela, en Viña, debía participar de diversas actividades: charlas con almirantes, salidas a terreno o entrenamiento de infantería. Esta última era una de las más difíciles, según Montes. "Aprender a marchar no es fácil. Viraje a la izquierda, a la derecha, media vuelta, saludo militar... Me equivocaba seguido. A los civiles nos cuesta ser tan formales. Cuesta mucho no conversar para el lado o no darse cuenta cuando te rascas la nariz. Y rascarse la nariz es una falta", cuenta.

Montes Alpha, como le decían sus compañeros aludiendo a uno de sus vinos más famosos, reconoce que de toda esta instrucción aprendió algo que le quedará marcado: el estilo de vida naval. "Va desde los más mínimos detalles, como tener el uniforme bien puesto, hasta el trato entre las personas, el espíritu de probidad moral y espiritual", dice.

24 de octubre, 18.15 horas: Aurelio Montes entra marchando por uno de los patios de la escuela. Atrás, se ve el mar. Su familia observa sus pasos. Esta vez, no se puede equivocar.

La noche anterior había compartido el momento más emotivo de estos ocho meses: los 26 integrantes del curso estuvieron media hora en silencio, con música clásica de fondo, alrededor de la espada original de Arturo Prat. "El asunto era realmente para llorar. Corrían las lágrimas", dice Montes. El asegura que no lloró, pero que estuvo a punto.

Antes de eso, habían ensayado la marcha durante horas para que todo saliera perfecto en la graduación. Y fue así: ninguno se equivocó. Después de la ceremonia y el juramento de la bandera, Aurelio Montes se podía jactar de ser un guardiamarina del selecto grupo de la Reserva Naval Yates, compuesto por unas 300 personas que se han instruido desde 1991. La lista incluye a nombres conocidos, como Jean Paul Luksic, Nicolás Ibáñez, Bernardo Matte o el subsecretario de Prevención de Delitos, Cristóbal Lira.

Pero ese 24 de octubre no fue el fin de esta historia para el dueño de la Viña Montes. No quiere dejar su relación con la Marina y ya tiene planes, como desfilar en la Parada Militar del próximo 19 de septiembre. "Si los tiempos me dan, el próximo año quiero entrar a la Unidad de Presentación, que desfila en el Parque O'Higgins junto a todas las Fuerzas Armadas. Quiero unirme a ese grupo y desfilar ante el Presidente de la República", dice. Para eso, nuevamente tendrá que entrenar duro y dedicar horas para aprender a marchar sin equivocarse ni una vez.

Y aún hay más. Mientras hoy viaja por Ucrania, Turquía, Corea, Inglaterra, Dubai y otros países promocionando su viña, tiene metido en la cabeza su próximo embarque en el Esmeralda. Aunque no es obligación -ya que completó su instrucción de guardiamarina-, quiere subirse una semana en el viaje que el buque-escuela hace durante seis meses. Con esto, podría subir un grado y convertirse en subteniente. Como para no olvidarse de esa idea, en la mitad de la instrucción se compró un Esmeralda en miniatura, que hoy tiene instalado en su oficina en la Ciudad Empresarial, justo en el costado derecho de su escritorio de viñatero que sueña con el mar.

Más sobre:Diario Impreso

COMENTARIOS

Para comentar este artículo debes ser suscriptor.

Lo más leído

La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

50% Plan Digital+$5.150 al mes SUSCRÍBETE