Diario Impreso

El despegue de Juan Fernández

<P>Una travesía que se tuvo que realizar en dos etapas fue necesaria para llegar hasta el archipiélago y ver cómo los isleños retoman sus rutinas. A un mes del accidente aéreo, son las huellas del tsunami las que se reabrieron.</P>

Esta historia termina a las 2 AM del sábado 15 de octubre. Una fiesta en una ramada con piso de tierra, donde hombres y mujeres, jóvenes y viejos, bailan todos los ritmos que programa un DJ con aspecto de pastor evangélico. La historia termina cuando un hombre que ya pasó los 70 años me cuenta con esos ojos vidriosos que son la mezcla de la pena y el alcohol, que su esposa y su hija murieron hace 35 años en el único accidente aéreo con víctimas fatales que había tenido la isla Robinson Crusoe antes de que el 2 de septiembre un Casa 212 de la Fach se estrellara en el mar con 21 pasajeros.

-Mi esposa, señorita -me dice Manuel Recabarren-, había ido al continente para tener guagua. Venía de vuelta con mi hijita, cuando el avión se perdió en el mar.

Suenan de fondo los corridos mexicanos y sigue el baile. Esta noche uno de los cuatro clubes deportivos de la isla celebra 60 años. Se trata de El Nocturno. Varias horas antes, la sicóloga de la posta me había advertido de la importancia de esos centros. Karin Ulloa los llamó la base de la organización social de Juan Fernández -pues todo el poblado milita en alguno-, y los calificó de "eje articulador del proceso emocional".

-Nunca más me casé-, cuenta Recabarren.

De la historia de ese viejo me habían hablado hacía 11 días, cuando partimos por primera vez al archipiélago para saber cómo vivían el duelo y retornaban a la normalidad, tras la caída del avión.

La primera parte de esta historia comienza a un mes y un día del accidente del 2 de septiembre. Comienza sobre la barcaza Chacabuco de la Armada -el medio más barato y utilizado por los isleños para ir y volver del continente. Esta zarpa desde Valparaíso la mañana del 3 de octubre con unos 50 pasajeros, que se distribuyen por género: las mujeres a estribor, los hombres a babor; en ambos sectores se abre paso un largo pasillo flanqueado por tres literas alineadas de manera vertical en cada pared. Las barcazas están diseñadas para transportar infantes de marina y eso se siente.

Entre el balanceo del barco, las temperaturas fluctuantes en esos pasillos y sin más luz que la artificial, es fácil perder la noción del tiempo. Más, cuando el segundo oficial a bordo informa que estiman un viaje de 34 horas. En las bodegas se apiñan 198 toneladas de arena, madera y cemento para la reconstrucción de la isla Robinson Crusoe.

En ese primer viaje, en el comedor de suboficiales, donde algunos matan el tiempo -y por la noche se oye el sonido surrealista de un saxofón tocado por el cocinero-, se escuchan relatos que explican por qué el fatalismo ha moldeado el carácter de los isleños. Cuando a las 10 horas de navegación Teresa se entera de que un motor de la barcaza tiene problemas, le dice a un improvisado interlocutor: "Es el destino nomás, hay que dejarlo". Sin mediar comentario, continúa, porque lo que motiva a Teresa es el desahogo. "En otro viaje yo venía en el buque desde la isla para el continente, y a las pocas horas se averió el motor, el capitán nos pregunta si queremos seguir. Nos tomaría tres días llegar a puerto. Votamos por seguir, llegamos el jueves a Valparaíso y el viernes vino el tsunami y se llevó a mi niño… Si yo hubiera estado allí".

Ese niño era su nieto y el mar le devolvió su cuerpo días después. En la noche de este 3 de octubre, cuando el comandante de la Chacabuco anuncia por altoparlante que la avería no ha podido ser resuelta y que retornamos a Valparaíso, Teresa repite: "Es el destino nomás".

En el mismo comedor, el concejal de Juan Fernández Leo Rojas comienza a organizar un chárter para volar hasta la isla. Desde el accidente del Casa 212, me cuenta una isleña, "sólo los valientes vuelan". Leo quiere hacerlo, pero sus dos hijos de menos de 12 años vieron mucha televisión para el accidente y ahora le temen al avión. Los niños pasan las casi 22 horas de este primer viaje frustrado en la Chacabuco botados en sus literas por el mareo. Leo, quien también es intermediario en la venta de la langosta, calcula en voz alta: "Entre sábado, domingo y lunes los pescadores han atrapado unas mil langostas, si las mando en el avión al continente el jueves…". Y suma que con eso podría costear parte de los $ 2,4 millones que saldría el chárter. "¿Quién se anima a viajar conmigo?", pregunta a sus amigos en el comedor.

El 14 de octubre lo encuentro en una calle de la isla y le preguntó por qué no tomó la barcaza, que tras reparar su avería volvió a zarpar desde Valparaíso el martes 12.

-El mareo les quitó el miedo a volar a los cabros chicos-, se ríe.

Cuando el 27 de septiembre las autoridades finalizaron la primera fase de la Operación Loreto, la que se focalizó en la búsqueda de cuerpos y del fuselaje del avión, la isla ya había comenzado a retomar su ritmo cotidiano. Para un lugar que hace un año y medio fue golpeado por el tsunami, que los cerca de 900 efectivos militares y civiles que coparon la isla en las primeras dos semanas tras la caída del avión se fueran, fue un alivio. Así se lee de la explicación que da la sicóloga de la posta, que llegó a vivir acá tres días después del maremoto. "La presencia de los buques, de los helicópteros, la población flotante, los periodistas… Desde ahí se evocaron muchas cosas relacionadas al tsunami, desde la sensación de vulnerabilidad, la soledad de estar acá, de las necesidades".

O sea, más allá de aquellos que conocían personalmente a algunas víctimas, la caída del Casa 212 removió el espíritu isleño, porque allí el tsunami no es tema del pasado. "Estamos en un proceso de una reconstrucción material que ya se nota. La reparación emocional ha sido más lenta", agrega la sicóloga.

Si las pérdidas humanas son un proceso lento de digerir, más lo es en el poblado de 850 personas donde todas las familias tienen algún grado de parentesco. Un nieto desaparecido para un Martínez es un sobrino de los Recabarren, primo en algún grado de los Chamorro o sobrino de los Green. Cada una de las 14 víctimas isleñas del 27/F alcanza a varios núcleos familiares. Un efecto secundario de la endogamia local.

El cruce de las dos tragedias se respira en el living de la casa de paneles que Ximena Green levantó en siete días gracias a la donación que le hizo Cristián Goldberg, dueño de Termo Plast y proveedor del Desafío Levantemos Chile, la fundación de Felipe Cubillos, quien murió en el avión. Goldberg le regaló los materiales cuando se enteró de que el tsunami le había llevado su casa, unas cabañas y su hotel.

Cuando fue lo del avión, Ximena acompañaba a su hija en el sur. Desde allá habló con su esposo, Willy Martínez, un experimentado pescador de langosta que desafió a la Armada la noche del 2 de septiembre para salir a buscar víctimas. "Yo me enteré por la televisión de que mi marido había encontrado un cuerpo. Cuando hablamos me sorprendió, porque lo noté muy tranquilo, muy pausado, tenía otra voz. Me dijo que había encontrado a una primera persona y que eso le había dado tranquilidad por la familia de esa mujer". Ximena hace una pausa. Se queda rígida, y sigue: "Porque a Joaquincito no lo pudimos encontrar… Esto le dio una paz interior súper grande a Willy". Fue como saldar una deuda con el mar, pues el 27/F ellos perdieron al "Puntito", su nieto de ocho años.

Una foto en el living es de Joaquín. La otra, de Francisca Cooper, la joven que murió en el tsunami de Tailandia en 2004. Porque cuando la ola arrastró los dos primeros pisos de su hotel y Ximena quedó atrapada y a la deriva en el tercero, cuando ella pensó que todo terminaba ahí, se le vino la imagen de un color blanco y de Francisca y pensó: "Pobrecita, cómo habrá sufrido… Yo creo que ella fue mi luz".

A los dos días de encontrar el cuerpo, su marido dejó la isla. Willy Martínez, con otros 13 pescadores y cinco botes, inició la travesía de 819 kilómetros de mar rumbo al norte, hasta las Desventuradas, las islas San Félix y San Ambrosio. La partida de ese grupo fue el primer indicio de que Robinson Crusoe retomaría su curso, pues cada 1 de octubre se levanta la veda de captura de langosta, que dura hasta fines de mayo.

Con los días, más pescadores fueron dejando las labores de búsqueda y se ocuparon en armar las trampas para langostas. A mediados de septiembre, unas 12 embarcaciones partieron para Alejandro Selkirk, la isla a 180 kilómetros de Robinson Crusoe. Otros 120 botes se quedaron en la Bahía Cumberland, pues capturan en esa zona. "De las tres islas, el año pasado se sacaron más de 110 mil langostas", cuenta Marcelo Rossi, presidente del sindicato de pescadores.

Para conversar debemos bajar unos metros hacia la playa y protegernos del viento. Toda la mañana ráfagas con fuerza patagónica aparecen de improviso, empujan, levantan agua y polvo e impiden seguir una conversación. Son tan sorpresivas, que la tarde anterior, al descender de la barcaza Chacabuco para tomar el zodiac que llevaría a los pasajeros hasta el muelle, una de esas ráfagas entró de improviso. En cuestión de segundos, el mar se levantó y hubo que afirmarse en cubierta. Cuando el comandante salió al puente a ordenar que no se trasladara a más de ocho pasajeros por viaje, dijo que esa ráfaga había sido de 40 nudos. La misma velocidad que tenían los vientos que se cruzaron en la pista del aeródromo la tarde del 2 de septiembre, cuando el avión tuvo que rehusar el aterrizaje.

El sostén económico de la isla es la langosta. Según las cifras que da Rossi, sin IVA, o sea lo que recibe un pescador por la venta de cada unidad, varía entre $ 8.000 y $ 8.500. Así, el año pasado, los pescadores recibieron unos $ 900 millones. La pesca más abundante es en San Ambrosio; la menos, en Robinson Crusoe.

Lo vemos esa tarde cuando zarpamos con Wilson González y su sobrino Alberto Vergara para recoger trampas. El bote es de fibra de vidrio, esa es la preocupación de los pescadores por estos días, pues desde que el año pasado comenzaron a exportar langosta a Europa les elevaron las exigencias sanitarias. Una de ellas es abandonar los tradicionales botes de madera.

El mar dejó de moverse a media mañana y la Capitanía levantó el cierre de puerto que había durado tres días. Wilson y su sobrino recogen siete trampas, recambian las carnadas con anguilas frescas y chequean en cada trampa si las langostas tienen la medida de 11,5 centímetros de caparazón. En la primera trampa, sólo una de las cuatro atrapadas da el largo. Acostumbrados a que unos días se gana y en otros no, devuelven el resto al mar. Al final del recorrido de casi dos horas, regresan con sólo dos langostas.

En el camino de retorno, Alberto cuenta que para el tsunami el mar se llevó su casa con él adentro, que se salvó de milagro y que las heridas que le ocasionó lo tuvieron tres meses en el Hospital Van Buren de Valparaíso.

-¿Y ustedes participaron de las labores de rescate?-, les pregunto.

- No, nosotros regresamos el 14 de septiembre, veníamos de pasar el invierno en el continente.

Más tarde, lo vuelvo a encontrar, y mientras me detalla cómo se salvó de las tres olas, veo a un Alberto más triste. La sicóloga Ulloa ya me había dicho que "la reconciliación con el mar, el que les quitó sus familiares, sus fuentes de trabajo, sus hogares, ha sido un proceso difícil". Los pescadores, además, son los más reacios a su consulta.

En la Posada del Pirata, una casa con una amplia baranda con vista a la bahía, hay en una esquina del comedor un rincón dedicado a Felipe Camiroaga y al equipo de TVN. El 2 de septiembre allí quedaron esperando al grupo. Era la tercera vez que el animador se alojaría en el hostal. Dos fotos de Camiroaga abrazado a la dueña del lugar -Marcela Recabarren-, una carta que éste le escribió agradeciéndole a la "pirata" más amable del Pacífico y un libro de condolencias con el logo de TVN.

Los isleños hablan de "El Felipe". Acá en la isla lo conocían. Ximena Green cuenta que lo vio por primera vez cuando él era un adolescente delgado y moreno y pasó aquí un verano. La nieta de 11 años de Marcela me cuenta que "la panna cotta era su postre favorito". Para otros, era un famoso que caminaba por la isla con la tranquilidad de cualquier turista. "Camiroaga -nos dirá la sicóloga- era reconocido como parte de la comunidad, y con Felipe Cubillos estaba el tema del agradecimiento por la escuela y el trabajo con los microemprendedores". En el colegio modular, un cartel de cartulina roja platinada da la bienvenida: "Gracias. Hasta siempre". A un costado, otro dice: "Felipe Cubillos, gracias".

Antes de tomar un vuelo hacia el continente, Felipe Paredes, el concejal que quedó esperando en la pista a que aterrizara el Casa 212, asegura que "las tres primeras semanas de la Operación Loreto fueron súper intensas. Ahora, la isla está arriba de nuevo". El mismo busca fórmulas y arma campañas para que el turismo -la otra fuente de ingresos- no se vea tan afectado. Rossi, quien también es operador turístico, calcula que este verano llegará menos de la mitad de los habituales mil turistas.

Junto al muelle, al borde de la bahía, Julio, un pescador a quien nunca le gustó el mar porque se mareaba, realiza sin descanso un oficio que aprendió de su padre: repara botes de madera. Clava y desclava una tabla de la quilla, y con un diablo saca a tirones la madera corroída, mientras me responde que "el accidente yo no lo sentí mucho. No conocía a nadie".

Sólo se detiene después que le pregunto si el perro que está a su lado es suyo.

-No, no tengo perro yo. También lo perdimos en el tsunami. Tenía un labrador lindo, y dos perritos que no se salvaron.

Ahí deja de trabajar, mira el mar, se suena la pena y continúa:

-Lo que lloro es mi familia. Perdí a mi mamá, perdí dos hermosos nietos regalones, eso es lo que lloro. Eso no se recupera. De eso no he podido sanar-, dice, y enciende una lijadora que ya no deja escuchar.S

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