Los costos de la guerra contra Irán
El acuerdo para poner fin a la guerra en Medio Oriente es bienvenido, pero deja más dudas que certezas no solo por su fragilidad sino porque ninguno de los objetivos anunciados por EE.UU. al inicio de la guerra parece haberse cumplido.
El anuncio del acuerdo entre Estados Unidos e Irán para poner fin al conflicto entre ambos países fue bien recibido el domingo de la semana pasada. Acabar con una guerra que ya se extendía por más de 100 días con un alto costo en vidas humanas y una severa alteración de la economía mundial no puede ser más que una buena noticia. Sin embargo, los hechos posteriores han dejado en evidencia la fragilidad del pacto. La suspensión de la cita del viernes pasado en Suiza tras los ataques de Israel a Líbano -que finalmente se llevó a cabo ayer-, y las confusas declaraciones sobre el estado del estrecho de Ormuz demuestran que el camino que se inicia será difícil y es aventurado asegurar hoy que concluirá con éxito.
Pero además de la fragilidad del pacto son los términos del memorándum de entendimiento acordado entre las partes -y firmado por el Presidente Trump en Versalles-, los que instalan interrogantes aún más profundas. Pese a que el Presidente de Estados Unidos, en su habitual estilo, aseguró que se llegó “a un gran acuerdo, que traerá paz y seguridad a toda la región”, lo cierto es que los 14 puntos que contempla el documento están lejos de garantizarlo. Si bien tras su entrada en vigor a mediados de semana se reabrió el estrecho de Ormuz, iniciando así la normalización paulatina de una ruta clave para el normal funcionamiento de la economía mundial -por donde transita el 20% del petróleo que se consume en el mundo, además de otros insumos clave como fertilizantes o gas natural-, los términos en que este operará en el futuro siguen en duda.
En el punto 5 del memorándum, por ejemplo, se sostiene que si bien “el tráfico de naves comerciales se reanudará inmediatamente” cuando entre en vigor el acuerdo, también se agrega que “la República Islámica de Irán llevará adelante un diálogo con el Sultanato de Omán para definir la futura administración y servicios marítimos del estrecho de Ormuz”. Un punto que no deja claro si las condiciones de tránsito por esa vía se mantendrán en los mismos términos que había antes del inicio del conflicto, reafirmando que Teherán tomó conciencia del poder que reside en el control del estrecho. Ello, sumado a los compromisos asumidos por EE.UU. para liberar fondos iraníes embargados y el desarrollo de un plan de US$ 300 mil millones para apoyar a la reconstrucción de Irán, agregan legítimas interrogantes sobre los alcances del acuerdo.
Las mismas dudas surgen sobre los objetivos militares alcanzados. Cuando se iniciaron los ataques, tanto el Presidente de Estados Unidos, como el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, aseguraron que uno de los objetivos era el cambio de régimen en Teherán. Sin embargo, poco más de 100 días después, este no solo sigue en pie, sino que, al margen de la muerte de su líder supremo, quienes hoy dirigen el país provienen del ala más dura del régimen. Ningún cambio se logró tampoco en el tema nuclear, al punto que el acuerdo solo plantea el inicio de un proceso de negociaciones, el que ya estaba en pie antes del inicio de la guerra. Así, lejos de traer más seguridad a la región, la guerra tuvo un alto costo para la economía mundial, debilitó a EE.UU., tensionó las relaciones con sus aliados y dejó a un régimen iraní envalentonado. A todas luces un mal balance.
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