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Catalina Gracia Hinke: “La conversación sobre pantallas no puede seguir siendo sólo sobre prohibir”

La autora y divulgadora chilena acaba de lanzar Tono y Tino y las Pantallas, un cuento desarrollado en colaboración con la Fundación para la Convivencia Digital que invita a acompañar a niños y niñas en el mundo digital desde la comprensión y no únicamente desde la prohibición. “Necesitamos ayudar a los adultos a entender que detrás de muchas dificultades relacionadas con las pantallas hay un cerebro en desarrollo. La comprensión no reemplaza los límites, pero sí transforma la manera en que los ejercemos”, dice.

Durante años Catalina García, madre y publicista, terminaba noches “hecha bolita” llorando en la cama. Su hijo mayor tenía intensas desregulaciones tras el nacimiento de su hermana y ella sentía que nada de lo que hacía funcionaba. “Tranquila, es una etapa”, “tienes que ser más firme”, le repetían. Ella intentaba seguir esos consejos, pero la sensación era siempre la misma: cada intento parecía empeorar las cosas.

“No podía ser que mis días con mi hijo fueran gritarle a la persona que más amo, pensar ‘no lo soporto’. Después me iba a la cama llorando, sintiéndome la peor mamá del mundo, con una sensación en la guata de que esto no estaba bien”, recuerda.

El punto de inflexión llegó cuando alguien le habló del cerebro infantil y de la neurociencia detrás de las conductas de los niños. “Fue como que alguien le hubiese puesto subtítulos a esta cosa que yo sentía: él hablaba en chino, yo en ruso y no nos entendíamos. Literalmente fue ese pedacito de información que me hizo cambiar el switch, cambiar la mirada a mi hijo, a sus conductas y también al rol que yo tenía que cumplir como mamá”, dice.

A partir de ahí no paró de buscar información, investigar y estudiar. Con los años se convirtió en autora y divulgadora de neurocrianza, se certificó en Disciplina Positiva y convivencia digital y cursó un Máster en Inteligencia Emocional y Neurociencia. Y mientras más aprendía, más rabia le daba pensar por qué ese conocimiento no era de dominio común. “Todo el mundo te enseña que el estómago viene inmaduro y que los niños pueden o no pueden comer ciertas cosas. Eso lo sabe todo el mundo. Pero ¿por qué nadie te explica que el cerebro viene más inmaduro todavía? No se demora un año en madurar, se demora 25 años. Y nos dejan improvisando con lo más importante para la convivencia social, que es entender las conductas”.

De esa convicción nació Tono y Tino, su primer cuento, con el que busca traducir conceptos de neurociencia a un lenguaje simple para que niños y adultos puedan comprender mejor qué ocurre en el cerebro durante el desarrollo. Después de su publicación, las consultas de otras familias comenzaron a multiplicarse. Hoy Catalina realiza charlas, talleres y acompañamientos personalizados, donde trabaja con padres que, muchas veces, llegan sintiéndose igual de perdidos que ella se sintió alguna vez.

—¿Qué tienen en común las familias que llegan a ti?

La mayoría llega muy mareada. Han escuchado distintas recomendaciones, les dijeron una cosa, después otra, y no saben por dónde partir. Sin buscarlo, me di cuenta de que había un orden para avanzar y terminé transformándolo en una metodología.

El primer paso es entender el cerebro. Si tú no entiendes qué son las desregulaciones, que es la palabra correcta para hablar de una pataleta, y las abordas de la manera tradicional, con castigo o con crítica, ya estás partiendo mal. Estás poniendo a un cerebro a la defensiva y ese cerebro no va a escuchar.

Primero tienes que saber calmar ese cerebro. Después viene la empatía y hacer sentir al otro reconocido. Recién ahí puedes hablar de límites. Porque no es lo mismo que una conducta venga de los celos o de la rabia. Si no entiendes qué emoción hay detrás, no sabes qué necesita ese niño.

Cuando echas a andar esos tres pasos empiezas a conocerte más a ti mismo, a tus hijos y a tu familia. Dejas de reaccionar y empiezas a ser un papá o una mamá más proactivo. Empiezas a identificar patrones y a construir tus propias estrategias.

—En los últimos años la llamada crianza respetuosa también ha empezado a recibir críticas. Hay padres que sienten que terminó convirtiéndose en una nueva fuente de exigencia. ¿Compartes ese diagnóstico?

Absolutamente. De hecho, quienes nos dedicamos a esto usamos cada vez con más cuidado el concepto de crianza respetuosa, porque terminó cargándose de una imagen muy perfeccionista, como si existiera una única forma correcta de ser un buen papá o una buena mamá. Pero ahí hay un error de concepto. Respetuosa también significa respetarte a ti mismo, enseñarles a tus hijos que tienen que respetar tus tiempos, tus espacios y tus límites.

Por eso hoy prefiero hablar de una crianza humana. Hablar de una crianza humana la hace ver más real. No somos perfectos y una de las cosas que más enseño es que tus hijos no necesitan que lo hagas perfecto. Necesitan verte equivocarte, necesitan verte enojada y también verte pedir perdón. Esa también es una parte del entrenamiento que necesitan para la vida.

Hay un error en querer hacer todo perfecto. Muchas veces le digo a una mamá que va a estar una semana sola con dos niños chicos: ‘Suelta. ¿Qué vas a soltar? Si esta semana les quieres dar tallarines con salsa todos los días, ¿qué importa? No les va a pasar nada. Prefiero que cuides tu bienestar emocional y el de tus hijos antes que intentar cumplir con una lista imposible’. Yo no quiero que las familias carguen con otra exigencia más.

Tono y Tino y las pantallas

Uno de los temas que comenzó a aparecer con fuerza en su trabajo con familias fue, cómo no, el uso de las pantallas. Escenas como un niño que se niega a apagar la tablet, padres agotados repitiendo por última vez que ya es suficiente o interminables negociaciones para conseguir “cinco minutos más” se han vuelto parte de la rutina de muchos hogares.

De ahí nació Tono y Tino y las pantallas, el segundo libro de la serie, que se lanza oficialmente este martes y fue desarrollado en colaboración con la Fundación para la Convivencia Digital, dirigida por la experta Soledad Garcés, y cuenta con el respaldo de Amanda Céspedes. A través de los mismos personajes del primer cuento, la publicación busca explicar qué ocurre en el cerebro infantil frente al mundo digital y entregar herramientas para que familias y educadores acompañen el uso de la tecnología desde la comprensión y no solo desde la prohibición.

—Hace un momento decías que no quieres que las familias carguen con una exigencia imposible. ¿Cómo se conversa sobre pantallas sin transformarlas en otra fuente de culpa para los padres?

Lo primero es entender que las pantallas no son el enemigo. El problema es la falta de información y no saber cómo manejarlas. Yo siempre hago una analogía: las pantallas son como un cuchillo. Un cuchillo es súper útil y todos tenemos uno en la casa, pero mal usado y sin criterio puede transformarse en un arma extremadamente peligrosa.

Sabemos que nuestros hijos van a necesitar aprender a usar un cuchillo, pero no los dejamos solos. Primero los acompañamos, después lo hacemos con ellos, luego los vamos mirando y recién cuando vemos que desarrollan esa habilidad los dejamos solos. Con las pantallas debería pasar exactamente lo mismo, solo que estamos hablando de algo mucho más complejo.

—Entonces, ¿qué es lo primero que deberían entender los padres?

Que cuando los niños son pequeños el principal problema no es el contenido, sino lo que las pantallas desplazan. Cada vez que un niño está frente a una pantalla deja de hacer otras cosas que son fundamentales para el desarrollo de su cerebro: jugar, interactuar con otras personas, manipular objetos, conversar con su familia. Esa es una ventana de crecimiento que no vuelve a repetirse con la misma intensidad. Después esas habilidades se pueden desarrollar, sí, pero más tarde y más lentamente.

Muchas veces pensamos que es solo un ratito para entretenerlos, pero esa entretención termina reemplazando experiencias que sí alimentan el desarrollo cerebral. Y, a veces, también reemplaza algo igual de importante: el tiempo compartido con los adultos.

—Pero en la práctica hay madres y padres que llegan agotados y recurren a las pantallas porque simplemente no tienen otra opción.

Y por eso justamente no quiero agregar otra exigencia imposible. Si una mamá está sola, está pasando por una semana muy estresante y por querer hacerlo perfecto va a terminar peleando con sus hijos o gritándoles, prefiero que use una pantalla, pero una pantalla con criterio. Ojalá no un celular, ojalá no videojuegos, y que sea un recurso excepcional, no la regla.

Mi invitación no es a vivir con culpa, sino a informarse. Entender en qué etapa están nuestros hijos, qué necesitan y a qué se están exponiendo. Porque cuando primero entendemos nosotros, después podemos conversar con ellos y ayudarlos a desarrollar criterio. Ahí deja de ser una imposición y pasa a ser una decisión que también pueden comprender.

—¿Quién necesita más estos cuentos: los niños o los adultos?

Siempre digo que mis cuentos son libros para adultos disfrazados de cuentos para niños. Lo que busco es que los papás entiendan primero estos conceptos y después puedan conversarlos con sus hijos desde un lenguaje simple. Por eso todos los libros parten con una breve introducción para los adultos. Les digo: “Son cinco páginas, por favor léanlas”.

La idea es que después el cuento haga el resto. Ya no tengo que explicarte toda la neurociencia. Si un día te digo ‘a tu oso le bajó la música’, vas a entender de qué estamos hablando. Los niños también lo entienden y empezamos a compartir un mismo lenguaje.

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