Editorial

Tensiones en la OTAN por Groenlandia

Si bien el Presidente de EE.UU. echó pie atrás en su idea de presionar con aranceles a la UE y descartó el uso de la fuerza en su pretensión por hacerse de la isla, su amenazante actitud pudo haber abierto una grieta de desconfianza dentro de la OTAN.

REUTERS/David Dee Delgado//File Photo David Dee Delgado

Desde que Donald Trump asumió su segundo mandato ha sido consistente en cuanto a que Groenlandia es de interés para la seguridad exterior de Estados Unidos -ante el avance ruso y chino-, y ha retomado algo que ya había planteado en su primera Presidencia. El tema no es novedoso dado que ese país desde comienzos de la Segunda Guerra Mundial, luego de la ocupación alemana de Dinamarca y que bajo un acuerdo con el embajador del gobierno danés de entonces, tomara posiciones en la isla para evitar que pudieran hacer uso de ella los germanos. Luego, con la Guerra Fría, la necesidad de tener bases permanentes llevó a las partes a firmar el Tratado de 1951, modificado en 2004, que sin cesión de soberanía otorga facilidades para la existencia y operación de bases allí.

Sin embargo, la afirmación de Henry Kissinger en cuanto a que “Estados Unidos no tiene amigos ni enemigos permanentes, solo intereses”, en las últimas semanas ha adquirido una preocupante connotación desde que el Presidente Trump señaló que obtendría Groenlandia “por las buenas o por las malas”, amenazando con aplicar aranceles a ocho países europeos, cuando recién, a mediados del año pasado, terminaron las duras negociaciones tarifarias entre Estados Unidos y la UE.

La semana en Davos del Presidente Trump comenzó con “quiero negociaciones inmediatas para volver a discutir la adquisición de Groenlandia”, para luego terminar anunciando que había establecido un “marco de un futuro acuerdo sobre Groenlandia” con el secretario general de la OTAN -donde no se habría hablado de cesión de soberanía danesa-, renunciando al uso de la fuerza y dejando sin efecto el alza de aranceles.

La fuerte presión interna que recibió incluso desde el sector republicano y el contundente rechazo de la UE probablemente explican este giro de Trump en apenas unos días. Se trata en todo caso de un paso positivo, sugiriendo que después de todo el Mandatario no es tan libre para hacer lo que le plazca, pero que en todo caso no despeja las dudas que su actuación va sembrando en la relación de Estados Unidos con la Unión Europea y la OTAN, sin que exista garantía de que las relaciones con quienes han sido sus aliados continúen con normalidad.

Si bien fue acertado hace algunos meses que Trump exigiera un aumento de la contribución de la propia Europa a su defensa, lo que está ocurriendo ahora tiene otro cariz. La OTAN, desde su origen a partir del Tratado de Washington, y en especial su artículo quinto que consagra el principio de defensa colectiva -del que Estados Unidos fue beneficiario luego del 11/9-, se basa en la confianza recíproca, y es lo que ha permitido que sea un factor de estabilidad. Que ahora sea el socio principal quien aparezca como una posible amenaza y que Trump lo justifique señalando que solo él puede defender el territorio insular y por eso lo necesita en propiedad -cuando es una obligación de la Alianza-, no hace sino debilitar a la OTAN, lo que ciertamente es un hecho inédito. Si finalmente echó pie atrás respecto a su estrategia inicial con Groenlandia, no se entiende la utilidad de ella, porque el efecto práctico es que pudo haber abierto una grieta de desconfianza dentro de la OTAN.

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