La historia más triste del fútbol

Fue un central rudo e implacable en la década de los 60 y los 70. Llegó al Pachuca mexicano con cinco dólares en el bolsillo y visitó el infierno muchas veces. Pero vivió para contarlo. Hoy, con cinco operaciones encima y 72 años a cuestas, El Chacal Iturra, el motivador espiritual de las micros de Santiago, recibe a La Tercera en su casa de la Población Alessandri de Pedro Aguirre Cerda. Éste es el crudo relato de su vida, su increíble viaje de supervivencia.


Hubo un tiempo en el que Enrique Iturra fue un Chacal, uno de verdad. Aunque hoy, viéndolo tumbado bocarriba sobre la cama de su pieza, sin poder apenas moverse, cueste esfuerzo creerlo. Lo fue en su juventud, cuando era jugador de Trasandino, Ferroviarios, Naval de Talcahuano y Santiago Morning, cuando todos lo veían como el más temible defensa central del Ascenso y cuando no tenía, como tiene hoy, una maldita úlcera carcomiéndole la mitad inferior del cuerpo. Pero al final de su larga travesía por el fútbol, con escalas en México y El Salvador, las cosas simplemente se torcieron.

Es jueves en la despiadada Población Alessandri de la comuna de Pedro Aguirre Cerda cuando el ex futbolista de 72 años abre a La Tercera las puertas de su casa, una destartalada construcción en penumbra plagada de habitaciones insalubres, de dos pisos de altura, pasillos estrechos y angostas escaleras. El último refugio del Chacal, el lugar donde sobrevive, más solo que nunca pero rodeado de gente. “Tengo una úlcera. Tengo problemas en las piernas, pero también en el estómago. Por ahí defeco. Tengo cinco operaciones, sellados los intestinos y usted me encontró solo porque gran parte de mi vida he estado solo. Estoy solo”. Así, con esta durísima confesión es como Enrique Iturra se presenta, mientras muestra, con una extraña mezcla de orgullo y de miedo, las cicatrices profundas que surcan su abdomen, literalmente abierto.

La pieza del Chacal se encuentra en el segundo piso y no debe medir más de cinco metros. Comunica con una segunda estancia, más pequeña todavía, que hace las veces de cocina y donde la escasa loza ha sido devorada por la suciedad, acumulada probablemente durante mucho tiempo. En el resto de las habitaciones viven familias enteras. “Tengo haitianos, peruanos, dominicanos, paraguayos, chilenos, pero pagan con chirlitos. Esto es una asociación de derecho y están esperando a que me muera para venderla”, manifiesta, sonriendo, como si nada de lo que ocurre a su alrededor -de lo que a él le ocurre- en el fondo importase. Pero le duele. Le duelen las heridas, le duele la distancia con sus hijos (Antonio José y Anabella), le duele la ausencia de su ex mujer, y hasta el fútbol le duele. El desdén del fútbol: “No ha ido nadie a verme. Le di el número al Sindicato para que me fueran a ver a la clínica y ni preguntaron si me estaban dando una atención. Nadie”, reitera, mientras rebusca entre las montañas de papeles que inundan su ingobernable pieza, viejas fotografías del pasado, de aquellos maravillosos años 70, recuerdos estáticos de una felicidad pasajera.

“Mira, ésta es del curso de entrenador”, exclama de pronto, mientras recoge con esfuerzo del suelo, que presenta en algunos sectores manchas de sangre y deposiciones, una vieja fotografía en blanco y negro. “Ahí está Pellegrini, ahí estoy yo, ahí está Salah… ¿Usted cree que yo le he pedido plata? Nunca. Lo que yo he pedido es hora para hablar con Salah. Pero nunca está. ‘Anda en El Cairo’, ‘anda en Brasil’, me dicen. Lo intenté montones de veces, pero está ocupado, no tiene tiempo. No, no, no. ‘Arturo no se encuentra’, ‘anda de viaje’”, murmura, situando el dedo índice sobre la cabeza del hoy presidente de la ANFP.

Formado en las divisiones menores de Unión Española, Enrique Kiko Iturra, nacido en Santiago el 27 de julio de 1946, consiguió hacerse un nombre en el mundo del fútbol gracias a su encomiable esfuerzo y a su pierna fuerte. No fue nunca un zaguero particularmente elegante ni talentoso, pero su ADN de barrio, sus 188 centímetros de estatura y su sugerente sobrenombre, le bastaron para ir creciendo. “El fútbol del Ascenso era entonces mejor que el de Primera, que era casi de mantequilla, pero yo nunca en mi vida quebré a nadie. Un día jugué contra Beyruth (delantero de Colo Colo) y le pegué una patada en el pecho. Y me dijo: ‘Hijoputa, juega fútbol’. Y yo le dije: ‘Te voy a matar, te voy a quebrar, te voy a dejar en silla de ruedas’, y se fue a jugar de defensa”, recuerda, antes de estallar en una sonora carcajada. “Lo del Chacal me lo pusieron en un partido en San Eugenio -prosigue-, jugando en Ferroviarios. El Chico Gómez (Fernando) agarró la pelota y empezó a eludir a uno, a dos, a tres. Y a mí se me arrancó la moto y salí encima de él, como el toro cuando se tira sobre el torero. Y como el Chico pesaba como 63 kilos y me llegaba por el ombligo, lo levanté en el aire de la patada”, relata. Y al hacerlo se le ilumina el rostro y rejuvenece.

El vuelo

Fue en 1973 cuando el Chacal Iturra se cansó del fútbol chileno y decidió emprender una nueva aventura en el extranjero. Se presentó en el aeropuerto de Santiago acompañado por su madre con cinco dólares en el bolsillo y se subió en un avión a México. “Mi hermano, que estaba en Australia, me prestó la plata para el viaje. Llevé cosas para vender: zapatos de fútbol, perfumes, artículos de (la textilera) Oveja Tomé… y salía a la calle a venderlos para pagar el hotel”, recuerda. El defensor central viajaba solo, pero en aquellos años el país azteca ya había empezado a ser colonizado por los primeros jugadores chilenos.

“Me fui a ver a Alberto Quintano, que lo conocía de la selección juvenil porque en ese tiempo me habían sacado a mí, que era titular, para traerlo a él, un tieso que era peor que un poste. No tenía cintura, era tronco y yo jugaba más que él porque era de barrio. Pero en México me recibió, y también los otros chilenos, Reinoso, Hodge y Pata Bendita, aunque eran todos vacas. El día que me iba les pedí cinco dólares para ir al aeropuerto y me los negaron”, dispara. Y la aventura azteca del Chacal, que viniendo de la Segunda División chilena había conseguido llegar a vestir la camiseta del prestigioso Pachuca, no terminó del todo bien. “Jugué en el Pachuca, sí, pero fracasé. El equipo descendió, tuve tifus y conocí una niñita como de 15 años bien simpática y me anduve entusiasmando. Yo tenía 24 y un día llegó Inmigración y me dijo: ‘Te tienes que ir en 15 días’. Creo que fueron los padres”.

Pero lejos de rendirse, el Chacal Iturra continuó perseverando. Y aterrizó en San Salvador el mismo día en que arrancaba en el país centroamericano el torneo de fútbol salvadoreño. “En el aeropuerto dije: ‘Chucha, que estoy cagao, nadie me despidió en México’. Pero en El Salvador pregunté por el Chueco (Miguel) Hermosilla, le regalé un buzo que había robado y estuve después detenido por jugar fútbol siendo turista”, asegura riendo. Pero sus pasos como jugador profesional por las filas del Alianza, el Tapachulteca y el Sonsonate terminaron pasando a un segundo plano el día en que conoció a la única mujer de su vida, María Elena Rodas, con la que compartió 15 años de vida, con la que tuvo dos hijos, con la que regresó a Chile y a la que todavía espera. “Aún sigo esperando a mi señora. Le tengo esto -dice, mientras extrae de una bolsa de plástico una hamaca de cuerda-, pero me la quitó uno que la trataba mejor que yo, la llevaba a Viña y tenía más plata que yo, que trabajaba de jornalero. Pero es una mujer divina, la única que está conmigo, que se preocupa de mandarme calcetines, desodorante, arroz, tallarines, leche. Y me aconseja que no hable tanto. ‘Que la boca te mata a ti’, me dice. Ella y mis dos hijos son los que me tienen con vida”, confiesa, regresando de pronto del pasado luminoso a la cruda oscuridad de su diminuta pieza.

Resulta complicado mirar a los ojos a Enrique Iturra y no ver en él a un mártir del fútbol, por más que el balompié -proclama- le haya dejado las enseñanzas más importantes de su vida, como “saber perder y aprender a no ser soberbio ni rencoroso”. Y cuesta esfuerzo porque a su vuelta de Centroamérica, ya retirado y a mediados de los años 80, al Chacal no le quedaba ya nada a lo que aferrarse, nada que perseguir en su travesía nocturna para no perder el norte.

Y la depresión terminó de sumirlo completamente en las tinieblas. Se refugió en el alcohol durante un largo período, al tiempo que iba enterrando a sus seres queridos. “Se murieron casi todos, mi papá, mi hermano, de cáncer. Yo lo cuidaba, le sacaba el pene para orinar, le limpiaba el potito. Le quedó la mitad del cuerpo muerto, ciego, la cabeza hundida”, rememora, agarrándose ahora con las dos manos la camiseta de Australia que lleva puesta. Y fue entonces cuando el Chacal pensó por primera vez en quitarse de en medio: “Lo de Bonvallet… puta que me hubiera gustado haberme matado, pero matarse es una mariconada, es cobardía. Cuántas veces, así como estoy, me pregunté por qué estoy viviendo. Pero no me da el cuero para matarme”.

Y siguió viviendo. Y un buen día, hace ya casi 20 años, decidió subirse a las micros para contar su historia, para tratar de que eso a lo que tan poco provecho había sido capaz de sacarle él, pudiera servirle a otros. Se convirtió en un “motivador espiritual” de la locomoción colectiva santiaguina, en las micros del centro y en “los semáforos de Avenida Salvador”. Ahí se lo encontró la semana pasada La Tercera y lo reconoció.

“Hice cursos de autoestima, porque al chileno le falta autoestima, porque los pobres muchas veces creemos que estorbamos hasta en la muerte”, afirma, incorporándose de pronto lentamente sobre la cama para recitar uno de sus discursos. “Es maravilloso tener los brazos abiertos cuando hay tantos mutilados, poder trabajar cuando hay tantos que mendigan como el Chacal Iturra. Es maravilloso volver a casa cuando hay tantos que no tienen dónde ir”, vocifera, con tono histriónico, antes de culminar su particular perfomance con su sonoro ceacheí que retumba en los vacíos pasajes de la población.

A las cinco de la tarde, el Chacal Iturra se queda por primera vez en silencio. Y los ojos se le humedecen. Hay tres personas -dice- a las que debe agradecer lo que hicieron: “A Carlos Soto, ex presidente del Sifup, que me pagaba la luz y el agua y me venía a dejar remedios; a Pablo Muñoz, el peluquero del barrio, que siempre dice: ‘anda a cortarte el pelo’, y al doctor Rozas, el alcalde, que nunca me cobró una consulta”. “Y si tú me preguntas qué me gustaría ver antes de morir, te diría que ver al futbolista con previsión social”, finaliza, sin haber sido consultado al respecto.

Pese a su delicado estado de salud, Enrique Iturra no quiere despedirse tumbado. Por eso se levanta de la cama y pide una pelota de fútbol. Se la traen dos de los inquilinos de la pieza contigua, dos niños de apenas cinco años, de nacionalidad peruana y paraguaya, que lo miran incrédulos. Y el ex futbolista emprende entonces su camino hacia la tortuosa escalera, mientras sentencia, casi musitando: “Yo no guardo rencor a nadie, todos tienen sus problemas. A lo mejor más problemas que yo. Pero yo no uso la palabra problema, porque se agranda todo mucho, yo digo dificultad. Y todos tenemos nuestras pequeñas dificultades. Yo tengo cinco operaciones, los intestinos sellados y noto que ya me queda poco, pero estoy contento, estoy esperando la muerte con alegría, sonriente”.

Y la entrevista culmina con Iturra tratando de dominar la pelota frente a la puerta de su hogar de siempre. Y con los dos jóvenes propietarios del balón mirándolo atónitos desde la ventana con la certeza de que hubo un tiempo en que el vecino Enrique fue en realidad un Chacal.

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