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Un día en Qatar: Al Zubarah, la ciudad perlera que desapareció bajo el desierto

Desde Doha hasta las arenas del norte, visitamos una urbe abandonada, Patrimonio de la Humanidad del país. Floreció en el siglo XVIII gracias al comercio y hoy recuerda, entre ruinas, una historia de riquezas, estrategia y supervivencia.

Las mañanas en Doha, capital de Qatar, tienen una luz particular, especialmente en otoño. Son cerca de las 9:00 cuando nos reunimos en el Design District de Msheireb, el corazón de la regeneración histórica de la capital.

Rodeados de edificios inteligentes y tranvías eléctricos, el lugar evoca a su pasado como punto de reunión: en árabe antiguo, su nombre significa “pequeña fuente para beber”, recordando la función que tenía ese espacio, un centro social donde se compartía el agua.

Desde ahí, emprendemos ruta hacia el noroeste del país.

Msheireb, ubicado en el centro de la ciudad, era históricamente un punto de encuentro donde los habitantes se abastecían de agua. Su nombre en árabe literalmente significa "lugar para beber".

Nuestro destino será Al Zubarah, un sitio arqueológico que refugia una parte fundamental de la identidad qatarí.

El recorrido es de cerca de una hora en auto, en una línea casi recta de asfalto que cruza el paisaje árido, cercado por escasas áreas verdes.

Al llegar, lo primero que llama la atención es el paisaje ocre. Ahí, donde ahora domina el silencio, y el viento y el mar son los únicos acompañantes, se instaló hace siglos un poblado cosmopolita.

El icónico fuerte de Al Zubarah se levanta en la inmensidad del desierto, y su estructura es sólo la cara de una historia mucho más antigua y compleja.

El secreto de la supervivencia

Si bien el fuerte restaurado está cercano al acceso, el destino principal se encuentra hacia el noreste. La vista se pierde hasta la costa, a unos 2,5 kilómetros, un tramo que recorremos en auto.

Aunque el paisaje es desértico y muy plano, se ven muchos arbustos verdosos. “Son estepicursores”, lanza rápidamente el guía ante mi impresión, pegado a la ventana, y agrega con una sonrisa: “Cuando se secan, se vuelven esas típicas plantas rodantes que uno puede ver en las películas sobre el desierto”.

Al final del camino reposan los restos de la verdadera ciudad de Al Zubarah, fundada en la década de 1760 por la tribu Utub, originaria de Kuwait.

Las vistas aéreas de la antigua ciudad de Al Zubarah revelan un trazado urbano bien definido, evidenciando la planificación deliberada de la urbe.

El guía, un experto que parece conocer cada piedra, primero nos muestra lo que queda del fuerte Al-Murair y explica que era una “estructura vital” que funcionaba en coordinación con la ciudad.

“Solía ser el opuesto al fuerte de Zubarah y era 5 a 6 veces más grande”, precisa, enfatizando la escala masiva que alguna vez tuvo. “Al-Murair era muy importante porque todos los pozos de agua potable para la ciudad estaban ubicados allí”, apunta el guía con gravedad.

Proteger el agua definía la arquitectura y la defensa. “Solía haber dos muros que conectaban el fuerte y la ciudad, y proporcionaban un pasaje seguro para ellos”, comenta, apuntando los trazados de estas fortificaciones, casi borrados por el paso del tiempo y la arena, diseñadas para que su gente pudiera buscar agua sin exponerse al enemigo.

Arquitectura de la privacidad

Caminar por Al Zubarah es recorrer la ciudad comercial perlera mejor conservada de los siglos XVIII y XIX en la región.

A diferencia de otros asentamientos, este fue planificado. Desde el suelo, e incluso en las fotos aéreas, queda en evidencia un trazado en cuadrículas, con calles que se cortan en ángulos rectos y barrios residenciales bien definidos.

Las casas, construidas con un patio central, dicen también mucho sobre la cultura de sus antiguos habitantes. Aunque desgastadas, algunas paredes de yeso y piedra caliza siguen firmemente en pie.

En el centro de las construcciones se situaban los majlis —antiguas salas de reunión y recepción—, espacios que dejan en claro el profundo sentido de comunidad que caracterizaba a la población de Al Zubarah.

Aquí, el guía destaca un detalle arquitectónico diseñado específicamente para la intimidad doméstica.

Al entrar en el área del majlis —la tradicional sala para recibir a los invitados—, comenta que la entrada estaba diseñada como un laberinto, tanto para mantener la privacidad de la casa como por seguridad.

Con este diseño de pasillos que terminan en 90 grados, se impedía que alguien pudiera ver el interior de las viviendas desde la puerta abierta y, en caso de ataques, “retrasaba a los intrusos”, obligándolos a entrar uno por uno.

Otro detalle es el ancho de cada habitación. Eran generalmente estrechas y alargadas, no por gusto, sino porque el espacio estaba limitado por la longitud máxima de los troncos de madera de mangle que importaban desde África Oriental para hacer los techos.

Lujos ocultos

Durante el recorrido aparecen otros detalles que demuestran el estatus de sus dueños. En varias casas, los arqueólogos han encontrado prensas de dátiles llamadas madabis.

Las madabis eran pequeñas habitaciones con canales en el suelo, donde se apilaban sacos del fruto para que, por su propio peso y el calor, liberaran su jarabe, que luego corría por las rendijas hasta vasijas recolectoras.

“Tener esta prensa de dátiles dentro de tu casa era también una muestra de riqueza”, señala nuestro acompañante, mientras muestra los surcos. “Porque normalmente era un proceso industrial del mercado”.

En las excavaciones, los arqueólogos han hallado madabes —prensas de dátiles— que, mediante canales en el suelo, permitían que el jarabe fluyera hacia las vasijas de recolección.

Pero el corazón de la economía era la perla. Al Zubarah surgió debido a su ubicación estratégica cerca de los bancos de ostras. La temporada de buceo se realizaba durante los calurosos meses de verano y atraía a gente de todo el Golfo.

En nuestro recorrido por las ruinas, nos encontramos con un área que retrata este oficio y donde se realizaba la apertura de las ostras, con una especie de mesa realizada con un cúmulo de rocas.

El guía nos recuerda que la imagen romántica actual se aleja de la realidad. “Era un trabajo muy duro y pasaban meses en el mar”, nos cuenta.

Al centro, una estructura de rocas que servía como mesa para la apertura de ostras.

Los buzos trabajaban en parejas: uno tiraba de la cuerda y el otro, con una pinza de madera en la nariz y los oídos protegidos, se amarraba a una piedra para hundirse rápidamente.

A profundidades de hasta 25 metros, reunían tantas ostras como podían en un minuto. “A diferencia de otros lugares donde volvían a casa, aquí salían a comerciar las perlas directamente”, nos explica, resaltando lo global de Al Zubarah.

El comercio tenía su epicentro en el mercado. Pasamos por la zona que alguna vez refugió a cientos de tiendas. Al Zubarah era una “zona de libre comercio”, exenta de impuestos, lo que la hizo rica en su periodo. En las excavaciones se han encontrado cerámicas de China y Japón, y monedas de Europa, probando que estaba conectada con todo el globo.

Ruinas de una antigua calle comercial en Al Zubarah, con distintos negocios a los lados de la calle principal.

El mar como muralla

El recorrido de la antigua ciudad está demarcado por una pasarela y, al acercarse a la orilla, resalta que las aguas son tranquilas y se extienden sin ganar profundidad.

“El nivel no subirá más arriba de tus rodillas y es muy poco profundo por unos 2 a 3 kilómetros”, dice el guía, apuntando al horizonte. Esta geografía no era un inconveniente, sino una defensa natural calculada.

El Museo Nacional de Qatar tiene una sección dedicada a la historia de la recolección de perlas. En la imagen, un maniquí con pinzas en la nariz y la cesta con la que los antiguos pobladores recolectaban las ostras.

Con esta poca profundidad, los grandes barcos de guerra enemigos no podían acercarse a la costa para bombardear. Debían anclar muy lejos y enviar tropas en botes pequeños, lo que daba a Al Zubarah una ventaja táctica invaluable para preparar su defensa.

Curiosamente, la forma de media luna de la costa crea un fenómeno natural y es donde Qatar Museums, organización detrás de Years of Culture y que tuvo a Chile y Argentina como protagonistas de su versión 2025, decidió levantar su proyecto “trashboom”. Debido a las corrientes, todo lo que flota en el Golfo termina eventualmente en esta orilla que, históricamente, traía madera y mercancías perdidas; hoy trae plásticos que son recolectados por proyectos de conservación.

En los últimos años, Qatar Museums implementó el proyecto "Trashboom", instalando una barrera flotante estratégica que intercepta los desechos marinos antes de que lleguen a la costa, facilitando su recolección y posterior reciclaje.

A pesar de eso, su estabilidad comercial no la salvó de la envidia política.

En 1811, la ciudad fue bombardeada e incendiada por Omán, quien la veía como una amenaza comercial. Aunque hubo intentos de repoblarla, fue abandonada definitivamente en el siglo XX, dejando que la arena la cubriera y la protegiera como una cápsula del tiempo.

Al terminar el recorrido por las ruinas, el camino nos lleva de vuelta al fuerte que domina el paisaje. Es fácil confundirse y pensar que es parte de la ciudad original, pero este edificio fue construido mucho después, en 1938, bajo las órdenes del Sheikh Abdullah bin Jassim Al Thani.

El interior del fuerte está pensado desde la defensa de las costas de Qatar, para poder repeler a los invasores.

Su misión no era proteger a los comerciantes de perlas —que ya se habían marchado—, sino vigilar la costa.

Su arquitectura impresiona, con muros inclinados, torres esquineras redondas y cuadradas, y almenas dentadas típicas de la región.

Hasta 1986 fue un puesto policial y militar; hoy, es el guardián que da la bienvenida a quienes vienen a descubrir que, bajo la arena de Qatar, hay mucho más que petróleo.

Los techos del fuerte de Al Zubarah son una muestra sobre cómo eran las techumbres en la antigua ciudad, hechas con madera de manglar.

Como el principal motivo del fuerte de Al Zubarah es la defensa del territorio, cada una de las torres tiene orificios estratégicos por los cuales los guardias vigilaban el entorno. Su diseño permitía observar y disparar tanto a la distancia como en las proximidades, protegidos del fuego enemigo y las balas.

El retorno es hacia el sureste, en automóvil en una pista casi despejada. Como es otoño, el calor no es tan intenso e incluso sorprende a ratos o al esconderse el sol, cuando comienza a refrescar. Qatar deslumbra por su paisaje, pero también por su inesperado clima.

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