Perú: Los días de Sagasti como rehén

Francisco Sagasti camina durante la ceremonia de investidura como Presidente. Foto: Europa Press

En 1996, el actual Presidente peruano fue uno de los rehenes en la residencia del embajador japonés. Estuvo tres días secuestrado, conversó con sus captores y les pidió un “certificado de estadía”.




El 17 de diciembre de 1996, 14 miembros del grupo terrorista Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA), al mando de Néstor Cerpa Cartolini, tomaron por asalto la residencia del embajador japonés Morihisa Aoki, en el barrio de San Isidro, en Lima. Entonces, Perú y el mundo quedaron en shock.

Esa noche se celebraba el cumpleaños del emperador Akihito con una gran recepción. El evento reunió a una gran variedad de figuras, entre políticos, congresistas, académicos y diplomáticos. Entre los asistentes se encontraban familiares del Presidente Alberto Fujimori, Alejandro Toledo y quien desde el martes pasado es el nuevo gobernante del país, Francisco Sagasti.

“Sagasti en esa época era una persona con una presencia muy importante en los medios de comunicación y en la academia. Tenía una larga trayectoria. Promovía un grupo que se inició en el año 92 que se llamó Agenda Perú, que planteaba estudiar durante los siguientes 20 años y así plantear reformas hacia 2021. Era un personaje que estaba muy relacionado con la visión de país. Además, escribía columnas en la revista Caretas, que era muy importante. Era una persona conocida, respetada”, cuenta a La Tercera el periodista peruano David Hidalgo, autor del libro Sombras de un rescate: tras las huellas ocultas en la residencia del embajador japonés.

Fernando Sagasti muestra el pedazo de cartón con la firma del líder de MRTA, Cerpa Cartolini, tras ser liberado en 1996. Foto: Revista Caretas

Cuando ocurrió el asalto a la residencia, Sagasti se encontraba en medio de la multitud. “Trato de caminar, pero algunas personas se están atropellando, empujando y maltratando los unos a los otros; están perdiendo la compostura. Veo un vaso roto frente a la entrada y una mancha roja, no sé si es sangre o vino”, escribióSagasti en un diario que recopila su experiencia durante los tres días que estuvo como rehén y que fue reproducido entonces por la revista Caretas. “Quedamos tirados uno encima del otro sobre las alfombras de un salón que tiene las mamparas abiertas hacia el patio. Recién entonces logro ver a uno de nuestros captores del MRTA, un muchacho nervioso, a quien sus compañeros llaman Lucas. Tiene un radiotransmisor prendido a la camisa de corte militar. Lucas dispara al techo para asegurarse de que sigamos sus órdenes, o quizás se le escapan los disparos por el nerviosismo”, añadió.

Los rehenes fueron divididos en grupos, los cuales fueron destinados a distintas habitaciones, algunos en el primer piso y otros en la segunda planta de la residencia. Uno de los compañeros de cautiverio de Sagasti fue Alfredo Torres, quien ahora ejerce como presidente ejecutivo de Ipsos Perú. “Literalmente, dormimos en el mismo metro cuadrado, porque en cada habitación cabíamos 40 y estábamos muy pegaditos. Él era delegado de salón ante los terroristas. Y yo recuerdo que tenía una posición muy firme contra ellos. En un momento, cuando Cerpa Cartolini, el líder de MRTA, hace algo así como una conferencia, en la que se sienta en un sillón con su metralleta al lado y comienza a aceptar preguntas de los rehenes, le digo a Francisco que fuéramos a hablarle a Cerpa, pero me responde: ‘Yo no tengo nada que hablar con un terrorista’. Así que él no participó. Yo sí fui, de hecho, intercambiamos algunas preguntas”, cuenta en conversación con La Tercera.

Francotiradores de la policía miran hacia el complejo residencial del embajador japonés desde un edificio cercano en Lima, el 19 de diciembre de 1996. Foto: AP

El diario que Sagasti escribió durante el tiempo que estuvo en la residencia, lo hizo en hojas de papel sueltas, con frases cortas. “Para pasar el rato organizamos unas charlas que nos dábamos nosotros mismos y él (Sagasti) fue uno de los expositores, no me acuerdo de qué tema. El hacinamiento era un problema. Los servicios higiénicos eran un problema, aunque la gente estaba en general tranquila. No hubo violencia física de parte de los secuestradores, a nadie lo golpearon. El mayor temor que temíamos era que viniese una operación militar para el rescate y que atacaran la embajada. Nosotros estábamos en un salón del primer piso que tenía ventanas, entonces si había un ataque, nuestra mayor preocupación era la ventana, porque por ahí iban a entrar las balas. Los secuestradores, los generales, el canciller, los japoneses, estaban en el segundo piso. Ellos, sin embargo, fueron los que la pasaron peor, porque se quedaron cuatro meses, salieron en abril. Nosotros, los del primer piso, salimos entre el tercer y quinto día”, recuerda Torres.

El autógrafo de Cerpa

La llegada de Sagasti al Palacio Pizarro el martes pasado como Presidente de la transición -cargo que ocupará hasta el 28 de julio de 2021-, tras una semana de protestas que le costaron el puesto a Manuel Merino -que había asumido luego de la destitución de Martín Vizcarra-, trajo a la memoria la firma que Cerpa le hizo a un pedazo de cartón que el actual mandatario le pasó cuando fue liberado.

“Ya se tienen los nombres definitivos de los que vamos a ser liberados. Cerpa está parado al lado de la escalera, conversando con nosotros y sonriendo. Aprovecho para pedirle un autógrafo en mi ‘diploma de rehén’… ‘Para el Sr. Sagasti, con el respeto de siempre’… Salimos al jardín de la residencia. Levanto el brazo con mi diploma frente a las cámaras. Quiero estar seguro de que me vean mi esposa, mis hijos y mi familia… Llamé a mi familia desde el auto con un celular prestado para decirles que había salido de la embajada. Solo entonces me di cuenta de que estaba libre”, cuenta Sagasti en la parte final de su diario.

Torres recuerda muy bien el momento del autógrafo. “A la salida, él, otros rehenes y yo, decidimos llevarnos como recuerdo un cartón. En la embajada nos daban a beber un agua que venía en unas cajas que eran marca Fuji, que también es el inicio del apellido de Fujimori, entonces era gracioso. Y entre bromas dijimos: ‘Vamos a sacarle un reconocimiento a Cerpa de la estadía, un certificado’. Y claro, él (Sagasti) sacó este certificado. Él lo ha explicado después que lo hizo con ese criterio. A mí me pareció también que era alguna manera de distender la tensión con Cerpa y llevarlo a que tome las cosas con mayor tranquilidad y menor violencia”, relata.

Este hecho le ha valido críticas a Sagasti de toda índole, incluso de que era simpatizante del MRTA. “Es la cosa más absurda que hay, él era tan rehén como yo. Y, además, el pensamiento que tiene, cuando uno lo recorre a lo largo de su vida, es más bien de centro. No es una persona ni siquiera de izquierda”, explica Torres.

Para Hidalgo, “ese detalle está siendo calificado por algunas personas que tratan de desprestigiarlo, pero no toman en cuenta todo el contexto”. “En los primeros días del secuestro, sobre todo en las primeras horas, Cerpa, como líder del grupo, trató de hacer una distinción entre lo que era el MRTA y Sendero Luminoso. De hecho, en los primeros momentos del secuestro, cuando hay toda esta confusión de este grupo armado que había entrado a la embajada, Néstor Cerpa, que era el líder del grupo terrorista, y otros empiezan a decir: ‘Nosotros no somos Sendero Luminoso’. Un poco para decir no vamos a ejecutar, este es un acto político. El mismo Sagasti cuenta que en un momento estaba un grupo de secuestrados en el primer piso conversando y la situación parecía distendida, al punto que los mismos terroristas tienen que decirles a viva voz: ‘Esto no es un mercado, esto es un secuestro, ustedes son prisioneros’. Un poco dando la idea de que tampoco podían estar tan relajados. En medio de eso, él cuenta que trató de manejar sicológicamente la situación, es decir, tratar de sobrevivir y hacer un esfuerzo para una suerte de acercamiento sicológico con sus captores”, señala Hidalgo.

Un soldado pasa junto a la bandera del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) en el techo de la residencia del embajador japonés en Lima, el 22 de abril de 1997. Foto: AP

El periodista señala que Sagasti tuvo conversaciones con Cerpa y con un lugarteniente que se llamaba Roly Rojas, conocido como “El Árabe”, quien estaba muy interesado en el acontecer del país. Incluso, Rojas lo reconoció como columnista de la revista Caretas. “Le dijo: ‘Doctor Sagasti, usted es el que escribe en la revista Caretas’. A raíz de eso se pusieron a conversar del país, de la crisis, de todo eso que -del punto de vista de los terroristas-justificaba la toma. Se establece una conversación que se da en varios momentos, entonces a la hora de salir él mantiene el tono de conversación y hace que le firmen. Entendiendo el contexto es como que no rompe la idea de salir en libertad, sino que trata de mantener la misma compostura todo el tiempo”, indica.

Lazos con Chile

Una vez que fue liberado, Sagasti regresó a Costa Rica, donde residía junto a su entonces esposa, la economista costarricense Silvia Charpentier Brenes, con quien tiene una hija. Además, tiene dos hijos de una anterior relación, y las cuatro hijas de su exesposa, la chilena Leonor Giusti, a quienes adoptó. Sus lazos con Chile no son menores, su madre Elsa Hochhausler, es austríaco-alemana, que emigró de Chile a Perú.

“Es una persona muy culta, tanto en el frente de la ciencia como en las humanidades, tiene una gran sensibilidad humana. Tiene mucha empatía con las personas, es muy sencillo y cálido en su trato, en su forma de ser. Además, muy versátil, hace poco me ha regalado un disco que había hecho y que ha cantado de música criolla peruana”, cuenta Torres.

Una extensa carrera como consultor y experto en elaborar planes de desarrollo en ciencia y tecnología lo llevó a trabajar en organismos multilaterales como el Banco Mundial y en entidades privadas como el Foro Nacional/Internacional. Además de ser conferencista visitante distinguido por la Fulbright en las Universidades Stanford, Berkeley, Ucla, y Columbia, fue investigador asociado al Instituto de Estudios de Desarrollo en la Universidad de Sussex. Toda esa experiencia lo acercó a la gestión pública y, luego, a la política. Es así, como a los 76 años, fue elegido en enero como congresista por el Partido Morado.

Soldados vitorean en el techo durante su toma de la residencia del embajador japonés en Lima, el 22 de abril de 1997. Foto: AP

Uno de sus correligionarios es el congresista Gino Costa, quien en conversación con La Tercera contó que Sagasti “es un hombre que favorece el diálogo, es conciliador, en términos temperamentales e incluso filosófico”. “Es una persona idónea para recomponer la confianza perdida con la ciudadanía, por un lado en la política y por otro lado la relación entre el Ejecutivo y el Legislativo. Se le ve muy bien, se le ve muy cómodo. Se le ve muy tranquilo y lo ha hecho tremendamente bien. Porque es una persona que, sin ser en absoluto ligero, lleva la vida con una cierta ligereza, no permite que los problemas lo abrumen y eso lo ayuda”, indica.

Una de las primeras tareas que ha tenido tras asumir la Presidencia fue nombrar a su gabinete, que ha sido destacado por analistas y la prensa peruana. A juicio de Costa, Sagasti posee una gran experiencia en políticas públicas. “Es un tipo que tiene al país en la cabeza y las soluciones que el país requiere también en la cabeza, es una pena que su mandato sea tan cortito y tenga que ser tan acotado”.

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